Bendecido miércoles. Encomendamos a Dios nuestra jornada y todas las labores que emprenderemos, sin duda, de su mano.
En ocasiones podemos llegar a pensar que el escenario más fácil para predicar y llevar la Palabra de salvación fue el territorio donde vivió Jesús. Sin embargo, el Evangelio del día de hoy nos enseña que las personas de su propia tierra se muestran incrédulas ante el mesianismo de Jesús. Ellos, que eran los primeros en esperar a un Mesías con gran poder para instaurar el Reino, lo imaginaban revestido de esplendor y heroísmo.
Cuando Jesús llega a predicar en la sinagoga un sábado, sus paisanos quedan asombrados y se preguntan: «¿De dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?».
Al parecer, las personas presentes en la sinagoga quedan asombradas; de ahí surgen las interrogantes. Sin embargo, a medida que aumentan las preguntas, estas se van transformando en un menosprecio hacia la persona de Jesús, hasta terminar desconcertadas. Así actúa la incredulidad: nos desconcierta y nos vuelve fabricantes de desesperanza. Es en ese momento cuando todo se invierte, pues si al inicio eran los paisanos de Jesús quienes se mostraban asombrados, ahora es Jesús quien queda asombrado por la incredulidad de ellos. Después de cuestionarse su sabiduría y los milagros que realiza, terminan por no creer en Él.
Nuestra fe no debe sustentarse en especulaciones ni en ideas que vamos construyendo, sino en esa adhesión que, día con día, vamos adquiriendo en lo más sencillo de nuestra vida. Aquellas personas no lograron reconocer al Mesías en lo sencillo; nosotros, en cambio, estamos llamados a descubrir en lo sencillo a Aquel que se hizo sencillo por nosotros. Él se ha hecho visible para que los sencillos de corazón puedan verlo y creer en Él. El soberbio y el de corazón altanero, aunque vea, no creerá.
Pidamos un corazón sencillo: solo ahí habita la fe, don de Dios.


