Bendecido miércoles. Que Dios lleve a buen término el gran esfuerzo y trabajo realizados durante estos meses.
De la misma forma que nos preparamos para ir presentables y muy decorosos a una fiesta, también estamos invitados a portar el traje de gala para la fiesta que no tiene fin. Recordemos que, para entrar a la fiesta eterna, no basta lo exterior: se necesita portar el alma pura y limpia; aquello que está manchado no puede entrar. Cuidemos nuestra alma: si solo nos preocupamos por lo externo, corremos el riesgo de poner más atención en lo temporal que en lo eterno.
En este tiempo de Adviento, procuremos entrar con gran dignidad a la fiesta del cielo. Para ello, consideremos tres aspectos importantes a cuidar:
1. Anticipación: purificar nuestros corazones. Anticipar es vivir despiertos, reconociendo lo que en nuestro interior necesita ser limpiado y entregado a Dios. Es atrevernos a mirar nuestras intenciones, arrepentirnos con sinceridad y dejar que Él renueve aquello que se ha ensuciado con el tiempo. La anticipación abre la puerta para que la gracia entre.
2. Acercar nuestros corazones para estar con el Señor. No basta con limpiar; también hay que acercarse. Es dirigir nuestros pasos hacia Él cada día, aunque sean pequeños. Es buscarlo en la oración, en la Eucaristía, en el silencio que nos permite escucharlo. Acercar el corazón significa hacer espacio para que Él sea el centro y no un invitado de paso.
3. Vestir: resplandor de santidad. La santidad es el verdadero traje de gala. Es dejar que la luz de Cristo ilumine nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestros gestos. Vestirnos de santidad es elegir el bien cuando es difícil, amar cuando cuesta y actuar con coherencia incluso en lo pequeño. Ese resplandor es lo que nos permite entrar a la fiesta eterna.
El Adviento es un tiempo para prepararnos por dentro: purificar, acercarnos y portar la armadura de luz. Si cuidamos estos tres aspectos, nuestro corazón estará listo para la celebración que nunca termina.


