En esta segunda semana de Adviento, hemos encendido la segunda vela de la corona y la Iglesia continúa con las vestiduras moradas, siguiendo el Evangelio, cuyo centro es la llamada a la conversión que hace Juan Bautista a todos cuantos seguían su predicación. El día de hoy celebramos, como Iglesia, la memoria litúrgica de san Juan Diego, el humilde indígena en quien María Santísima quiso comunicarse con el pueblo de México y en cuya tilma ha quedado impregnada la imagen de la siempre Virgen María en su advocación de Guadalupe.
Justamente en esta semana muy mariana, que envuelve la segunda del Adviento por las celebraciones de la Inmaculada Concepción y la solemnidad de la Virgen de Guadalupe, encontramos en el pasaje evangélico el relato de las cien ovejas, donde, al perderse una, el pastor deja las noventa y nueve para ir a buscar a la que se había extraviado, de modo que, al encontrarla, se alegra y se regocija, terminando con la frase: “De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda uno solo de estos pequeños”.
Querida comunidad UNIVA, el Evangelio de hoy acompaña muy de la mano la memoria litúrgica de san Juan Diego, ya que detalla justamente las palabras que María Santísima, en su advocación de Guadalupe, le dice y que han sido atestiguadas en el texto del Nican Mopohua: “Sabe y ten entendido, tú, el más pequeño de mis hijos, que yo soy la siempre Virgen Santa María, Madre del verdadero Dios por quien se vive; del creador de todas las cosas; Señor del cielo y de la tierra”. La dulzura de una madre que habla a su hijo y, a través de él, al pueblo que le ha sido encomendado.
Recuerda que en este tiempo hay más alegría por uno que se arrepiente que por noventa y nueve justos que, según ellos, no requieren arrepentirse. Por ello, justamente Juan predica acerca de la conversión, y el primer paso para ello es el arrepentimiento. En suma, este contexto y pasaje evangélico nos invitan a la conversión a través del arrepentimiento, dándonos fortaleza en Aquella que se nos ha dado como Madre en el cielo, María Santísima. Por consiguiente, no desaprovechemos estos tiempos de gracia y comencemos a vivirlos de la mejor manera, abrasados por la gracia que la oración, la caridad y, sobre todo, los sacramentos nos ofrecen.
¡Dios les bendiga!


