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El Buen Pastor: camino, puerta y vida

En la reflexión del Evangelio según san Juan (10, 11-18), contemplamos la imagen del Buen Pastor, que es una expresión profunda de la misericordia del Señor. Encontramos un rasgo claramente alegórico en la figura del pastor que entrega la vida por las ovejas, imagen que se aplica plenamente a Jesús. No es obligación de un pastor dar la vida por sus ovejas ni acoger en el aprisco a las que no le pertenecen; sin embargo, Cristo rompe esa lógica limitada.

Se explica esta analogía en su propia persona: Él es, al mismo tiempo, Pastor y Puerta. Se trata de afirmar que Cristo, el Señor, no solo es quien da la vida, sino que Él mismo es el camino, el medio por el cual se entra a la vida verdadera.

El Evangelio nos dice que el Buen Pastor da la vida por las ovejas, que las conoce y ellas lo conocen a Él. No se trata de un conocimiento que nace del intelecto o que surge de manera científica; no es eso. Es un conocimiento experiencial, fruto del amor, que implica una relación viva y una comunicación mutua, semejante —aunque infinitamente mayor— a la unidad que existe en la Trinidad.

El Buen Pastor no ama a distancia ni a medias: ama hasta entregar la vida. Y ese amor no es simbólico; es real, concreto y personal. Por eso, no basta con sentirse parte del rebaño; hay que preguntarse si de verdad estamos escuchando su voz y dejándonos conducir por Él. Porque, si Él ya lo dio todo por sus ovejas, entonces no tiene sentido seguir viviendo como si no tuviéramos Pastor. La verdadera cuestión es clara: ¿estás dispuesto a confiar tu vida al único que ya dio la suya por ti?

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