Evangelio según san Lucas 6, 20-26
Las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy pueden resultar contradictorias. Él llama dichosos a los pobres, a quienes tienen hambre, a quienes lloran y a quienes sufren rechazo por permanecer fieles. Después, pronuncia una serie de advertencias a los ricos, a los satisfechos y a quienes reciben la aprobación de todos. De este modo, Jesús parece transformar nuestra manera habitual de comprender la felicidad.
Esto no significa que la pobreza, el hambre o el sufrimiento sean buenos en sí mismos, que Jesús idealice el dolor o que nos invite a permanecer indiferentes ante las necesidades humanas. Sus palabras anuncian, más bien, que Dios no abandona a quienes sufren y que el Reino que proclama adquiere sentido justamente allí donde una persona recupera su dignidad, encuentra consuelo y recibe una nueva oportunidad.
Las advertencias tampoco condenan automáticamente a quienes poseen bienes, disfrutan de la vida o reciben reconocimiento. Más bien, cuestionan la falsa seguridad de quienes viven satisfechos consigo mismos y apartan la mirada de los demás. Existe, por tanto, el peligro de encerrarnos en nuestra comodidad hasta llegar a creer que no necesitamos de Dios ni somos responsables del sufrimiento de quienes nos rodean.
Practicar la solidaridad puede ser el camino de virtud que estamos llamados a considerar en este día. Al esforzarnos por ser solidarios, permitimos que la realidad del otro toque nuestra conciencia y nos mueva a actuar. No se necesitan acciones extraordinarias, sino gestos cotidianos como reconocer la realidad de la persona con la que colaboramos, orientar con paciencia a quien no comprende algo, compartir nuestros conocimientos o reconocer las dificultades que enfrentan los demás. Se trata de salir de nosotros mismos y dejar de ser simples espectadores ante las necesidades de quienes nos rodean.
En este mismo sentido, necesitamos revisar qué entendemos por éxito. Podemos medir nuestra jornada únicamente por los resultados obtenidos, el reconocimiento recibido o la posición alcanzada. Sin embargo, el Evangelio propone una perspectiva diferente: evaluar el éxito desde la capacidad de dignificar a la persona con quien nos relacionamos. Esto cobra especial importancia en nuestra institución educativa, donde los procesos y el control de calidad son fundamentales, pero lo más importante es la manera en que tratamos a cada persona, independientemente del rol que desempeñe: personal de servicios, administrativos, docentes, alumnos, entre otros.
Hoy recordamos a san Pedro Claver, sacerdote y misionero jesuita del siglo XVII, quien comprendió esta llamada a la solidaridad con los pobres y marginados de su época. Ante la pregunta «¿Cómo puedo amar de verdad al Señor?», respondió entregando su vida al servicio de los esclavos africanos que llegaban a Colombia, al grado de decidir convertirse en “esclavo de los negros para siempre”.
Su testimonio nos recuerda que la fe se vuelve creíble cuando se transforma en cercanía. Tal vez hoy nosotros no enfrentemos las mismas circunstancias, pero diariamente encontramos personas que necesitan ser escuchadas, respetadas y dignificadas.
¿Qué estamos haciendo por cada una de ellas?


