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Si tuvieras la oportunidad de ayudar a un enfermo, ¿lo harías? ¿O solo dirías que te preocupas por él, señalas y juzgas su situación y no haces nada?

El día de hoy, el Evangelio nos narra una situación similar: un hombre con 38 años de enfermedad, ignorado por la sociedad.

Ahora te pregunto: ¿y si tú fueras esa persona? Imagina que estás muy tranquilo en tu lugar de trabajo o en tu casa, y se te acerca alguien y te pregunta: “¿quieres sanar?”. ¿Qué le dirías? Seguramente lo primero que pensarías es que esa persona está mal o está loca. Pero, ¿y si te dijera que hoy Cristo mismo está llamando a tu puerta y quiere no solo sanarte, sino también salvarte? ¿Estarías verdaderamente dispuesto a atender su invitación?

Querida comunidad UNIVA: el tiempo de Cuaresma es un espacio idóneo para la caridad. A nuestro alrededor hay muchas personas que necesitan de nuestra generosidad, y no solo hablo de limosnas o despensas, sino de escucha, algún consejo o simplemente un abrazo fraterno de amistad. ¡Es tiempo de eliminar las barreras que nos impiden amar a los demás!

Hoy, en el Evangelio, en la persona de este enfermo podemos ver dos realidades que podemos vivir en esta Cuaresma: la indiferencia ante el necesitado y la atención a la pregunta que Jesús le hace al enfermo antes de obrar su misericordia: “¿quieres curarte?”.

En la primera, contemplamos la indiferencia de una sociedad ante un hombre que solo esperaba la ayuda de alguien para poder adentrarse a esas aguas que, en su fe, podían curarlo. Pero en 38 años de enfermedad, nadie fue capaz de tenderle la mano.

Cuando se acerca Jesús —lo que nos lleva al segundo punto—, lo primero que hace es preguntar: “¿quieres curarte?”. ¿Será que no era evidente? ¿O acaso Jesús quería respetar la libertad del hombre al permitirle abrir su corazón? Sin duda alguna, Jesús respeta al hombre y su libertad; por eso, deja que el enfermo primero le abra el corazón para que Dios pueda obrar en él.

El diálogo con el enfermo termina con las siguientes palabras de Jesús: “Mira, ya quedaste sano. No peques más, no sea que te vaya a suceder algo peor”.

Yo concluyo con lo siguiente: la enfermedad no se compara con las consecuencias que el pecado puede causar en nuestra alma. ¡Luchemos por nuestra salvación! Que la Cuaresma sea para nosotros esa oportunidad de hacer caridad y dejar que Dios obre en nosotros.

¡Dios nos bendiga y socorra siempre!

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