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Armando González Escoto · Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

En esta ciudad todos hemos oído hablar de Taiwán, debido a la invasión de sus productos de todo tipo y calidad, desde hace muchos años. Ahora sabemos que puede ser un detonante de una nueva guerra en el Pacífico Oriental.

Taiwán forma parte de un sistema neocolonialista producido por las potencias occidentales para la defensa y ampliación de su hegemonía, como lo fue Hong Kong, o lo sigue siendo Corea del Sur, Irlanda del Norte, regiones o países artificialmente financiados sobre todo por Estados Unidos, con el fin de que la prosperidad económica los convirtiera en aliados y barreras contra sistemas económicos o políticos disidentes. Otras expresiones de ese mismo sistema han sido las invasiones y ocupaciones de naciones enteras, como fue el caso de Afganistán e Irak, o la promoción de guerras intestinas en Libia, Yemen, Siria, Centroamérica, etc., ejemplos múltiples que no ha ignorado Rusia.

Taiwán ha sido parte de China por lo menos desde 1683, en el siglo XVI los portugueses la llamaron Formosa, y hacia esa isla, tan pegada al continente, huyeron los nacionalistas chinos una vez que triunfó el líder comunista Mao Tse Tung. A partir de entonces, y bajo el dominio perpetuo de Chiang Kai-shek, se constituyeron en la “verdadera” China, es decir, la que no era comunista. Estados Unidos inmediatamente se comprometió en apoyar su disidencia como un ariete contra el gobierno de Mao, para lo cual ofreció, sobre todo, apoyo económico, para crear un Taiwán próspero que alejara a su población del atractivo marxista. Otro tanto hacia la Gran Bretaña en Hong Kong, aunque la posesión inglesa de esta isla surgió de situaciones aún más vergonzosas, típicas del maquiavelismo histórico británico.

Con el paso de los muchos años, los taiwaneses, no sin la rectoría norteamericana, comenzaron a olvidar su origen y pasado, sus objetivos iniciales, y a considerarse cada vez más, menos China y más Taiwán, o sea ¿más Estados Unidos?

Por supuesto que China tiene todo el derecho histórico para reclamar la recuperación de su territorio, y Estados Unidos carece por completo de justificación legítima alguna para interferir en el asunto, a no ser por la salvaguarda de sus muchas inversiones y su tradicional política intervencionista, si bien, lo que ahora explica sus acciones, es la guerra comercial que sostiene contra una nación que ha demostrado el valor del orden, del trabajo y de la apertura comercial, hasta constituirse en tan pocos años en la segunda potencia mundial.

Esta guerra de intereses y tensiones ha hecho de Taiwán una región que ni es país ni logra serlo, aunque en algunos aspectos lo parezca, de cualquier modo, la ONU no reconoce a Taiwán como un país soberano.

Taiwán está separado de la China continental por 130 kilómetros de mar, pero unida a China por una larga tradición incluso étnica, su población mayoritaria es “Han”. Por otra parte, en Taiwán se conserva más de la mitad de los tesoros artísticos e históricos de la antigua Ciudad Prohibida de Pekín, que Chiang Kai-shek sustrajo y trasladó en enormes convoyes en su huida a esta isla ¿debería Taiwán devolverlos si ahora dejan de ser chinos? ¿Por qué Estados Unidos está tan afanado en llevarnos a todos a una nueva guerra mundial?

 

Publicado en El Informador del domingo 14 de agosto de 2022

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