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¿Por qué leer?

Por 19 octubre, 2021Líderes de Opinión

Mtro. Jorge Iván García Morando, Coordinador de Proyectos Sociales y Religiosos • Plantel Guadalajara

 

 

“No leáis para contradecir o impugnar, ni para creer o dar por sentado, ni para hallar tema de conversación o discurso, sino para sopesar y reflexionar”

Sir Francis Bacon

Han pasado los días y los titulares de periódicos, de noticieros, de los centros de debate universitario, de los temas de conversación de pasillo o vecinal, de las sesudas discusiones de los “expertos en el tema”, de la vox populi y de las encuestas, no son sobre la importancia de la lectura.

Hecho social que nos lleva a dimensionar el grave problema en el que se encuentran las humanidades y en particular, las letras: basta con preguntarnos cuál es el último libro que leímos para dar cuenta de dicha devaluación, basta con revisar las estadísticas del promedio de libros que lee el mexicano para preguntarnos en qué se invierte el tiempo, basta con revisar el bagaje cultural de las instituciones para dar cuenta de la ausencia de las humanidades en ellas, basta con ver el regateo curricular en la que se encuentran las humanidades para encuadrar los aprendizajes “más idóneos” ante un futuro prometedor de lo post y trans humano, basta con comparar el ranking en el que se encuentran los youtubers, los influencer y el trending topic con las horas invertidas a la lectura, y basta revisar la cantidad de usuarios que tienen Whatsapp, Facebook, Twitter, Instagram, Snapchat o los dispositivos inteligentes, para comprender la soledad en la que se encuentran las bibliotecas y los espacios culturales.

De ahí la importancia que tiene la lectura y el de preguntarnos por qué leer. Se lee, primero, porque nos permite hacer catarsis, no en el sentido psicoanalítico sino en su significado original. Es decir, nos genera un espacio para la purificación que, en palabras de Harold Bloom: “leer es uno de los mayores placeres que puede proporcionar la soledad, o sea, lo devuelve a uno a la otredad, sea la de uno mismo, la de los amigos o la de quienes pueden llegar a serlo”. Porque la lectura imaginativa, esta catarsis, es un encuentro con lo otro y ayuda a aliviar la soledad.

Es lo que Aristóteles advertía en la literatura griega que, la catarsis, como facultad de la tragedia, es el espacio que permite al espectador o lector involucrarse dentro de la obra para comprenderse a sí mismo y entender su situación social. Dicha conmoción individual permitía, entonces, la posibilidad de modificar la propia realidad, es decir, quien se admira, contempla o conmociona es capaz de modificar su propia realidad. Así lo expresa el biógrafo autorizado de San Agustín, Peter Brown, donde demuestra que el autor de las Confesiones y de La ciudad de Dios es “el inventor no del incipiente yo interior, sino de la convicción de que sólo Dios es el lector ideal. Leer bien (que para Agustín significa absorber la sabiduría de Cristo) es la auténtica imitación de Dios y de los ángeles. Es Agustín quien nos enseña a leer, pues fue el primero en establecer la relación entre lectura y memoria.”

Segundo, leemos porque la buena lectura fortalece nuestra constitución personal y nos permite buscar los propios intereses que, bajo la crítica y la reflexión, bien se pueden cultivar mediante una lectura constante y apasionada. En palabras de Bloom: “para leer bien hay que ser un inventor, es decir, la confianza en sí mismo no es una donación ni un atributo, sino el Segundo Nacimiento de la mente, y no sobrevive sin años de lectura profunda”. De ahí que leamos siempre en búsqueda de una mente más original que la nuestra. Que bien puede ser para algunos aquella sabiduría que la encontramos en los diversos y variados textos que van desde las Sagradas Escrituras hasta los literatos de preferencia, siempre y cuando las sometamos al tamizaje del esplendor estético, de la fuerza intelectual y de la sabiduría propia. Con ello daremos cuenta que, tanto las notas periodísticas, las presiones sociales, los trending topic y las obras con fecha de caducidad, la mente, esta “segunda mente”, retorna siempre a la necesidad de belleza, verdad, discernimiento, crítica y sabiduría, es decir, seamos devotos o no –dice Bloom- “todos aprehendemos a anhelar la sabiduría allí donde pueda encontrarse”.

Por ejemplo, consideremos los escritos de San Agustín, sobre todo, las Confesiones, como aquellos escritos medievales que conservan un esplendor estético, una fuerza intelectual y donde encontramos la verdadera Sabiduría: “Aquí, aquí está lo que todos los filósofos han buscado toda su vida, pero nunca fueron capaces de encontrar, de abrazar, de sujetar con firmeza […] El que quiera ser un sabio, un hombre completo, que oiga la voz de Dios” dice San Agustín. O bien, encontremos en Los hermanos Karamazov de F. Dostoievski la exaltación a la libertad y a la vida misma, sobre todo, en El gran inquisidor cuando sentencia que “el secreto de la existencia humana no consiste solamente en vivir, sino también en para qué se vive”, puesto que la vida –dice Dostoievski- abre las tres alternativas del “supremo uso que el hombre puede hacer de su persona: o abandonarse a la vía de la trasgresión en el delirio nihilista (voluntad de poder); o renunciar a su misma libertad cediendo a las tres tentaciones satánica del tener, el hacer y el poder (negación de la libertad); o bien, destruir el propio yo en el amor por los demás”. Es decir, que lo que se constituye en esta trilogía, es en realidad, la negación de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma, bajo la sentencia “si Dios no existe…todo estará permitido”.

Finalmente, se lee porque con la lectura se recupera la ironía –lo tomo prestado de Bloom- que en su etimología griega significa disimulo o ignorancia fingida, pero en su uso literario, nos referimos a esta dialéctica en la que se encuentra el lector con el texto y viceversa, es bajo la ignorancia fingida (no bajo la ignorancia ilustrada) como podemos indagar o buscar nuevas ideas o conceptos, valores o virtudes que la lectura nos permita. En suma, lo que se busca en esta interlocución o dialéctica es la verdad.

Por ejemplo, en la obra de Franz Kafka, El proceso, bien podemos dar respuesta a los tres puntos de por qué leer: primero, porque de una u otra manera nos hemos topado, dentro y fuera de las instituciones, con este lastre que implica el proceso: la burocracia. Segundo, porque lleva a su protagonista y a usted lector al enigma de la existencia que, por un lado, se busca descifrar el mapa de la existencia descubriendo las posibilidades tanto del personaje como del mundo y, por el otro, la dimensión kafkiana, es decir, lo que Kafka describe en esta novela, no es una realidad ajena a nuestro presente sino la extensión histórica de lo que ha sido la oficina, la burocracia, como hipótesis ontológica del mundo global. Finalmente el tercero, lo irónico, que en el mundo kafkiano (sea el de La transformación o metamorfosis o El castillo) no se limita a la esfera íntima ni sólo a la pública sino que en ella estriba lo dialéctico, lo público es el espejo de lo privado y lo privado refleja lo público: “en este mundo burocrático del funcionario, en El proceso: primero: no hay iniciativa, libertad de acción; solamente hay órdenes y reglas: es el mundo de la obediencia; segundo: el funcionario realiza una pequeña parte de la gran acción administrativa cuyo fin y horizonte se le escapan: es el mundo en el que los gestos se han vuelto mecánicos y en el que las gentes no conocen el sentido de lo que hacen; tercero: el funcionario sólo tiene relación con anónimos y con expedientes: es el mundo de lo abstracto” –dice Milan Kundera– es por ello que, al momento de leer, tengamos en consideración estos tres puntos.

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