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La muerte como espejo de la vida

Por 19 octubre, 2021Líderes de Opinión

Mtro. Miguel Camarena Agudo, Proyectos Sociales y Religiosos • Plantel Guadalajara

 

 

 

La muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida.

Toda esa abigarrada confusión de actos, omisiones,

arrepentimientos y tentativas —obras y sobras— que es cada vida,

encuentran en la muerte, ya que no sentido o explicación, fin…

Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida.

Octavio Paz

Si alguna vez deambulando por ahí, nos encontráramos a un anciano de 80 o más años sembrando un árbol ¿Cuál sería nuestra impresión? ¿Qué podríamos pensar al respecto? Muy seguramente sentiríamos asombro, arrobamiento o nostalgia. No lo sé, pero un cuadro así, difícilmente pasaría de largo ante nuestros ojos, si se lleva consigo una poca de sensibilidad. Un hecho como tal, por trivial que pueda parecer nos puede llevar a la meditación; su importancia yace en el valor que podemos percibir en ello.

Sabato decía con acierto que, si no nos dejábamos tocar por lo que nos rodea no podremos ser solidarios con nada ni nadie, y tenía razón, si no somos capaces de tener sensibilidad con lo que nos rodea, difícilmente valoraremos aquellas expresiones poéticas de la humanidad. Como esa, la de sembrar un árbol cuando se tiene la conciencia de la proximidad de la muerte.

Siempre he tenido la impresión de que muchas de las cosas que hacemos los humanos, las hacemos por esa conciencia de finitud. Desde tener un hijo hasta, por qué no decirlo, llenar de fotos nuestras redes sociales. El arte quizá sea la expresión más elevada de la necesidad de trascender temporalmente a nuestra finitud, a la duración efímera de nuestras experiencias. Desde luego, existen otras tantas cosas, anónimas, hechas por personas anónimas que trascienden y no necesariamente necesitan estar en museo, en un libro, en una pintura o en una canción. Trascienden sin más. Por eso la necesidad consciente o inconsciente de no morir del todo. De luchar contra el imperio efímero de nuestras vidas.

Esta imagen del viejo sembrando un árbol, la he tomado precisamente por su simpleza y profundidad de la lectura de un pasaje relatado por Kazantzakis en su novela de “Zorba el griego”, pero para mejores efectos me permito reproducir aquí, íntegramente:

Mira, un día paso yo por una aldehuela. Un viejo abuelo nonagenario estaba plantando un almendro. <<¡Eh, padrecito!>>, le digo, <<¿plantando un almendro?>> Y él, todo doblado como estaba, se vuelve hacia mí y me dice: <<Yo, hijo, obro como si no hubiera de morir nunca.>> <<Y yo>>, le respondo, <<obro como si mi muerte fuera inminente.>> ¿Quién de los dos acertaba?

Cualquiera de estas dos posturas, como lo hace patente el propio Kazantzakis, comparten el mismo desenlace. Pienses o no en la muerte a todos nos llegará. Cada uno es libre de elegir una posición frente a la muerte. A pesar de eso, considero existe un significado más en la historia del anciano plantando un árbol. Este tiene que ver con la trascendencia. El viejo sabe de la improbabilidad de poder ver crecer y rendir frutos al almendro. Pero lo importante es que no siembra un árbol, siembra la posibilidad para que otros se sirvan de él, de sus frutos, de su sombra, incluso de su belleza.

Esa historia si se quiere ver así, nos lleva a replantearnos el sentido de la vida. En un mundo donde la organización de la vida está hecha principalmente para el consumo, para el usar-desechar y poco para la creación de lo perdurable, la pregunta sería como lo planteó Bergson ¿la vida construye más de lo que la muerte destruye? Habrá existencias configuradas para destruir, más de lo que construyen, pero otras para obrar de modo contrario. Y me refiero en un sentido trascendente, no fabril. El origen latino de palabra trascendencia tiene como significado aquello que está más allá de los límites naturales. Yo le agregaría, más allá de los límites de la producción empresarial. En este caso una acción que supere nuestra temporalidad es trascendente sin necesidad de ser metafísica, siempre y cuando cree algo para el otro, asegurando y enseñando el valor de la cosas.

La vida tiene un valor y no un precio, e independientemente de cuan difícil o llevadero sea para cada uno de nosotros la certidumbre de nuestra finitud, es irreductible no pensar en lo que hacemos con nuestra vida. Considero es una obligación moral cuestionarnos por nuestro quehacer vital. Para Charles Bukowksi, los seres humanos nos dedicamos en vida a distraernos de la certidumbre de nuestro destino fatal, según lo plantea el escritor, hemos creado un sin fin de actividades y pasatiempos para producir esa amnesia temporal. El problema de esta gama de pasatiempos y actividades es su grado de banalización y esterilidad que producen en nuestra psique una constante sensación de vacío e insatisfacción. Para los epicúreos la conciencia de la muerte nos debe llevar a valorar el precio infinito de cada instante y no ha desperdiciarlo en futilidades.

La dificultad en nuestros tiempos, ante un contexto de hiperconsumo e hipertrofia volitiva, subyace en poder darle epicúreamente a cada momento, su valor inconmensurable. Y esto se complica aún más, por la cronometración de nuestras vidas, la segmentación ordenada de nuestro diario vivir y de nuestras ordinarias aspiraciones. Tenemos una existencia mecanizada, automatizada y homogenizada. La cotidianeidad ha socavado las fuerzas creativas del espíritu y nuestra libertad, a cambio del supra valor tan bien publicitado de la producción, la calidad y la cantidad. Muchos son los que viven supeditados bajo esta jerarquía de valores: viviendo para trabajar, para ser productivos, en términos meramente cuantitativos. Ante esto me pregunto ¿Cuánto de trascendente tiene una vida así? o ¿Cuánto de significativo tiene una muerte de una vida así?

 

Una de las cosas más tristes es que lo único que un hombre

puede hacer durante ocho horas, día tras día, es trabajar.

No se puede comer ocho horas, ni beber ocho horas, ni hacer el amor ocho horas…

lo único que se puede hacer durante ocho horas es trabajar.

Y ésa es la razón de que el hombre se haga tan desdichado e infeliz

a sí mismo y a todos los demás.

                                                                                                       William Faulkner

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