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Armando González Escoto · Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

El mes patrio nos recuerda siempre la deuda que tenemos con la historia y lo muy comprometidos que seguimos con la histeria, es decir, con esa pasionalidad irracional y subjetiva que nos lleva a manipular personas y acontecimientos del pasado en pro de intereses y protagonismos del presente.

Por principio, y en atención a la célebre Escuela de Altos Estudios de Francia, deberíamos recordar que la sociedad no es el producto de los personajes, sino viceversa. Entre el ser y hacer de las personas y la sociedad, se da una permanente dialéctica de tal modo que no se explican unas sin la otra. Pero la histeria de los intérpretes, sean actores políticos o “académicos”, convierte sólidos personajes en figuras de plastilina que estos moldean a su gusto achaparrándolos o engrandeciéndolos desmedidamente, con lo cual lo que logran es desfigurarlos, convertirlos en caricaturas.

Nuestra historia monumental y escrita se ha convertido así en una galería de personajes deformados: Hernán Cortés, Moctezuma, Malintzin, Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Porfirio Díaz, Francisco Madero, todos fueron actores destacados, pero posteriormente manipulados de tal suerte que se volvieron demonios repugnantes o ángeles inalcanzables.

En nuestra historia regional la histeria ha alcanzado igualmente a personajes como Tenamaztli, Zihualpilli, Beatriz Hernández o Nuño de Guzmán, pero sobre todo ha tendido a anular a cualquier persona destacada en nuestro medio, a causa de la visión centralista del país, donde solamente es héroe memorable aquel designado por el poder central. La memoria de las notables personalidades que ha producido nuestra sociedad apenas se conserva en el nombre de algunas pocas calles, nombres de los que la gente, en general, no sabría dar razón.

En todo caso sería preferible dejarlos así, en santa paz, que entregarlos en manos de la nueva histeria historizante, y que les ocurra lo que pasa con la memoria del célebre fray Antonio Alcalde, rodeado de una adulación que en vida siempre evitó, y convertido en cabalgadura de protagonismos e intereses ajenos a su perfil de benefactor, un personaje sólido al que Guadalajara confirmó y consumó, dándole todos los recursos que sus afanes asistenciales exigían, pero ahora convertido en personaje de plastilina que todo mundo manosea y deforma de manera insensata, como si el famoso fraile necesitara de exageraciones o grandilocuencias. Lo que fray Antonio siempre ha requerido ha sido de imitadores no de mercadólogos, imitadores como lo fue el memorable padre Bernal, quien dedicó toda su vida al cuidado de los leprosos sin tener ya las posibilidades políticas y los recursos económicos del señor Alcalde, gente comprometida en la ayuda a los necesitados como lo fue el padre Cuéllar, que a partir de cero dio vida a un programa de asilo y educación a miles de niños y adolescentes, o como esas mujeres jaliscienses, solidarias, sensibles y trabajadoras que dieron origen a hospitales y asilos en medio de circunstancias difíciles y apremiantes, muy distintas a las que se daban en la época virreinal.

Y, sin embargo, ni los obispos Alcalde y Cabañas, ni los padres Bernal y Cuéllar, ni las fundadoras de asilos y hospitales, habrían podido hacer nada sin la abierta y decidida participación de toda la sociedad, sociedad que de antemano les había forjado y que les dio sus recursos para llevar a cabo sus grandes obras.

 

Publicado en El Informador del domingo 18 de septiembre de 2022

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