
Fernando Sánchez – Maestro en Educación y Doctor en Desarrollo Humano.
La fiesta del Corpus Christi, es decir, del Cuerpo de Cristo o del Sacramento de la Sagrada Eucaristía, tiene su origen en la Alta Edad Media, particularmente entre los siglos XII y XIII.
Para comprender esta hermosa fiesta, es necesario trasladarnos en el tiempo y conocer primero a santa Juliana de Cornillon, una monja agustina nacida en Bélgica que, a los 16 años, mientras realizaba adoración eucarística, experimentó su primera visión mística, la cual se repitió durante los siguientes 20 años. Esta visión consistía en contemplar una luna llena radiante, atravesada diametralmente por una franja opaca. Tras muchos años de oración, Jesús le reveló que la luna simbolizaba a la Iglesia militante en la Tierra y la mancha oscura representaba la ausencia de una fiesta litúrgica específica dedicada a adorar al Santísimo Sacramento. Por ello, Nuestro Señor le encomendó trabajar para que dicha festividad fuera instituida.
Al convertirse en priora, presentó el caso a diversos teólogos de la época, entre ellos al archidiácono de Lieja, Jacques Pantaleón, futuro papa Urbano IV, quien gobernó la Iglesia de 1261 a 1264. Sin embargo, antes de instituirse la celebración del Corpus Christi, ocurrió otro acontecimiento sin precedentes en la historia de la Iglesia.
Corría el año 1263 en la localidad de Bolsena, Italia, cuando un sacerdote, el padre Pedro de Praga (Bohemia), piadoso pero aquejado por constantes dudas espirituales sobre la transubstanciación —es decir, la presencia real de Jesús en el pan y el vino consagrados—, emprendió una peregrinación a Roma para pedir, sobre la tumba de san Pedro, el don de la fe en la Sagrada Eucaristía.
La transubstanciación tiene su origen en la filosofía, particularmente en la metafísica, rama dedicada al estudio del ser. Explicado brevemente: la sustancia es la esencia que hace que una cosa sea lo que es y no otra; los accidentes son propiedades cambiantes que no alteran la naturaleza del ser. En el caso de la Sagrada Eucaristía, durante la consagración la esencia cambia: deja de ser pan y vino para convertirse en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, aunque los accidentes permanecen iguales: color, olor, textura, sabor, peso, etcétera. Es decir, físicamente conservan las mismas características, pero metafísicamente ya no son los mismos.
Volviendo al padre Pedro, durante su regreso de Roma se detuvo en la Basílica de Santa Cristina, en Bolsena, para celebrar la Santa Misa. Durante la celebración, justo en el momento en que pronunciaba las palabras de la consagración y partía el Cuerpo de Cristo, comenzó a brotar sangre de la hostia consagrada de manera visible. La sangre resbaló por los dedos del sacerdote y empapó el corporal. Después de resguardar la reliquia, el padre Pedro acudió con el papa Urbano IV, quien se encontraba en la cercana ciudad de Orvieto, para comunicarle lo sucedido. El Sumo Pontífice envió inmediatamente una comisión de teólogos y cardenales para investigar el caso; entre ellos se encontraba santo Tomás de Aquino.
Tras la confirmación del milagro, el Santo Padre ordenó trasladar el corporal a la ciudad de Orvieto, donde él mismo salió en procesión para recibirlo. Asimismo, encomendó a santo Tomás de Aquino la composición de la liturgia para la celebración de la Eucaristía, de la cual surgieron himnos como el Pange Lingua y el Tantum Ergo, que continúan utilizándose hasta la actualidad.
Posteriormente, inspirado por santa Juliana de Cornillon, el milagro de Bolsena y las orientaciones teológicas de la época, el papa Urbano IV instituyó, mediante la bula Transiturus de Hoc Mundo, promulgada el 11 de agosto de 1264, la celebración del Corpus Christi en toda la Iglesia universal, fijándola para el jueves posterior a la octava de Pentecostés.
Sin duda, se trata de una de las celebraciones más importantes dentro del calendario litúrgico de la Iglesia y de una excelente oportunidad para vivir plenamente la fe en compañía de la familia, ser reconfortados en la esperanza y permitir que la caridad sea la principal muestra de que Cristo ha resucitado y permanece con nosotros, entre nosotros y en nosotros.
Termino con una parte de la bula del papa Urbano IV que muestra el amor de Dios hacia cada uno de nosotros: “El hombre tenía necesidad de un alimento espiritual, y el Salvador misericordioso proveyó, con piadosa atención, al alimento del alma con el manjar mejor y más noble”.
¡¡Christos Anesti!!
¡¡Alithos Anesti!!