
Mónica Sofía Mangas Fernández Arcipreste – Estudiante de comunicación de UNIVA
La inteligencia artificial puede ser una aplicación útil, pero cuando sustituye procesos como investigar, redactar o estructurar ideas, existe el riesgo de que dependamos de ella y reduzcamos nuestro propio esfuerzo creativo y crítico.
Los sistemas inteligentes no solo están cambiando la educación y el trabajo, sino que también están redefiniendo la forma en que pensamos.
El 30 de noviembre de 2022, la empresa OpenAI lanzó públicamente ChatGPT, un instrumento basado en modelos de aprendizaje capaz de redactar textos, resolver problemas y generar ideas en segundos. En menos de dos meses (entre diciembre de 2022 y enero de 2023) alcanzó más de 100 millones de usuarios, convirtiéndose en una de las aplicaciones de mayor crecimiento en la historia digital.
Durante 2023, compañías como Google y Microsoft integraron sistemas cognitivos digitales en buscadores, procesadores de texto, correos electrónicos y plataformas de trabajo. Ese mismo año, escuelas y universidades comenzaron a enfrentar un nuevo escenario: estudiantes utilizando estas herramientas para redactar ensayos, resumir lecturas y resolver tareas académicas.
En 2024, la aplicación de la IA generativa se consolidó tanto en el ámbito educativo como en el laboral. Diversas encuestas internacionales reportaron que un alto porcentaje de profesionales ya utilizaba estas tecnologías para redactar informes, crear presentaciones y automatizar procesos. Paralelamente, instituciones educativas empezaron a debatir lineamientos formales para regular su uso en el aula.
Para 2025, la tecnología inteligente dejó de ser una novedad para convertirse en una práctica cotidiana. Millones de usuarios la incorporaron a su rutina académica y profesional de manera constante y, en 2026, varios países comenzaron a plantear marcos regulatorios y estrategias nacionales para integrarla en los sistemas educativos, evidenciando que su presencia ya no es opcional, sino estructural.
En un periodo de apenas cuatro años (2022-2026), la mente digital pasó de ser una innovación tecnológica emergente a convertirse en un medio habitual en la producción de conocimiento.
Este crecimiento acelerado es el contexto que da origen al debate actual: si el recurso puede pensar, escribir y proponer soluciones por nosotros, ¿cómo impacta esto en el desarrollo de nuestra creatividad y pensamiento crítico?
La hipótesis que guía esta investigación sostiene que las redes neuronales artificiales están sustituyendo procesos cognitivos fundamentales, como la creatividad y el pensamiento crítico, en estudiantes y trabajadores universitarios, al facilitar respuestas inmediatas que reducen el esfuerzo intelectual propio. Un estudio publicado en 2023 por investigadores de Stanford University señaló que los estudiantes que utilizaron esta tecnología para redactar ensayos tendían a depender de las respuestas generadas sin modificar significativamente el contenido.
Asimismo, reportes del World Economic Forum, publicados en 2023, indican que habilidades como el pensamiento crítico, la creatividad y la resolución de problemas complejos son consideradas entre las competencias más relevantes para el futuro laboral. Sin embargo, cuando estas tareas son delegadas de forma constante a sistemas automatizados, existe el riesgo de que dichas habilidades no se desarrollen en su totalidad.
En el contexto universitario, el problema no radica únicamente en el uso de la IA como recurso de apoyo, sino en la posible dependencia que puede generar en el proceso cognitivo. Si un estudiante utiliza sistemas de aprendizaje automático para generar análisis, estructurar argumentos o resolver actividades sin cuestionar ni profundizar en la información, el aprendizaje se vuelve superficial.
En el caso específico de la UNIVA, aunque no existen cifras oficiales públicas sobre el nivel de uso entre sus estudiantes y trabajadores, el acceso generalizado a sistemas gratuitos sugiere que su presencia en las actividades académicas es significativa. Esto plantea la necesidad de investigar si su empleo está fortaleciendo las habilidades cognitivas o, por el contrario, reemplazándolas.
El profesor Ethan Mollick, académico de la Wharton School de la Universidad de Pensilvania y especialista en innovación y tecnología educativa, ha advertido que el problema no es la existencia de la IA, sino su uso inadecuado. En una entrevista publicada en 2024 señaló que «los estudiantes que usan la IA como muleta no aprenden nada», ya que, al delegar el proceso de análisis y redacción en la tecnología, se pierde el ejercicio del pensamiento propio.
Para entender cómo la mente virtual está influyendo en el entorno universitario, entrevisté a un compañero y al psicólogo del área psicopedagógica, con el objetivo de contrastar la experiencia del estudiante con la mirada académica.
Desde la perspectiva estudiantil, el uso de la IA es ya una práctica regular. Mi compañero afirma que la utiliza principalmente para investigar y mejorar la redacción de sus trabajos. Señala que, desde que comenzó a usar estas tecnologías, hacer tareas se ha vuelto más fácil, ya que le ayudan a ampliar su vocabulario y ordenar sus ideas. Sin embargo, enfatiza que no ha reemplazado su capacidad de pensamiento, sino que la considera una herramienta de apoyo.
No obstante, también reconoce un riesgo significativo, puesto que, aunque fortalece habilidades como la redacción y la rapidez para acceder a información, puede debilitar la capacidad de investigación profunda, el razonamiento propio y la generación de ideas.
Desde la visión docente, la postura es más crítica. El profesor considera que el uso de la IA puede ser perjudicial cuando el estudiante no comprende cómo emplearla correctamente. Advierte que muchos alumnos no filtran las fuentes ni verifican la información que reciben, lo que impacta directamente en el desarrollo del pensamiento crítico. Además, ha notado un menor nivel de análisis y argumentación, así como una tendencia a subestimar el conocimiento propio frente a lo que arroja el sistema.
En términos de creatividad, reconoce que los sistemas inteligentes pueden potenciarla si se utilizan con formación ética y criterio académico; pero, cuando sustituyen el esfuerzo mental, afectan habilidades fundamentales como la abstracción, el pensamiento crítico y la comunicación.
Los testimonios muestran una conclusión clara: mientras el estudiante lo percibe como un auxiliar que facilita y complementa su proceso académico, el profesor identifica señales de dependencia y debilitamiento cognitivo.
Existe un punto de coincidencia clave: ambos reconocen que funciona si se emplea correctamente. Sin embargo, la diferencia radica en el nivel de conciencia sobre sus efectos.
Esto sugiere que el problema no es el mecanismo operativo en sí, sino la forma en que se integra en el proceso educativo.
Si no se fomenta una formación crítica y responsable sobre su uso, existe el riesgo de que las nuevas generaciones confíen más en la inmediatez de la respuesta que en el proceso de reflexión y pensamiento.
La pregunta, entonces, no es si debemos usar la IA, sino si estamos preparados para utilizarla sin dejar que piense por nosotros.