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Mtra. Jazmín Velasco Casas · Docente de UNIVA Online y del departamento de Arte y Cultura de UNIVA Plantel Guadalajara

 

Sin afanes de apelar a ningún purismo académico, sino más bien al de una curiosidad antropológica, me pregunto a menudo al leer novelas hechas por jóvenes (menores de cuarenta) a dónde se ha ido aquella tradición literaria o mejor dicho, a dónde se han ido aquellos escritores que buscaban sugerir y explorar el mundo interno y externo de los personajes; que ofrecían capítulos como edificios de más de cincuenta páginas donde poco pasaba afuera, pero sucedía mucho en el flujo de conciencia del narrador; donde las descripciones eran extensas en cada sutileza en la casa del protagonista con correlatos afectivos en otro espacio-tiempo; aquellos que discurrían en monólogos políticos, asociaciones psicológicas, relatos de sueños o ensoñaciones, poemas entreverados con la prosa, epístolas con carga filosófica, diarios para desvelar los reveses de la mente que se desarrollaban en el paso de las páginas sólo porque eran otras vías para conocer al personaje y utilizar la palabra.

Las letras jóvenes evidencian la tendencia actual de exponerlo todo y enfocarse en las acciones, en el acontecimiento. Construyen personajes que gravitan en el qué hace o qué le sucede, en lugar del quién es o cómo es su subjetividad; presentando en un estilo narrativo que se sirve de un lenguaje que opta por los caminos directos y coloquiales, en vez de urdir figuras o adornos que ingenien juegos lingüísticos propios para el universo o la trama.

Aquí el juicio no es negativo, sino de inquietud. Podría apuntar al posmodernismo y sus acompañantes: aceleración, inmediatez, consumismo, aburrimiento, narcisismo, pensamiento débil. O bien, cambiar el reflector y culpar a cierto lenguaje cinematográfico por su influencia en esquemas mentales que producen en los literatos noveles un condicionamiento a narrar fotogramas en movimiento, diálogos explicativos, aproximaciones a mundos fragmentados. Esto es loable si se ha firmado un contrato para adaptación, pero cuestionable si la intención es hacer literatura. Podría también denunciar el triunfo del internet y la mercadotecnia como ejes que orillan a planear historias formulaicas o estereotipadas que enganchen -y vendan- en las primeras dos hojas, sentenciando a muerte, dicho sea de paso, a otra hermosa actividad y experiencia, la editorial impresa y la vida analógica.

En estas lecturas percibo en mí una urgencia por recuperar el pasado literario, y con esto no me refiero sólo a expresiones clásicas, barrocas o decimonónicas, sino a las que aún surgían hace cincuenta o treinta años y no me causaban la intuición de que nos estamos perdiendo algo de humanidad al despedir esa tradición que con lentitud llevaba a generarnos las representaciones de los personajes, adentrarnos en sus teorías sobre el mundo y experimentar su singular y compleja intimidad.

Queda claro que hemos transfigurado la praxis literaria a voluntad y conscientemente a una más sencilla, simplificada, que explique mejor y evidencie los acontecimientos; igualmente es claro que estas nuevas voces literarias escriben rápido, piensan rápido, sin ideologías que sostengan el discurso y, en muchas ocasiones, y como fin último del acto creativo, buscan mercantilizar.

El futuro de la narrativa es resbaladizo y un tanto desesperanzador para los que buscamos en este arte un lugar para habitar y encontrarnos, pero conviene seguirlo para observar su constitución, no sabemos aún si sea capaz de reflejar con potencia lo humano a pesar de sus apariencias y alcanzar una belleza que tal vez aún pocos sabemos apreciar.

 

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