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La ley de la atracción: Una creencia acorde con el egocentrismo de la postmodernidad

Dr. Fabián Acosta Rico • Docente-Investigador UNIVA Guadalajara

 

Los cultos politeístas de ayer y hoy establecen una relación clientelar del creyente para con la divinidad. El dios recibe el holocausto o las ofrendas de sus adoradores a cambio de que este le presente ciertos auxilios o socorros. En la actualidad así sigue ocurriendo, por ejemplo, con el culto a los orishas o dioses afroamericanos de los que ya hemos tenido oportunidad de hablar; pero, de manera más marcada con la fe a la Santa Muerte a la que se le pide fortuna para uno y desventuras para los demás, en un culto marginal muy seguido por personas dedicadas a delinquir o mendigar.

En las religiones mayoritarias no faltan expresiones de religiosidad popular que no están exentas de estos intercambios y búsqueda de reciprocidades entre el devoto y el objeto de culto; con la fe puesta en un poder sobrenatural, muchos elevan sus peticiones y suplicas a una imagen sagrada ya sea de un santo o de una advocación mariana pactando con ella el pago de una manda a cambio de un milagro o ayuda providencial, como ocurre en la religión católica. En las iglesias pentecostales es parte incluso de su praxis religiosa el invocar a Dios para que este solucione los problemas del creyente, le dispense abundancia o lo colme de dones y bendiciones.

En la postmodernidad se han puesto de moda cierto tipo de creencias neo-espiritualistas que hablan de las leyes que rigen el universo y determinan el destino de las personas. Conocerlas y saberlas manipular le garantiza a la persona el tener éxito y fortuna en su vida. A los hombres y mujeres de la modernidad tardía, se les presentan opciones para ya no tener que estar de hinojos rezando, esperando que el Todopoderoso los escuche y vaya en su rescate o favor; más práctico resulta para muchos entenderse con las supuestas leyes que, mágica y misteriosamente, gobiernan el mundo para así, mediante ciertas prácticas y cambios de mentalidad, se obtenga la capacidad de atraer la buena suerte, la prosperidad y la dicha.

Estos nuevos cultos llaman a una religiosidad centrada en la persona, no hay en ellos exigencias rituales ni imposición de dogmas; todas sus verdades son, según afirman, perfectamente demostrables dado que obran, para la persona que las observa, un cambio de vida afortunado o deseable. Todo lo que hay que hacer, supuestamente, es abrirse a la verdad, creer en el gran secreto ocultado desde hace milenios y que ahora es revelado como un don en estos tiempos de libertad religiosa y de conciencia. Se entiende, entonces, que para quien cree y pone en práctica este inapreciable secreto, Dios y los dioses, como dispensadores de favores, están de más.

El libro y documental intitulado precisamente El Secreto de la autora estadounidense Rhonda Byrne desde su publicación, en el 2006, fue todo un éxito editorial que suscitó una escalada de críticas y apologías en los medios intelectuales y universitarios. En la actualidad puede encontrar uno innumerables videos y cursos en la red inspirados en las ideas y creencias expuestas en este libro.

La autora asegura que, tras pasar una etapa de desventura en su vida, le vino una especie de revelación que le indicó como salir adelante; la clave estaba en un secreto conocido por unos pocos que, según la autora, se remonta a tiempos ancestrales. En los primeros capítulos de su libro, Byrne cita un listado importante de hombres y mujeres que en su búsqueda fue conociendo y que, generosamente, le compartieron su saber y experiencia acerca del secreto el cual, desde su testimonio, fue eficaz haciendo de ellos personas plenas, exitosas y felices. ¿Pero cuál es este tan inapreciable, revelador y trascendente secreto? El secreto es la ley de la atracción. Este advierte que todo lo que experimentas o padeces en tu vida tú lo has atraído mediante las imágenes en tu mente. Lo que piensas lo atraes. De lo anterior se deduce que los pensamientos son poderosos; que obran a manera de fuerzas que influyen en el mundo. Sin dar mayores explicaciones ni porqués, Byrne comparte que los pensamientos son magnéticos y poseen una cierta frecuencia. Al pensar, la persona los manda al Universo y estos atraen magnéticamente cosas o situaciones semejantes que están en idéntica frecuencia: “Todo lo que se envía vuelve a su origen y ese origen eres Tú” (Byrne, 2018, pág. 23).

Byrne afirma que esta verdad no es nueva, por eso lo llama secreto, a su entender la han conocido y se han valido de ella personajes relevantes de la historia y la cultura como William Shakespeare, Ludwig van Beethoven, Leonardo da Vinci, Platón, Sócrates, Isaac Newton… Desde tiempos inmemorables, sostiene la autora, diversas religiones como la hindú, han hablado de él; está presente en la tradición hermética, el budismo, el judaísmo, el cristianismo y el islam; lo conocían también culturas ya extintas como la babilónica y la egipcia (Byrne, 2018, pág. 18).

Sabiendo que su público está inmerso en una cultura del consumo en la que el individuo sufre cuando no cuenta con los recursos para adquirir o comprar, Byrne ofrece su teoría acerca de la ley de la atracción como una solución. ¿Quién no quiere ser millonario? Pues bien, la autora se arriesga haciendo una generalización, toda persona de fortuna o riqueza piensa siempre en términos de abundancia y al hacerlo, consciente o inconsciente llama a la riqueza (Byrne, 2018, pág. 20). La pobreza o la desventura monetaria será entonces, desde esta visión, un asunto de mentalidad; la padecen las personas no por obra de la injustica social y económica, sino por un problema de higiene y disciplina mental. Quien se piensa pobre, pobre se quedará; y para recriminarle aún más su culpa por su demeritada condición, la autora sostiene que las personas a las que le va mal es porque pasan el mayor tiempo pensando en lo que no quieren, descuidando o ignorando aquello que desean y, por tanto, atraen, por su culpa y responsabilidad, su infortunio. Podríamos concluir desde un optimismo que puede resultar para muchos un tanto ingenuo, que para quitarle a una persona el hambre no hay que enseñarle a pescar o trabajar, sino a pensar; para que no utilice con imprudencia su mente y se labre, por sus malos pensamientos, sus desgracias y calamidades.

Este supuesto problema de no saber usar correctamente los pensamientos tiene muchas aristas, así como descargos morales. La ley de la tracción no sabe de bien o mal; uno invoca y el universo responde; y como al pensar la ley no computa el “no” ni cualquier otra palabra de negación, entonces te entrega muchas de las veces lo que no deseabas, por ejemplo: al decir tú: “No quiero quedarme en la calle; no quiero vivir en la indigencia” lo que en realidad registra la ley es: “Quiero vivir en la calle; quiero vivir en la indigencia” (Byrne, 2018, pág. 27).

Las ideas y deducciones que de la ley de la atracción podemos inferir acerca de los males y desventuras de los demás, le vienen a bien y están totalmente en sintonía con la sociedad capitalista, que priva un individualismo que práctica e impone una mentalidad egocéntrica y egoísta la cual, perniciosamente, nos vuelve insolidarios e insensibles con el mal ajeno: “Sí mi familia y yo estamos bien, me tiene sin cuidado que el mundo y la humanidad se hundan”. La mayor obra de caridad consistiría, nuevamente bajo este orden de ideas, en enseñar al marginado a pensar correctamente para que él solo, sin mayores auxilios, más allá de los morales, salga de su mala situación.

Como es común entre las teorías seudo-científicas, Byrne también apeló a la física cuántica para darle sustento a su teoría de la Ley de la atracción. De manera un tanto superficial, la autora se limita a decir, que si la física cuántica sostiene que el Universo ha surgido de un pensamiento; esto empata con su afirmación de que tú recreas o determinas tu circunstancia a través de tus pensamientos y de la ley de la atracción. Y la advertencia radica en que dicha ley, estemos o no conscientes de ella, ha actuado, actúa y siempre lo ha hecho, moldeando la vida de los seres humanos a lo largo de la historia (Byrne, 2018, pág. 28).

Así como la ley de la atracción es conectada con las modernas teorías de la física, también se le asocia con la meditación tan propia y típica de las culturas orientales. La autora señala que hasta que no descubrió el secreto, se percató de lo poderosa que es la meditación. Meditar ayuda a silenciar la mente, a tener control de tus pensamientos y a revitalizar el cuerpo. De tal suerte que, al aprender a dominar la mente, la persona puede, por ende, direccionar a voluntad sus pensamientos y encausarlos hacía las metas, deseos y objetivos que se haya fijado. Byrne supo vincular su teoría de la Ley de la atracción con una práctica milenaria -como lo es la meditación- y con las modernas teorías de la ciencia, dándole a sus enseñanzas o revelaciones un doble sustento para hacerlas convincentes ante un gran público.

Al final, el mensaje de El Secreto empata con la literatura de superación personal, al señalar que el lector de la obra tiene ante sí los conocimientos y herramientas para cambiar su vida y para forjarse la mejor versión de sí mismo; esta versión ya existe en potencia sólo hay que resolverla a través de la frecuencia adecuada y de los pensamientos correctos para que podamos alcanzar la realización, la felicidad y el éxito (Byrne, 2018, pág. 35).

Suele ocurrir que ciertas prácticas o ideas de autoayuda emocional y espiritual, como la Ley de atracción, tienen su momento de auge; pero, con el transcurso del tiempo más que las críticas o desmentidos, es la pérdida de interés del público la que condena al olvido lo que antes fue una novedad revestida como la panacea para todos los males existenciales y para las enfermedades del alma. Eso no ocurrió con El Secreto, aunque el libro ya no es un éxito en ventas; lo cierto es que nuevos escritores y conferencistas en la actualidad han retomado las ideas de Byrne. Citaremos uno muy significativo, el del Dr. Camilo Cruz: autor de gran éxito y un afamado conferencista reconocido en América y Europa; entre sus 30 libros publicados está La ley de la atracción: mitos y verdades sobre el secreto más extraño del mundo (Cruz, 2019). Retomando la Ley de la atracción, el Dr. Camilo Cruz se aventura a defender la idea de que esta es una ley científica, contrario a lo que muchos de sus detractores opinan; pero hay que saber ubicar a qué ciencia pertenece: él la inscribe en las ciencias sociales, en particular en la psicología y explica cómo esta opera de manera tangible (más allá de las explicaciones esotéricas). La clave para su comprensión estriba en entender que los pensamientos crean hábitos y estos, a su vez, modifican el entorno de la persona recreando su circunstancia. Los pensamientos nobles generan en consonancia hábitos de prosperidad y bondad que, en consecuencia, retornan a la persona traducidos en felicidad y bondad.

Igual que Byrne, el Dr. Cruz le revira la responsabilidad a la persona de sus males y calamidades. Que existan individuos que padecen pobreza, injusticia o incluso esclavitud se debe a su incorrecta forma de pensar y sólo ellos pueden salvarse a sí mismos. Desde la Ley de la atracción, se parte de la premisa de que nadie puede discriminar ni oprimir sin el consentimiento del otro. Para que alguien se sienta superior y porte el látigo, otro en consecuencia debe tenerse en muy baja estima y sentirse inferior. La conclusión a la que llega Cruz es que no debemos recriminar al dominador o abusador, sino el que debe ser el blanco de nuestra crítica es el discriminado. Así son las leyes que rigen el universo, el fuerte no puede ayudar al débil sin su consentimiento y al final sólo este último puede ponerles remedio a sus desventuras. Como en El Secreto, en la obra de Cruz se defiende una ética y una espiritualidad individualista que llama a la insolidaridad y a la renuncia de la caridad. Insistiendo en este punto, el tipo de espiritualidad que se propone es una muy a lugar con estos tiempos postmodernos de consumismo y atomización social. En este contexto, no habría un Dios y si lo hay, de nada sirve que esté allí para nosotros enseñándonos a ser generosos con los demás; en su lugar está una categórica ley que, operando casi como el karma, determina que uno, por su mérito o culpa, coseche las dichas o desgracias que antes sembró con el pensamiento.

 

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