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Ya no estoy aquí: Histrionismo monocromático con sentido antropológico

Por 19 octubre, 2021Líderes de Opinión

Dr. Fabián Acosta Rico • Docente-Investigador UNIVA Plantel Guadalajara

 

Hasta mediados del siglo XX, la antropología parecía versar sobre las costumbres y formas de vida de los pueblos primitivos de civilizaciones rudimentarias nómadas o sedentarias de corte rural. Las ciudades aparentaban ser conglomerados sociales eximidos en dos grandes y homogéneas clases sociales: los capitalistas, dueños de los medios de producción y los proletarios cuyo único patrimonio es su fuerza de trabajo.

Este reduccionismo clasista no permitía vislumbrar la riqueza antropológica de las grandes urbes generada por el surgimiento de corrientes culturales propias de la modernidad ligadas a la política, el arte e incluso a la religión. Esta visión ignora que es una inercia natural en los individuos generar lenguajes, hábitos y códigos colectivos que dan identidad y sentido de pertinencia.

El libro La sociedad de las esquinas, del antropólogo estadounidense, Foote Whyte le dio banderazo a los estudios antropológicos orientados a la investigación de los diversos grupos humanos que constituyen el tejido social de las grandes urbes. El trabajo de Foote Whyte versó sobre las pandillas italo-estadounidenses de la ciudad de Nueva York; este trabajo, pionero en su tipo, ha inspirado a otros antropólogos e incluso cineastas interesados en la diversidad cultural de las megalópolis contemporáneas.

Aclamada por la crítica, la película del cineasta mexicano, Fernando Frías de la Parra, Ya no estoy aquí bien puede calificar como un falso documental de este tipo que nos ofrece una mirada profunda, una introspección cruda, a cara lavada, de lo que fue uno de tantos movimientos contraculturales urbanos que han aparecido en México y luego se han extinguido, cual moda que ha dejado de ser novedosa y atractiva (como ocurrió con los famosos emos, un día proliferaban en escuelas y plazas y a la vuelta de unos años dejaron de existir). Este movimiento que tuvo su mayor auge a comienzos del nuevo milenio se llamó “Los Kolombia”; sobre ellos trata el filme de Frías de la Parra.

Pueden imaginarlo, en la muy norteña ciudad de Monterrey, Nuevo León, surgió una tribu-urbana conformada principalmente por adolescentes y jóvenes de vestimentas y peinados estrafalarios de quienes el sello distintivo era su gusto por la cumbia, cuyo cadencioso ritmo lo bailaban encorvados y dando repetitivos giros con los brazos tirados hacía atrás.

El protagonista es Ulises Samperio, un regio a quien no le gusta el cabrito, la banda o la música norteña lo suyo es la cumbia; comandaba una pandilla de poca monta de kolombias de nombre “Los Terkos” cuyas vidas discurrían en la vagancia y los bailes. No tenían oficio ni beneficio. Extorsionaban jovencitos de secundaria para comprarle a su líder un MP3; su delinquir timorato o de baja escala, suscitó el enojo de otra pandilla más peligrosa y norteña.

Este desencuentro y otras situaciones desafortunadas, pusieron en un predicamento a Ulises y a su familia al grado de verse obligados a dejar su barrio y hogar. Ulises termina de ilegal en la ciudad de Nueva York. Si en México carecía de metas que no fueran más allá de ser un kolombia, en Estados Unidos Ulises seguirá sin brújula ni rumbo dejando pasar los días buscando la manera de sobrevivir en una sociedad cuyo idioma desconoce y no está muy interesado en aprender. Es un personaje monocromático en sus registros actorales; da la impresión de que así es él: no está fingiendo si no mostrando en sus diálogos y bailes el corazón expuesto de su cultura tribu-urbana. No hay más aristas ni recovecos psicológicos que explorarle.

La película no tiene acción, drama ni romance es como ya la califiqué, más un documento antropológico que retrata la situación y el modus vivendi de los jóvenes regios, cuya pasión e identidad la importaron de Colombia. Puede incluso llegar a impacientar, porque más allá de la huida a Estados Unidos y la confrontación con la otra pandilla; en la trama del filme no hay mayores sobresaltos, giros o hechos relevantes. Las actitudes de Ulises son de una vacuidad existencial que recuerdan un poco al personaje principal de la novela El Extranjero de Albert Camus. En lo personal me exasperó su pasividad y su superficialidad, más allá de su baile y gusto musical no tiene nada que ofrecer Ulises y el resto de su pandilla. Hay que ver esta película con ojos de antropólogo para disfrutarla, de lo contrario, puede incluso llegar a ser poco atractiva para públicos que estamos acostumbrados a películas que, por regla, tienen que estar sorprendiéndonos cada 3 o 5 minutos. Estos vicios de cinéfilo contemporáneo no ayudan a disfrutar películas que pretenden recrear la realidad sin mayores oropeles fílmicos.

Ya no estoy aquí es una película mexicana muy aclamada que destaca en el catálogo de Netflix; plataforma en la que por varias semanas estuvo entre las diez más vistas. En el Festival Internacional de Cine Morelia, hace un año, fue la ganadora absoluta.

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