
Fabián Acosta Rico – Docente investigador
En los escenarios postmodernos no sólo pululan las tribus urbanas, aunque estas saben darse notoriedad. En el carnaval de identidades contemporáneo desfila una nutrida variedad de fenotipos sociales, culturales, políticos y religiosos como parte de una pluri-fauna antropológico-cultural consonante con la modernidad líquida, rica y volátil en mascaradas y parafernalias.
Ser y dejar de ser para luego volver a ser, sin jamás definirse, simplemente fluir con tendencias y modas: esa es la tónica de esta era del vacío, sin anclas ni raíces. En estos transformismos identitarios resulta fácil colocarse —o recibir— etiquetas derivadas de conductas, hábitos o estilos. Todos terminan encajando en estereotipos previsibles donde el cliché domina incluso entre quienes se proclaman disidentes o contra-sistémicos. Conductismo de masas, cultura de masas.
Hace no mucho dominaban la escena los hípsters, ejemplares culturales muy millennials y de sobrado esnobismo. Sus gustos retro-contemporáneos, la devoción por los gadgets de la manzanita y la vestimenta inspirada en profesores de Oxford o Berkeley los convirtieron en símbolo de distinción urbana. Sin embargo, el escenario cultural cambió: la bandera arcoíris, el paliacate morado y nuevas causas políticas desplazaron su centralidad. El hípster no desapareció del todo; mutó al ritmo de los progresismos culturales contemporáneos.
El nuevo discurso proclamó: deconstruyamos al hombre. Surgieron así las llamadas nuevas masculinidades. Desde ámbitos académicos y activismos feministas comenzaron a definirse nuevos cánones sobre cómo debía ser el hombre en la postmodernidad. Se rechazó el modelo tradicional —machista, patriarcal y tóxico— y se impulsó un perfil masculino dispuesto a renunciar a privilegios históricos y a sumarse, con distancia respetuosa, a proyectos sociales con liderazgo femenino o diverso.
Aparece entonces el aliade, figura visible en marchas y causas sociales, cuya identidad gira alrededor del respaldo explícito al feminismo y a movimientos de diversidad sexual. No es heredero directo del hípster; carece de su refinamiento estético y resulta más ordinario en su expresión cultural.
Distinto es el simp. Este no sigue necesariamente una causa política; su devoción se dirige a mujeres idealizadas —las divas digitales, las bellas de internet o las llamadas mujeres de alto valor— en quienes invierte tiempo, atención y recursos. Su motivación es más afectiva que ideológica.
Quien sí parece ocupar el lugar evolutivo del hípster es el hombre performativo. Posee rasgos del aliade, pero evita los extremos serviles del simp. Se presenta como hombre deconstruido, inscrito plenamente en las nuevas masculinidades, alejadas del machismo tradicional. Es un sujeto de vanguardia que adopta signos culturales reconocibles: pantalones anchos, bolsa reutilizable, lecturas feministas, matcha latte y accesorios simbólicos que comunican sensibilidad estética y compromiso ideológico.
Como el hípster y antes el metrosexual, el hombre performativo cuida su apariencia y construye una identidad pública destinada a agradar a sectores progresistas. Se presenta como antítesis del hombre tóxico y de la masculinidad dominante asociada a generaciones conservadoras. Acepta el liderazgo femenino y busca encarnar el modelo masculino que, supone, demandan los discursos feministas contemporáneos.
Toda tribu urbana necesita visibilidad, y los hombres performativos la encuentran en redes sociales. En YouTube, Instagram o TikTok exhiben su estilo de vida, sus hábitos culturales y su respaldo explícito a causas feministas, especialmente a quienes portan con militancia los símbolos morado y verde. Su mensaje implícito parece ser: “soy un buen tipo, comprendo la causa y estoy del lado correcto de la historia”.
Estas renuncias simbólicas implican abandonar la probada masculinidad tradicional, El hombre performativo apuesta por el refinamiento, la sensibilidad y cierta fragilidad emocional como signos de una masculinidad deconstruida que busca armonizar con los valores culturales de una postmodernidad relativista y subjetiva.
Sus críticos sostienen que la masculinidad al igual que la feminidad, en esencia, no son modelos a ser reinventados a capricho de tendencia y modas; mucho tienen de arquetípicas o fundamentales están inscritas, como diría Carl G Jung, en lo profundo del ser de los individuos con sus variantes accidentales impuestas por el contexto histórico y cultual.