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Cuando el cine nos recuerda que somos parte de algo grande

Jose Francisco Leon Huerta – Coordinador Comercial del CAU y estudiante de Maestría, UNIVA Campus Guadalajara

Una sala oscura que ilumina

Hay películas que uno va a ver creyendo que simplemente va a pasar un buen rato y termina saliendo del cine con algo que no esperaba: una pregunta, una imagen que no se va o quizá una lágrima discreta que uno intenta disimular antes de encender el teléfono. Eso me pasó con Hoppers, la más reciente apuesta de Pixar, que ha llegado silenciosamente a las pantallas y que, estoy convencido, tiene mucho más que decir de lo que parece.

No voy a contar la historia. No es necesario y tampoco sería justo hacerlo. Lo que sí quiero hacer es invitarlos (a ustedes, compañeros de esta comunidad universitaria, curiosos, buscadores de sentido) a que la vean. Y que la vean con los ojos bien abiertos, no como espectadores pasivos, sino como quienes saben que el arte, cuando es honesto, habla.

La casa como responsabilidad compartida En el año 2015, el papa Francisco publicó la encíclica Laudato si’: sobre el cuidado de la casa común. El título mismo lo dice todo: la Tierra no es un recurso a explotar, es una casa. Y las casas no se destruyen; se cuidan, se heredan, se comparten. La encíclica, más allá del debate ambiental que levantó en ciertos círculos, es en el fondo un llamado profundamente humano: a reconocer que estamos conectados los unos con los otros y con el mundo que habitamos, de una manera que no podemos ignorar sin consecuencias.

Lo que me sorprendió de Hoppers es que, sin pronunciar una sola vez la palabra «ecología» ni citar a ningún pontífice, narra exactamente eso. Narra lo que significa perder el sentido de pertenencia a un lugar, el costo que tiene la indiferencia colectiva y la posibilidad (siempre abierta, aunque a veces difícil) de sanar lo que se ha roto. Sus personajes viven en mundos distintos, hablan lenguajes distintos, tienen miedos distintos; pero todos, en algún momento, tienen que elegir entre encerrarse en sí mismos o abrirse hacia el otro y hacia lo que los rodea.

Laudato si’ nos recuerda que «todo está interconectado» (LS, 138). No lo dice como eslogan, lo dice como diagnóstico y como esperanza al mismo tiempo. Cuando el papa Francisco habla del deterioro del tejido social y ambiental como fenómenos que van de la mano, no está haciendo política: está señalando algo que cualquier persona sensible puede ver si se detiene a mirar. Y Pixar, con esa capacidad que tienen los grandes narradores de tocar lo universal desde lo concreto, parece haberse detenido a mirar exactamente eso.

«Es difícil estar enojado cuando sientes que eres parte de algo grande». —La abuela de Mabel, en Hoppers.

Esta línea, pronunciada por la abuela de Mabel en uno de los momentos más silenciosos y más verdaderos de la película, me detuvo en seco. La escuché y tuve que quedarme quieto un momento, como cuando uno lee una frase que ya sabía, pero que necesitaba que alguien más se la dijera. Porque es cierto. Es brutalmente cierto.

Gran parte de la violencia que ejercemos sobre los demás y sobre el mundo nace del aislamiento, de la convicción de que somos islas, de que lo que nos rodea no nos concierne. El enojo (ese enojo sordo, crónico, que no sabe bien a qué apunta) crece exactamente ahí: en el vacío de pertenencia. Y la abuela de Mabel lo sabe. Lo sabe con la sabiduría sencilla de quienes han vivido lo suficiente para ver el patrón.

El papa Francisco lo dice de otra manera en Laudato si’: cuando el ser humano se sitúa a sí mismo como centro de todo, cuando deja de sentirse parte de una comunidad mayor (de vida, de historia, de creación), termina destruyendo lo que debería sostenerlo. La película, sin ser un tratado teológico ni un manifiesto ecológico, llega al mismo punto desde la emoción, desde la imagen, desde ese vínculo inmediato que el buen cine sabe crear entre la pantalla y el corazón.

El cine como espacio de reflexión: una responsabilidad que también es nuestra Vivimos en un tiempo saturado de contenidos. Cada día se producen miles de horas de video, millones de imágenes, una cantidad inabarcable de mensajes. Y, sin embargo, o quizá por eso mismo, el cine sigue teniendo un poder que otros medios no tienen: el de obligarnos a sentarnos, a permanecer, a dejar que una historia nos habite por hora y media. No podemos saltarnos una escena incómoda en el cine. No podemos hacer scroll cuando algo nos toca demasiado. El cine, en ese sentido, es uno de los pocos espacios donde todavía somos vulnerables.

Eso lo hace un medio extraordinariamente valioso para sembrar preguntas. No respuestas (las respuestas fáciles son el territorio de la propaganda), sino preguntas. ¿Qué tipo de mundo estamos construyendo? ¿Qué les debemos a quienes vendrán después de nosotros? ¿Qué significa cuidar? ¿A quién llamamos «hogar»?

Como universitarios, como personas que hemos elegido formarnos, tenemos una responsabilidad especial con los medios que consumimos y con los que producimos. La convocatoria que me trajo a escribir estas líneas es precisamente eso: una apuesta por usar la palabra, el audio y el video como extensiones de un pensamiento comprometido con la realidad. No todo lo que vale la pena decir cabe en un tuit. Hay reflexiones que necesitan espacio, que necesitan forma, que requieren el cuidado con que se escribe cuando se sabe que las palabras importan.

Hoppers es un ejemplo de que la cultura popular puede ser un aliado inesperado del pensamiento crítico. No siempre lo es (a veces el entretenimiento masivo hace exactamente lo contrario: anestesia, distrae, vacía). Pero cuando lo es, cuando una historia animada logra que un adulto de treinta años salga del cine preguntándose cómo habita el mundo, eso merece ser celebrado, señalado y comentado.

Una invitación, no una conclusión No voy a cerrar este texto con una conclusión ordenada, porque creo que el tema no la merece. Lo que sí quiero dejar es una invitación triple.

Primero: vayan a ver Hoppers. Lleven a alguien que quieran. Quédense hasta que terminen los créditos. Y luego hablen de ella, no solo de las escenas bonitas, sino de lo que les removió.

Segundo: lean, o relean, Laudato si’. No hace falta leerla de un tirón ni tener un doctorado en teología. Basta con abrirla en cualquier página y leer con honestidad. Es un texto que habla a quien tenga oídos, sin importar desde dónde se acerque.

Tercero: busquen ese momento de pertenencia del que habla la abuela de Mabel. El que hace que el enojo se disuelva. El que recuerda que no somos islas. Puede ser en una conversación larga, en el cuidado de una planta, en un voluntariado, en una clase que de repente tiene sentido. El sentido de pertenencia no se produce solo: hay que cultivarlo, hay que buscarlo, hay que construirlo junto con otros.

Porque, al final, si algo tienen en común una película de Pixar, una encíclica papal y una universidad como la nuestra, es la convicción de que el mundo puede ser mejor y de que esa posibilidad depende, en buena medida, de si decidimos sentirnos parte de él o no.

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