No es la piedra, es quién la sostiene.

Mariel Saavedra Zárate – Alumni UNIVA de Nutrición

¿Es posible celebrar un gol mientras algo más nos incomoda?

Durante estos días me he hecho esa pregunta una y otra vez. Incluso me he sentido incómoda al concentrarme en la fiesta del fútbol mientras otras causas que considero importantes siguen necesitando voz. Porque sí, estoy disfrutando el Mundial. Me emociono con los partidos, celebro las jugadas y comparto la alegría que este deporte despierta en millones de personas. Pero, al mismo tiempo, como mujer y como feminista, hay imágenes y conversaciones que me impiden mirar únicamente la cancha.

Mientras todos hablamos de goles, también circulan imágenes de destrozos, peleas y actos de violencia protagonizados por algunos aficionados. Sin embargo, más que esas escenas, me llama la atención la forma en que reaccionamos ante ellas. Porque mientras leo comentarios que hablan de «la pasión del fútbol», de «cosas normales que pasan en un evento de esta magnitud» o de «simplemente estamos festejando», no puedo evitar pensar en el 8 de marzo.

Cada año, cuando miles de mujeres toman las calles para exigir justicia, seguridad e igualdad, la conversación suele desplazarse rápidamente hacia las paredes pintadas, los monumentos intervenidos o los vidrios rotos. Pareciera que, en un caso, buscamos comprender el contexto antes de juzgar y, en el otro, ese contexto desaparece detrás de la condena.

¿Por qué la pasión deportiva parece tener licencia para destruir, mientras que el dolor y la exigencia de justicia son sometidos a un juicio moral implacable? Romper un parabrisas, volcar un contenedor de basura o destrozar el mobiliario urbano porque un equipo de once jugadores ganó o perdió un partido no cambia el resultado, no mejora el deporte y, desde luego, no es necesario. Es un acto de violencia que suele disfrazarse de euforia colectiva y que, con frecuencia, la sociedad termina por normalizar. El fútbol es entretenimiento; nadie necesita destruir para celebrar un gol.

En cambio, cuando observamos las pintas en los monumentos o los vidrios rotos durante las marchas del 8 de marzo, nos encontramos frente a una realidad distinta. Esa expresión no nace de la celebración, sino de la desesperación. Cuando las instituciones fallan, las denuncias se archivan y las vidas siguen perdiéndose en la impunidad, el espacio público termina convirtiéndose en uno de los pocos lugares desde donde muchas mujeres sienten que aún pueden ser escuchadas. Es una rabia que busca respuestas, muy distinta a la violencia que surge de la euforia deportiva.

No escribo estas líneas con la intención de dictar normas morales. Las escribo como una invitación a reflexionar. No se trata de defender el destrozo por el destrozo, sino de cuestionar la aparente inconsistencia con la que, como sociedad, juzgamos hechos similares según quién los protagonice o cuál sea su origen. Nos escandalizamos por los daños materiales cuando los provocan las mujeres en una manifestación, pero con frecuencia los minimizamos cuando son consecuencia de la celebración de una afición.

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