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Armando González Escoto · Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

Es natural que todos los medios de comunicación se agolpen a cubrir acontecimientos tan evidentes e intimidantes como los bloqueos e incendios de vehículos recientemente ocurridos del centro al norte del país, y que todos coincidan calificando dichos actos de “terrorismo”, porque lo es. Son noticias de primera plana, y de primer plano, pero los segundos planos pueden ser mucho más terribles y devastadores, aunque no se llevan a las primeras planas.

Por lo menos la segunda mitad del siglo XX estuvo dominada por la guerra de las rutas por las que se transportaban las drogas hacia los Estados Unidos. Sea por el cambio de reglas en ese país o por la mera necesidad de expandir los mercados, en lo que va del siglo XXI, las guerras se dan por el dominio de territorios nacionales para la venta y consumo de enervantes, y no ya sólo por las rutas o los terrenos de cultivo.

Esto significa que se ha dado una importante promoción para el consumo de drogas, misma que ha resultado exitosa. Lo interesante es que dicha promoción no ha nacido, inicialmente, en México, sino que nos ha llegado desde Norteamérica, desde el momento en que la mayoría de sus grandes artistas y cantantes, sobre todo, se ha significado por el consumo de estupefacientes, convirtiéndose en modelos a seguir por sus fanáticos.

El hecho real de sus adicciones se ha igualmente llevado a las pantallas, y las grandes compañías cinematográficas no han tenido escrúpulo en divulgarlo por medio de todo tipo de películas y series, lo mismo para cine que para cualquier otro medio de difusión. Ver las fiestas de estos personajes en que las mesas se usan para partir rayas de cocaína, o verlos consumiéndola en los baños, o traficada por meseros de bares y antros, se ha vuelto lugar común en estas producciones, hasta cuando igualmente muestran la muerte de éste o de aquel personaje por exceso en el consumo, realidad que todos los adictos dicen poder evitar, pero luego resulta que no lo hacen.

Por si no bastara esta campaña global que promueve por el ejemplo, en nuestro país también se ha apostado a la misma campaña por medio de los mismos recursos, pero también por el regalo de dosis no solamente a los jóvenes, mayores de edad, sino igualmente a niños y adolescentes.

Siendo como es nuestro tiempo una época de contrastes, contrasentidos e incongruencias, se motivan costosas campañas para combatir el hábito de fumar, pero igual se invierte en legalizar la marihuana fumada o tragada, al margen de que sea o no comida chatarra. Al final todo queda en cuestiones de qué tanto y qué tan seguido, como ocurre con el alcohol, y la defensa del libre arbitrio que tantos accidentes y muertes provoca todos los días.

Que las consecuencias son muy graves y que la gente ya no haya como enfrentarlas, lo revela la proliferación de “casas” para superar estas adicciones, formales e informales, donde los métodos empleados para fortalecer voluntades anuladas por el vicio van de lo profesional a lo popular, con resultados diversos, pues de todos es bien conocido lo difícil que resulta rescatar a un adicto, cuando ya ha entrado en un camino de autodestrucción imparable. De estos segundos planos nadie parece ocuparse.

 

Publicado en El Informador del domingo 21 de agosto de 2022

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