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La embriaguez que habita la noche y deambula la ciudad Comentario al libro de Felipe Ponce: Bitácora del noctante.

Miguel Camarena Agudo – Gestor de contenidos y Encargado de Corrección y Estilo, Sistema UNIVA

Hay libros que se leen y hay libros que se andan. Bitácora del noctante, de Felipe Ponce, pertenece a los segundos: es un tránsito, un deambular nocturno donde la ciudad deja de ser ciudad y se transforma en mar. Desde las primeras páginas, la noche aparece como un espacio de embriaguez, pero también de deriva; una geografía líquida en la que el sujeto poético camina como si navegara.

En la primera parte del libro encontramos a un hombre que se tambalea de regreso a casa. La ciudad que habita es inmunda, pero familiar; un territorio que se reconoce incluso en la descomposición o decadencia. Se trata de la mirada de alguien en estado etílico, que se revuelve entre pasos, objetos y recuerdos, donde la caída no solo es posible, sino parte del azar. Aquí emergen dos elementos clave: las sombras y el azar, como fuerzas que gobiernan tanto el trayecto como la percepción.

El tiempo en este libro no avanza, pesa. Se vuelve lento, espeso, como una resaca cíclica que va surcando las estaciones del año sin ninguna diferencia. La embriaguez parece suspender toda noción de cambio; no hay progreso, solo reiteración y reafirmación de una condición espiritual que trastoca la física, cuerpo y percepción. Sensaciones constantes: la sed, la inconclusión latente y un vacío sempiterno. Pareciera como si el poeta nos dijera ¿Para qué llenarse si todo desemboca en lo mismo?

Hay en este libro una cualidad que me parece fundamental, no se trata de una poesía construida desde la abstracción, sino desde la experiencia vivida. Es un libro que habla de algo de lo que no se puede

hablar si no has estado ahí. Un recordatorio de aquello que cantan Los Fabulosos Cadillacs:

¿Por qué será que me gusta la noche? Porque todo el que queda es un padre para mí Que se anima a decir todo y que te enseña a vivir Lo que millones no se animan a decir

Que se te va pasando el tiempo mujer Y que la vida se te va Solo te pido que te vuelvas de verdad Y que el silencio se convierta en Carnaval

Una mezcla de fiesta, desgaste y profundidad existencial que con el tiempo adquiere su propia densidad.

La Bitácora del noctante alude a esa relación que hay entre la noche y la borrachera. Donde hay una lógica casi mítica, la oposición entre el día como un espacio de ruido, de contaminación —postes, ventanas, smog, tránsito—, y la noche como territorio de abandono, del placer, de la caída. En este sentido, Felipe Ponce nos convoca aquella idea de Nikos Kazantzakis que pone en boca de Zorba, otro caminante y noctante: el día es hombre y la noche mujer. El día como lo masculino, productivo; la noche como lo femenino, seductor, donde uno se rinde ante los placeres y el desvelo:

-Pernocta

noctámbulante

es

el festín de los sentidos

la disoluta rebelión eterna

contra el recuerdo.

En poemas como Nocturno, se reitera el estado del narrador: la ciudad se convierte en una cartografía íntima, perceptible solo para quien la camina. No es la ciudad objetiva, sino la ciudad vivida, recorrida desde el exceso. Su identidad es la del noctante, alguien que existe verdaderamente cuando cae la noche, con un odio a lo diurno: la mañana y el mediodía.

Más adelante, en Retrato vetusto, el viaje se vuelve abiertamente marítimo, la noche y la ciudad se fusionan, se vuelven mar, océano:

… cada amanecer con el cuerpo curtido

y los gemidos

en la boca triste del océano

 

El libro nos devela su movimiento central, el del mar, puro vaivén. La vida como barco a la deriva, siempre oscilando entre la posibilidad de llegar a puerto o naufragar.

En ese mismo trayecto aparece un motivo que resulta sugerente: la herencia de palabra, de huecos. Una especie de legado incompleto y temporal que abre preguntas como: ¿qué es más, el tiempo o la eternidad?, ¿quién contiene a quién?

Otro elemento que aparece en el libro —de forma menos evidente, pero persistente— es lo torcido: lo que se retuerce, lo que se deforma, lo que se desfigura. Imágenes como “manos que se retuercen del desencanto” o “materiales retorcidos sin uso” construyen una estética de la decadencia, del desgaste, de lo que ha quedado atrapado en una especie de deterioro continuo.

El desvelo, la sensación de encierro, la nostalgia de lo que no fue, se intensifican cuando el escenario se desplaza hacia la cantina, como ocurre en Retrato con citadina. Solo quien haya estado en una sabrá reconocer ese estancamiento: el tiempo suspendido, la repetición de gestos, la intimidad de la derrota compartida, “el sueño sereno de los ahogados”.

El ebrio, en este sentido, no es solo alguien que bebe: es alguien que intenta llenarse porque está vacío. Cada noche sale con su bitácora bajo el brazo, como quien se exilia voluntariamente en busca del olvido o el hundimiento como se expresa en la parte de Éxodo. Pero ese olvido nunca es total porque dice Felipe Ponce: todo recuerdo puede preceder al fin

En la sección que da título al libro, la metáfora marítima se despliega por completo: la bitácora, la brújula, el puerto, el muelle, el huracán. Incluso el tabernero aparece como una suerte de capitán de embarcación que recibe a los navegantes y les promete un trayecto seguro. A sabiendas de que las tormentas están ahí, latentes, pues cada hombre en la taberna enfrenta la propia.

Y es precisamente en esa zozobra —en la soledad, en el vacío, en la posibilidad constante del hundimiento— donde el lector se puede reconocer. Porque Bitácora del noctante nos cuenta un periplo personal, nos habla de una condición.

Al final, la vida, como el mar, es un vaivén permanente: la posibilidad de arribar a buen puerto o de perderse en el naufragio. Y quizá ahí radica la fuerza del libro de Felipe Ponce: en recordarnos que, aun en la deriva, seguimos escribiendo nuestra propia bitácora nocturna.

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