EL TRABAJO QUE DIGNIFICA AL HOMBRE

José Manuel Jiménez González – Coordinador de Formación Espiritual

El trabajo definido como el resultado de la actividad humana, nos permite adentrarnos a entender dicho resultado como un instrumento adecuado para la dignificación del ser, no porque en sí mismo el instrumento se baste, sino porque su obrar implica diversas actitudes y habilidades del ser humano; este resultado manifiesta las potencialidades y los alcances que el ser humano puede conquistar.

Esta visión del trabajo nos permite mirar en él, un espacio que nos permite desarrollarnos de una manera completa y adecuada, pues en su sentido más equilibrado el trabajo nos concede una seguridad que nos da estabilidad, nos provoca la paz y el deseo genuino de crecimiento.

Sin embargo, el trabajo no solo es visto de esta manera, sino que, para algunos el trabajo se lee en la clave del sufrimiento, la pena y el castigo, merecidos por la desobediencia primera; esta visión oscura del trabajo nos lleva a considerarlo como el lastre que debemos de erradicar para poder experimentarnos como verdaderamente plenos.

Ambas visiones deben matizarse, pues para la visión adecuada o positiva del trabajo, ser el espacio que le dignifica, se tambalea cuando la realidad es superada con un ambiente laboral hostil, un compañerismo que parece una guerra sin cuartel y un sentimiento de esclavitud cuando la cabeza no tiene claro ni el objetivo ni la meta de sus esfuerzos y de la constitución articulada del trabajo conjunto; así mismo para visión negativa en la que se considera el trabajo más como un lastre que como una oportunidad de crecimiento, se cuestiona cuando nos hacemos conscientes de que la ociosidad y el desánimo se convierten en las dos caras de la moneda que se invierte en una autodestrucción sin sentido y sin plenitud.

Es optimo preguntarnos ¿cómo es que el trabajo me dignifica? Y es honesto responder que la dignificación que el trabajo nos concede, parte de un principio fundamental, pues Cristo mismo lo ha dicho: Mi padre trabaja siempre y yo también trabajo (Cf. Jn 5,17); el hombre al ser imagen y semejanza de Dios, convierte su trabajo en una manifestación externa del ser de Dios en nosotros, en que se ponen el juego todas nuestras potencias, todas las cualidades que hemos desarrollado, todas las decisiones que hemos llevado al cabo, así como todas las áreas de oportunidad que nos permiten mejorar continuamente en ambientes que nos desinstalan y nos exigen crecer y dar lo mejor de nosotros (Cf. Fratelli tutti, 22).

Bajo esta misma perspectiva, a través de nuestra labor, poseemos la capacidad y encomienda de transformar el mundo emulando a Dios creador, que nos concede por su benevolencia la capacidad racional y operativa para conducir a la creación a su plenitud según el plan diseñado para ella, de ahí la importancia de generar espacios dignos en el que desempeñen el trabajo de la mejor manera; no se trata pues de una exigencia condicionada por la ley, sino una necesidad que brota de la humanización de los espacios laborales.

El trabajo es pues signo manifiesto de la providencia del Señor, en el que por medio de la remuneración de su esfuerzo se obtiene la seguridad y la estabilidad de la vida ordinaria, otorgando la posibilidad de que la persona y la familia pueda desarrollarse de la mejor manera posible, accediendo a los medios que le permiten dignificar su estado de vida, de ahí que el Estado tenga la enorme responsabilidad de proveer de diversos empleos que de

manera puntual reduzcan la pobreza, en espacios dignos y dignificantes (Cf. Discurso del santo padre León XIV a los representantes del colegio de asesores laborales).

Pues ya lo decía el Papa Francisco: no existe peor pobreza material, que la que no permite ganarse el pan y priva de la dignidad del trabajo (Cf. Discurso del santo padre Francisco a la fundación “centesimus annus pro pontifice”). Esta afirmación nos invita a no redireccionar la mirada hacia otro lado, haciendo que obviemos las condiciones laborales o inseguras en las que las personas desempeñan este altísimo don, que como cooperación de la obra creadora somos guardianes y responsables del desarrollo de los pueblos (Cf. Populorum progressio, 1); pero para alcanzar este cometido es necesario repensar, redireccionar y corregir de manera coherente estructuras (Cf. Discurso del santo padre Francisco a la fundación “centesimus annus pro pontifice”), formas de pensamiento, valores y visiones, que hasta ahora solo han sido medios para olvidar la centralidad de la persona y convertirla en objeto de intercambio comercial (Cf. Dignitas infinita, 64; Discurso del santo padre Francisco a la fundación “centesimus annus pro pontifice”).

Otro riesgo potencial en este ambiente tan impregnado de la inmediatez de la época, es que, perdiendo de vista la humanización del trabajo y la imperante dignificación del espacio, labores y personas, se intercambien por procesos generados por la técnica y la inteligencia artificial, y no porque este mal usarlas, sino porque al exacerbarlas o promover su uso exclusivo por encima de la persona, rompe la fraternidad humana y el sentido de comunidad (Cf. Antiqua et nova, 111; Discurso del santo padre León XIV a los representantes del colegio de asesores laborales).

Esta reflexión sobre los espacios adecuados nos lleva a considerar que cuando no existe la provisión de estos espacios, se abre una brecha que como tierra desolada sirve para que emerjan propuestas de remuneración del esfuerzo que, por el contrario de la promoción humana, hacen que las personas olviden su identidad mirándose a sí mismos como objetos mas que somo sujetos, provocando una serie de dramas como la pobreza, la migración forzada, la guerra, la trata de personas, etc., que son lo bastante fuertes como para desgarrar el tejido social (Cf. Dignitas infinita 36-42).

Estos espacios fuera de ser una extensión del Reino y de la dignificación de la persona, son un reflejo de la cultura de la muerte, que provocan la pérdida del sentido de la vida anhelando la celeridad de los procesos, valorando la cultura del mínimo esfuerzo e invirtiendo los principios antropológicos fundamentales (Cf. Quo vadis humanitas 1-5); rechazando el desarrollo humano integral en pro de una desmedida apropiación de bienes y servicios que a la manera del humo son perceptibles mas no estables, sino simples y fugaces destellos que obnubilan la mente y el corazón.

Por eso la búsqueda constante de recuperar la dignidad humana en todos los ámbitos de su existencia y principalmente en el desarrollo de su trabajo serán la vía segura para reconsiderar a la persona como el centro de todo el desarrollo y de toda promoción, haciendo de esta única experiencia humana la manifestación clara de los hijos de Dios (Cf. Dignitas infinita, 66-66).

Comunicación Sistema UNIVA

Author Comunicación Sistema UNIVA

More posts by Comunicación Sistema UNIVA
Share