
María Claudia Arana Ávalos – Estudiante de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación
¿Nunca les ha pasado que se sienten observados y juzgados por los demás? Como si todo el mundo tuviera sus ojos puestos en ustedes, pero no de una forma bonita, sino de una manera pesada… como si cada persona estuviera esperando el mínimo error para emitir una opinión negativa.
Y lo peor es que muchas veces ni siquiera es que la gente realmente esté pensando en nosotros… sino que nuestra mente lo convierte en una realidad. Es como vivir con una cámara encima todo el tiempo, como si nuestra vida fuera una prueba constante en la que siempre estamos siendo evaluados.
A veces ese miedo que sentimos es lo peor que nos puede pasar, porque ese miedo paraliza. Ese miedo no solo te detiene, sino que te roba. Te roba la espontaneidad, te roba la tranquilidad, te roba la capacidad de disfrutar el momento. Te impide sacar tu brillo, ese brillo que solo tú tienes y que nadie puede replicar.
Queremos tanto lograr las cosas, hacerlo perfecto, demostrar que somos capaces, que olvidamos lo más importante: satisfacernos a nosotros mismos. Olvidamos que no estamos aquí para vivir en modo “aprobación”, sino para vivir en modo “verdad”.
Estoy hablando desde mi caso, pero sé que muchas personas se pueden identificar. Y es frustrante, porque se vuelve un estado constante de complacer, de intentar encajar, de querer ser lo que los demás esperan, de vivir con el pensamiento de que, si no eres impecable, entonces no vales.
Y lo más triste de todo es que llega un punto en el que tú misma te convences de que nunca eres suficiente.
Ser suficiente es un concepto tan complejo, porque para personas como yo, que viven pendientes de qué dirán, que sienten que su valor depende de cómo los evalúan los demás, es como estar intentando llenar un vacío que nunca se llena. Porque siempre habrá alguien que critique, siempre habrá alguien que opine, siempre habrá alguien que no entienda tu esencia.
Y entonces te pierdes.
Dejas de disfrutar las cosas sencillas que antes te hacían feliz. Dejas de ser tú. Dejas de ser libre. Te metes en una prisión creada por tu propia mente. Y aunque nadie la vea, aunque nadie la note, tú la sientes todo el tiempo. Es como cargar un costal invisible que pesa más que cualquier cosa física.
Y lo más agotador es que ese costal no te deja emocionarte como antes. No te deja vivir ligero. Te roba el entusiasmo. Te roba el amor propio. Te roba la confianza.
Porque empiezas a construir tu autoestima con base en la aprobación externa, y eso es lo más peligroso que existe: darle a otras personas el poder de definir cuánto vales.
Sé que a lo mejor muchos lectores dirán: “Pero ya sabes que la opinión más importante es la tuya”. Y sí, lo sé. Pero saberlo y sentirlo son cosas completamente diferentes.
Yo tengo 20 años y he olvidado eso. Y vivo estresada, oprimida, atrapada en la jaula de mis propios pensamientos. Una jaula que no me puso nadie… me la puse yo misma, por exigirme tanto, por juzgarme tanto, por compararme tanto, por creer que mi valor depende de lo que los demás piensen.
Y la verdad es que eso no es vida.
Es sobrevivir.
Justo por eso escribo esto, porque a veces necesitamos recordarlo. Necesitamos volver a lo esencial. Volver a lo simple. Volver a nuestra esencia.
No hay nada más bonito que la autenticidad. No hay nada más bonito que ser libre. Que reír sin miedo. Que hablar sin pensar tanto. Que hacer las cosas por amor, no por aprobación. Que ser imperfectos, pero reales.
Porque, al final, eso es lo que nos hace felices: sentirnos en paz con nosotros mismos.
Y aunque a veces parezca difícil, aunque a veces la mente nos haga creer lo contrario, el verdadero brillo no se encuentra en complacer a los demás… se encuentra en atreverte a ser tú, incluso cuando el mundo te quiera diferente.
Y ahí, justo ahí, es cuando recuperas tu luz.