
Fabiola Sandoval – Estudiante de la Licenciatura en Psicología
Si de amor se hablase, la vida misma cobraría sentido a través de él, especialmente si este sentimiento nace por aquella persona amada y adorada con el alma. Mas ¿qué ocurre cuando uno cobra sentido a través del amor romántico y no de la propia identidad? ¿Qué sucede cuando este amor suplanta la autoestima y el autocuidado? Cuando creemos que amar es encontrar a la mitad que nos completa, como si hubiésemos nacido incompletos esperando ser rescatados por un destino que promete almas gemelas y finales absolutos.
Soñamos con relaciones llenas de amor incondicional, espontaneidad y muestras de cariño que parecieran pruebas constantes de pertenencia. Nos enseñaron que quien ama debe saberlo todo sin palabras, que los celos son una demostración de interés, que el sacrificio desmedido es la medida de la entrega y que el verdadero amor todo lo soporta, todo lo perdona, todo lo espera. Así, el vínculo deja de ser encuentro y se transforma en exigencia silenciosa: “prométeme que nunca cambiarás, que nunca mirarás a otro lado, que serás refugio eterno de mis inseguridades”.
Nunca se ve ajena la posibilidad de la traición; la imaginamos incluso antes de que exista. Y cuando el miedo se asoma, intentamos controlar lo incontrolable: revisamos gestos, tonos, silencios. Nos escondemos detrás de los celos como si fueran un escudo, cuando en realidad son el eco de una herida antigua que suplica no ser abandonada otra vez. Decimos que amamos intensamente, pero a veces lo que hacemos es pedir garantías contra el dolor, como si el amor verdadero viniera con contrato de permanencia y cláusula contra el desamor.
Así, la carencia afectiva busca lo que alguna vez faltó: sentirnos amados, valiosos, protegidos. Es sencillo afirmar que los celos y la posesividad hablan más de uno mismo que de la pareja, pero vivimos en una cultura que romantiza la fusión total, la idea de que dos se vuelven uno y desaparecen las fronteras. Y sin límites, el amor se confunde con apropiación; sin identidad, el vínculo se convierte en dependencia.
Ámame desde lo más profundo de mi ser, decimos. Ámame desde mi dolor. Pero el amor no llega para ocupar los espacios que nos negamos a mirar ni para convertirse en el sostén exclusivo de nuestra identidad. El amor verdadero no reemplaza la autoestima ni asume la tarea de completarnos; se encuentra con personas que desean compartir, no delegar, su valor. Amar no es entregar al otro la responsabilidad de confirmarnos que somos suficientes, sino permitir que su presencia reafirme, con ternura, lo que ya sabemos de nosotros.
El amor de verdad es seguro. No necesita promesas grandilocuentes ni pruebas constantes para sostenerse. No se alimenta del miedo, sino de la confianza. Es el vínculo que acompaña sin invadir, que respeta los límites, que entiende que elegir cada día es más poderoso que jurar eternidades. Nace entre dos personas completas que no buscan llenarse los vacíos, sino compartir lo que han cultivado: respeto, cuidado, deseo, admiración. Es un espacio donde se puede ser vulnerable sin temor a ser utilizado, donde la libertad no amenaza el compromiso, sino que lo fortalece.
Amar es mirarse con honestidad y mirar al otro con la misma claridad. Es sostener la propia historia sin vergüenza y abrir espacio para la historia del otro. Y desde ahí
decir: “ámame, sí, desde lo más profundo de mi ser, pero no como refugio de mis heridas, sino como compañero de mi conciencia”. Porque el amor auténtico no encadena, no exige sacrificios que borren la identidad, no confunde intensidad con verdad. El amor auténtico expande, calma, construye. Es un encuentro donde ambos crecen, donde el afecto es elección libre y constante, donde amar se convierte en una experiencia luminosa que no asusta, sino que inspira y, así, da sentido a la vida.
Fabiola Sugeit Sandoval Vásquez