
Alfonso Myers Gallardo – Doctor por la Universidad de Salamanca, España
El 8 de marzo conmemoramos el Día Internacional de la Mujer. Sin embargo, en México esta fecha dista mucho de ser una celebración. Más bien, es un recordatorio incómodo de una realidad que sigue marcando la vida cotidiana de millones de mujeres: la violencia estructural, la desigualdad persistente y una impunidad que parece haberse normalizado en la vida pública.
Como mexicanos, hemos visto que cada año, los discursos oficiales a nivel federal, estatal y local repiten como verborrea la importancia de la igualdad de género, del empoderamiento femenino y de la construcción de una sociedad más justa. Pero la distancia entre el discurso y la realidad sigue siendo abismal, solo son mitos. Porque mientras se multiplican los mensajes políticos e institucionales y las campañas conmemorativas, las cifras oficiales nos siguen diciendo que México es un país peligroso para las mujeres.
Los datos más recientes del INEGI muestran una realidad alarmante: 7 de cada 10 mujeres en México han experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Esto significa que más del 70 % de las mujeres mexicanas ha sufrido violencia psicológica, física, sexual, económica o patrimonial en algún momento de su vida. Una cifra de tal magnitud no puede interpretarse como un fenómeno aislado; revela un problema estructural profundamente arraigado en nuestra sociedad mexicana.
La violencia psicológica afecta al 51.6 % de las mujeres, la violencia sexual alcanza un 49.7 %.
La violencia física ha sido de 34.7 %.
Lo anterior, confirma que la agresión contra las mujeres continúa siendo una experiencia cotidiana para millones de mexicanas. Pero cuando analizamos la forma más extrema de violencia de género, el panorama se vuelve aún más perturbador. Me refiero al feminicidio.
Según datos del SESNSP, tan solo en enero de 2026 se registraron 54 víctimas de feminicidio en México.
Y lo más alarmante es que más de la mitad de estos casos se concentraron en apenas 20 municipios del país, lo que evidencia la existencia de territorios donde la violencia feminicida se ha vuelto sistemática. Si ampliamos la mirada histórica, las cifras resultan todavía más devastadoras.
Desde 2015 hasta 2026, más de 9 mil mujeres han sido víctimas de feminicidio en México, han sido asesinadas por ser mujeres.
En el año 2021 se alcanzó el máximo histórico con 1,021 casos, lo que convirtió a ese periodo en uno de los más violentos para las mujeres en la historia reciente del país.
Estas cifras, por sí solas, deberían provocar una indignación nacional. Pero el feminicidio no aparece de manera espontánea:
El feminicidio inicia con insultos, control, amenazas, agresiones físicas, psicológicas y sexuales, para finalmente asesinar a nuestras hijas, hermanas, nietas, a todas las mujeres.
La violencia feminicida es la culminación de un largo proceso de agresiones que fueron ignoradas, minimizadas o toleradas por las instituciones. A esta tragedia se suma otro problema estructural: la impunidad. Diversos estudios estiman que más del 90 % de los delitos contra mujeres en México no se denuncian, ya sea por miedo, desconfianza en las autoridades o la certeza de que el sistema de justicia no actuará.
En otras palabras: para miles de mujeres en México, la justicia sigue siendo una promesa lejana, un sueño guajiro.
Esta violencia no se limita a lo doméstico o a las agresiones. También se manifiesta en lo económico y laboral. En México, las mujeres enfrentan una brecha salarial y condiciones laborales precarias. Aunque más de 25 millones de mujeres participan en el mercado laboral, su salario promedio sigue siendo inferior al de los hombres.
Frente a esto, el 8 de marzo no debe ser una fecha de discursos falsos de nuestros políticos. Debe ser un llamado urgente a la acción. Erradicar la violencia implica fortalecer las instituciones de seguridad y justicia, garantizar el acceso efectivo a la denuncia, impulsar políticas públicas de prevención y, sobre todo, transformar las estructuras culturales que han normalizado la violencia y la discriminación en México. La igualdad de género no debe ser un privilegio, sino una condición fundamental para el desarrollo de México. No podemos llamarnos democracia si más de la mitad de nuestra población vive con miedo.
Mientras 7 de cada 10 mujeres sigan enfrentando violencia, el problema dejará de ser únicamente de las mujeres. Es un problema de nuestro México.
Quiero recordar lo que la Presidenta Sheinbaum dijo al llegar al poder: “No llegué sola, llegamos todas”. Sin embargo, hoy, en pleno marzo de 2026, no todas llegaron: muchas se quedaron con ese sueño, a muchas las asesinaron.
Porque mientras el Estado falla, ser mujer en México sigue siendo un riesgo mortal.