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Pbro. Lic. Armando González Escoto • Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

El ministro de Relaciones Exteriores de Napoleón, Talleyrand, escribió alguna vez que “la violencia es el recurso de los imbéciles”, pero también suele ser el recurso de quienes a lo largo de muchos años han sufrido impunemente la violencia de los poderosos. Nuestro tiempo se ha vuelto particularmente violento, y a ese respecto muchos otros autores del pasado y del presente han opinado que la violencia es un desfogue individual y colectivo como resultado de tensiones acumuladas de múltiples órdenes, aunque igualmente puede afirmarse que en la sociedad humana se da una tensión permanente a la ruptura de todo control, una vuelta al primitivismo, donde la violencia se ejerce por cualquier motivo, sea o no legítimo.

En buena medida esta última razón puede explicar la violencia que vivimos en México, ni más ni menos como una peligrosa involución que nos está llevando a escenarios cada vez más anárquicos. Es posible que entre los factores de origen deba identificarse el acuerdo social implícito de no ejercer autoridad sobre los hijos y, por ende, permitirles hacer lo que gusten a lo largo de sus etapas formativas. Con igual actitud han venido procediendo los gobiernos, si bien, con la vergonzosa escusa de no perder votos en la siguiente elección, o de obtener el apoyo de tales o cuales grupos de poder que a cambio obtienen total impunidad.

En lo que va del año hemos sabido de ejecuciones masivas, verdaderos fusilamientos a plena luz del día, con el antes y el después cotidiano de asesinatos por todo lo largo y ancho del país, a ello se añadió recientemente el espectáculo sanguinario ocurrido en el estadio “La Corregidora” de Querétaro, donde decenas de aficionados fueron atacados con saña por la más endeble de todas las sinrazones posibles, una disputa de partidos de futbol.

Desde ese escenario nuestro vemos todos los días las noticias acerca de la invasión de Ucrania, en tanto nos dejan de hablar de lo que sigue pasando en Siria, en las islas Filipinas, o en Afganistán, un mundo turbulento sediento de más y más violencia, cuya patología la pagan millones de personas pacíficas. Pudiéramos pensar que los rostros de quienes incitan a la violencia son los de pandilleros tatuados o activistas con cuernos de búfalo, pero resulta que en esa pasarela aparecen a la par políticos trajeados como Trump o Putin, y un sinnúmero de alegres empresarios muy satisfechos de que la producción y venta de armas se mantenga boyante.

Las marchas feministas del 2022 pudieran haber marcado la gran diferencia, haber sido una oportunidad de mostrar y demostrar que se pueden hacer las cosas de otro modo, que se pueden defender las causas valiosas con otro tipo de recursos, pero no han podido impedir convertirse en la ocasión de más violencia, aumentando la presión que tanto agobia a la gente, ya de por sí vulnerada por una pandemia prolongada y una crisis económica recurrente.

Es evidente que se ha roto el acuerdo social, es clara la impotencia de los líderes públicos y privados para generar respuestas efectivas a corto y mediano plazo, no obstante, es importante considerar que nadie puede acostumbrarse a vivir permanentemente bajo tensión, estamos metidos todos en una olla de presión que va a estallar con consecuencias inevitablemente desastrosas a menos que reaccionemos ya.

 

Publicado en El Informador del domingo 13 de marzo de 2022

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