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Conciliación trabajo-escuela

Jorge Luis Morales -CEO de Socii Consultoría 

“Cuando nos casemos se va a componer”, “cuando el negocio crezca ya podré tener más tiempo para mi familia”, “en cuanto mejore mi situación económica entonces podré descansar mejor y alimentarme más sanamente”… parece que hoy en día vivimos cada vez más inmersos en un sesgo de optimismo, o como lo llamaba Odin Dupeyron, un “exceso de pensamiento mágico pen…sante”, por el que constantemente nos decimos a nosotros mismos que cuando las circunstancias cambien, entonces estaremos listos para cambiar nosotros, y el equilibrio entre vida personal y trabajo no es la excepción.

Muchos de nosotros hemos creído nuestra propia mentira al decir “ya que salga de la universidad y tenga un mejor trabajo, las cosas serán diferentes, tendré más tiempo para mí”. Disculpa por ser el aguafiestas, pero existe una alta probabilidad de que no sea así.

De acuerdo con algunas estadísticas de 2018, en México se trabajaba más de 2,246 horas al año a pesar de que la media entre los países de la OCDE era de 1,766 al año, y el promedio salarial era de $15,311 dólares, el cual se presentaba como uno de los más bajos de entre los países de esta misma organización (datos publicados en un artículo de la Universidad Anáhuac en marzo de 2018). En otras palabras, somos un país que trabaja mucho por poco sueldo, y esto sin considerar que nuestros índices de productividad tampoco están por encima de la media internacional, lo cual dice que no por mucho trabajo somos los más productivos. Sin embargo, en contraparte, en 2021, se integran enfermedades psicosociales como el estrés grave y los trastornos de ansiedad a las Tablas de Enfermedades de Trabajo de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social (Boletín STPS 070/2023). Sin ánimo de simplificar la problemática, trabajamos mucho, para producir poco, por un pago insuficiente, pero con una alta dosis de riesgo de contraer enfermedades psicosociales.

¿Y dónde comienza este fenómeno? ¿Es acaso una corriente en la que nos dejamos llevar cuando ingresamos al mundo laboral? Me parece que nos encontramos ante un fenómeno cultural que, en muchas ocasiones comienza desde antes, en la vida estudiantil: la cultura de la sobre exigencia.

En algunas ciudades como Guadalajara, Monterrey o Ciudad de México, incluso en algunas otras ciudades en crecimiento, cada vez es más común encontrar estudiantes que, además de cumplir con sus responsabilidades universitarias, se insertan en el mundo laboral por dos necesidades muy concretas: por necesidad económica (sea para sostenerse a sí mismos o para ser un apoyo a la economía del hogar) y por necesidad profesional (baja experiencia laboral previo a egresar hoy se traduce en bajas probabilidades de empleabilidad). Esto exige cada vez más, dentro del mundo estudiantil, nuevas habilidades blandas enfocadas a la gestión del tiempo y estrategias para la conciliación entre vida laboral, universitaria y privada.

Así como en los trabajos, existen ofertas académicas más demandantes que otras. Tal es el caso de algunas carreras relacionadas al área de la salud, en las que los estudiantes pueden llegar a vivir jornadas de hasta 24 o 48 horas sin dormir, debido a las características de las “prácticas profesionales” o la alta demanda y competencia de conocimientos que la

carrera exige (muchos deciden no dormir para poder estudiar, porque de lo contrario, perderán oportunidades de contratación o posicionamiento profesional). Sin embargo, tampoco se está dotando a este tipo de alumnos, en mayor riesgo de vulnerabilidad psicosocial, de las herramientas y habilidades adecuadas para una gestión o conciliación entre las diversas esferas de su vida. ¿Por qué? Porque en muchas ocasiones, no es prioridad. Dice el refrán: “el que quiera azul celeste, que le cueste”; si ellos decidieron esta carrera, tendrán que estar a la altura de la exigencia o tomar la decisión de que esto no es para ellos. Es así como la cultura de la sobre exigencia va permeando no solo el mundo laboral, sino que se va extendiendo como un cáncer que termina afectando también la vida estudiantil.

¿Pero qué hay de aquellos profesionistas en educación continua? Podemos decir que es otra cara de la moneda. Esta misma cultura de sobre exigencia nos deja en claro que ya no basta con insertarse en el mundo del trabajo, básicamente “o te actualizas, o mueres” en la cultura laboral de hoy. Esto lleva a madres y padres de familia a pasar de 8 a 10 horas fuera de casa (incluyendo tiempos de traslado), para después tener que llegar y conectarse a un diplomado o formación en línea y seguirse actualizando porque la demanda de su puesto de trabajo lo exige. Tenemos cada vez menos madres y padres presentes en el desarrollo integral de sus hijos, en el cuidado y atención a sus adultos mayores en casa, o simplemente, con menor atención a sus necesidades personales de realización (de ocio, de recreación, de espiritualidad), y todo por una cultura de sobre exigencia en la que, de acuerdo con estadísticas, parece que nos gusta trabajar mucho, por poco dinero y baja productividad, pero por una buena recompensa de estrés y ansiedad por abandonar lo que en esencia era importante para nosotros.

En resumen, hoy más que nunca, las estrategias de gestión personal y conciliación entre trabajo, escuela y vida personal deberían ser una prioridad para organizaciones, para universidades, pero sobre todo, para cada uno de nosotros, si queremos salir adelante y encontrar nuevos paradigmas que hagan frente a esta cultura de sobre exigencia que poco está ayudando en nuestro rendimiento y equilibrio de vida. Pero es tarea de todos. Buscar universidades y trabajos con programas y ofertas de conciliación, con mejores opciones para el equilibrio entre trabajo y vida personal, es lo que irá ayudando a romper paradigmas y construir una verdadera cultura sostenible que favorezca el balance y el desarrollo integral de las personas. Después de todo, es nuestra salud y la de nuestras familias la que se encuentra en juego.

Comunicación Sistema UNIVA

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