Amor social y Globalización

Esteban Genaro Santiago Raymundo – Alumno de la Maestría en Filosofía Contemporánea

La presente reflexión surge a partir del capítulo tercero de la encíclica Fratelli Tutti del papa Francisco, en el que el eje central es el planteamiento de una ontología del encuentro: el ser humano alcanza su plenitud en la medida en que muestra una apertura existencial hacia el otro. Sin embargo, en el contexto actual de una sociedad globalizada, marcada por el individualismo y en la que las relaciones, tanto entre personas como entre países, se reducen a interconexiones técnicas y de mercado, dicha perspectiva contrasta con la realidad y pone de manifiesto que la construcción de una auténtica fraternidad parece lejana.

En este contexto, resulta necesario señalar que las relaciones interpersonales se han transformado en un modelo de vínculos entre socios que forman parte de un sistema económico global, lo cual alimenta aquello que el papa Francisco ha denominado cultura del descarte, la cual invisibiliza cada vez más a los sectores vulnerables y marginados de la sociedad.

En el año 2015, la Organización de las Naciones Unidas presentó los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), orientados a alcanzar una sostenibilidad social, económica y ambiental que permita que, para el año 2030, todas las personas puedan gozar de paz y prosperidad. Cabe hacer hincapié en que, si se pretende verdaderamente alcanzar la responsabilidad social planteada en los ODS, es necesario un cambio de paradigma: pasar de concebir estos objetivos como simples metas de gestión a reconocer en ellos una forma de expresar un amor social capaz de estructurar un sistema basado en el enaltecimiento de la dignidad humana.

Siguiendo el planteamiento de Francisco, se advierte que en una sociedad globalizada, donde las relaciones interpersonales no forjan una auténtica fraternidad, se termina por exacerbar el individualismo, generando además esferas de afinidad en las que solo se interactúa con quien resulta útil o con quienes se comparten ciertos intereses, dejando de lado a todo aquel que se percibe como distinto a estos esquemas. Es aquí donde se resalta la importancia de la apertura existencial ya mencionada, dado que es esta apertura la que exige un dinamismo de salida hacia la periferia. De este modo, se convierte en el eje de construcción del amor social, el cual, a su vez, se configura como un imperativo ético que, en tanto nos hace conscientes de que la vida subsiste donde hay un vínculo fraternal auténtico y comunión, nos permite abrirnos al otro sin excusas y reconocer en él a un hermano más que a un socio.

Por tanto, la construcción del bien común debe ir más allá de la suma de intereses individuales y encontrar sus raíces en una corresponsabilidad que reconoce la fragilidad del otro como propia. Este llamado a la fraternidad encuentra su correlato práctico en los ODS, en la medida en que la responsabilidad social planteada en dichos objetivos se convierte en el vehículo que materializa el amor social y la fraternidad. No obstante, no es posible hablar de una auténtica apertura al otro mientras los sistemas económicos sigan operando bajo la lógica del descarte; del mismo modo, solo podrá hablarse de una verdadera institucionalización de la caridad política cuando se haya reducido efectivamente la brecha de desigualdad entre los sectores favorecidos y los más vulnerables, alcanzando así una solidaridad real que enaltece la dignidad humana más allá de una homogeneización propia de la sociedad globalizada.

Solo queda concluir que una globalización carente de amor social está condenada a convertirse en una estructura vacía. Si bien los Objetivos de Desarrollo Sostenible ofrecen un mapa técnico, son el amor social y la fraternidad auténtica las guías éticas que permiten que la interdependencia entre sujetos y naciones trascienda, para establecer un auténtico lazo de familia humana.

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