La vida del ser humano siempre está rodeada de múltiples realidades: unas son motivo de alegría y esperanza; otras, de dificultad y sufrimiento. Sin embargo, todas ponen a prueba nuestras capacidades físicas, emocionales y espirituales. Frente a ellas, muchas veces experimentamos un miedo que nos paraliza y nos hace dudar de nosotros mismos, de nuestros dones y de los carismas que Dios ha sembrado en nuestro corazón. Pero, ¿por qué temer si Dios ya lo ha dado todo por nosotros? ¿Por qué temer si Él ya ha confiado en nosotros?
La respuesta podría parecer sencilla; sin embargo, nuestra condición limitada y frágil muchas veces dificulta responder con la confianza que exige la fe, especialmente cuando nos encontramos inmersos en medio de las pruebas. Dios ya ha confiado en nosotros y ha manifestado ese amor entregándonos lo más grande que podía darnos: a su Hijo unigénito. Por medio de Él, la humanidad recuperó la esperanza de participar nuevamente del paraíso prometido desde la eternidad, viviendo en comunión perfecta con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
¡No tengas miedo! Dios confía en ti. Ha puesto su mirada amorosa sobre tu vida y ha prometido que, por la acción de su Espíritu, estará siempre a tu lado. Pase lo que pase, nunca dejará de sostenerte con su providencia. Si Dios ha permitido que atravieses una determinada situación, es porque también ha visto en ti una fortaleza que quizá ni tú mismo has descubierto.
Pidámosle, entonces, la gracia de una fe firme, para que, así como los discípulos aprendieron a confiar en la providencia de Dios en medio de las tempestades, también nosotros sepamos hacerlo en nuestras propias circunstancias, especialmente en aquellas en las que parece que todo nos supera o que las dificultades terminan por vencernos. Que María Santísima nos acompañe con su intercesión maternal, nos cubra con su amor y nos conduzca siempre hacia su Hijo, fortaleciendo nuestra esperanza y nuestra confianza en Dios.


