La viña representa al pueblo amado por Dios. El dueño la prepara cuidadosamente: la planta, la protege y la equipa con todo lo necesario para que produzca fruto. Es una imagen de la confianza que Dios deposita en quienes llama a colaborar en su obra. Sin embargo, los viñadores olvidan que la viña no les pertenece. Poco a poco, dejan de verse como administradores y comienzan a comportarse como dueños.
Cuando el propietario envía a sus criados para recoger los frutos, estos son rechazados, golpeados e incluso asesinados. Los criados representan a los profetas que Dios envió una y otra vez para llamar a su pueblo a la fidelidad. Finalmente, el dueño envía a su hijo amado. Jesús habla de sí mismo. Él es el Hijo enviado por el Padre, aquel que viene a reclamar los frutos de la viña y a recordar que todo pertenece a Dios.
Sin embargo, los viñadores deciden matarlo para quedarse con la herencia. Detrás de esta actitud se esconde la tentación de todo corazón humano: apropiarse de aquello que ha recibido como don. También nosotros podemos caer en el error de pensar que nuestra vida, nuestros talentos, nuestros ministerios o incluso la Iglesia nos pertenecen. Cuando olvidamos que somos servidores, terminamos buscando poder, reconocimiento o seguridad para nosotros mismos.
Por eso, esta parábola no habla solamente del rechazo a Jesús, sino también del rechazo a una salvación destinada a todos. Los dirigentes religiosos habían convertido su relación con Dios en un privilegio exclusivo. Cristo viene a derribar esas barreras y a anunciar que el amor del Padre no tiene fronteras.
Al final, Jesús recuerda las palabras de la Escritura: «La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular». Aquello que fue rechazado por los hombres se convierte en el fundamento de la salvación. Cristo crucificado será la piedra sobre la que Dios edificará un pueblo nuevo.
Hoy vale la pena preguntarnos: ¿estoy produciendo los frutos que Dios espera de mí o me he adueñado de la viña, olvidando que todo lo que soy y tengo proviene de Él? Porque, cuando olvidamos quién es el verdadero dueño, corremos el riesgo de cerrar la puerta precisamente a Aquel que viene a salvarnos.


