En el evangelio de hoy nos detenemos a reflexionar el pasaje del Evangelio de Juan 5, 17-30. En estos versículos descubrimos, en una primera parte, las palabras que Jesús dirige a quienes lo perseguían por realizar curaciones en sábado; y, por otro lado —realidades que se comprenden conjuntamente—, se revela la profunda relación de paternidad y filiación entre Él y el Padre.
Todo este pasaje se ilumina al profundizar en la inmanencia divina. Al estudiar la vida interna de Dios, podemos comprender que Dios asume la historia sin dejar de ser Dios, la integra sin vaciarse de sí mismo ni de su propia naturaleza, y la conduce hacia su plenitud, como afirmaba Karl Rahner.
¿Qué es la procesión en la vida interna de Dios? Podemos entenderla como origen, fecundidad y comunicación que existen en Dios mismo, sin que esta realidad implique mutación, división, pérdida o disminución de su divinidad. En este orden, distinguimos dos procesiones: ad extra y ad intra. La primera hace referencia a la acción de Dios hacia la creación; la segunda, al movimiento íntimo de la vida divina.
Cuando Jesús menciona que su Padre obra y que Él también obra, está revelando que por medio de Dios se sostiene toda la existencia; en ello se manifiesta la divina providencia: el Creador que no abandona su obra, sino que la sostiene continuamente.
De las procesiones surgen las relaciones. Este pasaje es particularmente rico en dos de ellas: la paternidad y la filiación. La diferencia entre las personas divinas se comprende, entonces, en el ámbito de la relación y no de la sustancia. Para quienes escuchaban a Jesús, esto resultaba una verdadera blasfemia. Sin embargo, a la luz de la revelación, conocemos la relación que existe entre las personas divinas.
Los Padres de la Iglesia y los teólogos se dedicaron a profundizar en este misterio. Los Padres Capadocios, por ejemplo, distinguían entre nombres absolutos y nombres relativos: los primeros se dicen en singular y se refieren a la sustancia; los segundos se dicen en plural y expresan relaciones. “Padre” no es un nombre de esencia, sino de relación, que muestra cómo el Padre se relaciona con el Hijo y el Hijo con el Padre.
Dios es relación; es decir, Dios es amor y comunicación. En esta cuarta semana de Cuaresma, al contemplar este evangelio, descubrimos que la luz que Cristo revela no solo manifiesta quién es Dios, sino también quién estamos llamados a ser nosotros: hombres y mujeres que viven en relación con Dios y con los demás.
La verdadera oscuridad no es ignorar a Dios, sino cerrar el corazón a esta relación de amor que Él mismo nos ofrece. Por eso, si Dios es relación y comunión, ¿estamos viviendo esta Cuaresma realmente en esa relación con Él que da vida y plenitud?


