Jesús reúne a los doce y les concede poder y autoridad para expulsar demonios y sanar a los enfermos. Dejan de ser únicamente discípulos para convertirse en apóstoles —del griego ἁπόστολος, “enviado”—, escogidos para llevar el mensaje de salvación. Su predicación es una prefiguración de lo que, tras la Pascua, se manifestará en plenitud: el anuncio de la vida nueva que transformará al mundo.
En un primer momento, los apóstoles proclaman el Reino de los cielos, anuncian la Buena Nueva de Jesucristo y, con la autoridad recibida de Él, curan enfermos y liberan a los oprimidos. Pero todo esto es apenas un anticipo. Tras la resurrección, la misión se transforma: ya no se trata solo de sanar los cuerpos, sino de anunciar la vida plena, incorruptible y eterna, ofrecida en Cristo glorioso. Donde antes el hombre, herido por el pecado, vivía esclavizado y privado de su libertad, ahora Jesús proclama la victoria de la vida sobre la muerte. Él mismo, que es la Vida, la comunica a los creyentes haciéndolos partícipes de su gloria.
El perdón de los pecados se convierte también en signo de esa plenitud pascual. Con sus milagros y resurrecciones, Jesús anticipa la victoria definitiva que se consuma en la Pascua. El Resucitado confía a sus apóstoles la potestad de perdonar en su nombre, y con ello la esperanza futura se abre a la comunión definitiva en el Reino prometido.
La enseñanza es profunda: la creación de Dios, desde el principio, no estaba incompleta, sino orientada hacia la plenitud en Cristo. Todo lo que Dios ha hecho es bueno, y la economía de la salvación alcanza su culmen en la resurrección, cuando la obra creadora llega a su consumación. Jesús confía la continuación de esta misión a los apóstoles, y a través de ellos, a cada uno de nosotros. La Iglesia participa de esta continuidad del Reino, y todos, según nuestro estado de vida, recibimos parte de esta tarea. De manera especial, las familias —llamadas con razón “iglesias domésticas”— son las primeras comunidades misioneras: allí se encarna el Evangelio en la vida cotidiana y se transmite el reflejo vivo de la Iglesia.


