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Mucho antes de que lo estipulara el Código de Hammurabi o el Libro egipcio de los Muertos, los seres humanos, por naturaleza llamados a vivir en sociedad, establecieron como una norma fundamental el compromiso de no robarse al menos entre ellos. Para que la norma se aplicara a todo tipo de personas al margen del propio clan, o nación, han pasado muchos siglos y todavía no podemos decir que sea realmente una ley común.

La constante fractura de la norma conduce a su endurecimiento, y éste vuelve a los bandidos más astutos y a los puritanos más sutiles. De la astucia de los bandidos somos testigo todos los días por las mil formas que de robar se practican. La sutileza de los puritanos es otro asunto.

Max Weber, en su obra “El espíritu del capitalismo”, nos habla de la austeridad, la acumulación y el trabajo consistente de las sociedades capitalistas, pero no advierte que el puritanismo religioso de estas comunidades las llevó a ser más sutiles, por motivos de “conciencia”, a la hora de robar al prójimo, y cómo esta sutileza se diluía en la medida que el prójimo les resultaba más lejano y desconocido.

Es este capitalismo puritano el que hizo nacer el neocolonialismo del siglo XIX, a causa del cual, las potencias occidentales y hasta las impotencias, se lanzaron a la explotación abierta y decidida de los pueblos de África, Asia y Oceanía, se dividieron y repartieron territorios que no les pertenecían, y sometieron a sus habitantes a duras condiciones de marginación, discriminación y miseria mucho mayores y peores que las practicadas en el primer colonialismo europeo del siglo XVI.

Aunque las consecuencias de aquellos atropellos se mantienen hasta el día de hoy en innumerables países, todo eso es ya parte de la historia en cuanto a métodos, formas, y medios, no en cuanto a la perpetuación de las actitudes y las acciones. ¿Qué pudo hacer la “Sociedad de Naciones” ante la invasión y el genocidio que los japoneses perpetraron en China? ¿Qué ha podido hacer la ONU frente a acciones similares que hemos visto en Asia Menor, en América Latina, o en la misma Europa del Este?

La lucha de las hegemonías mundiales por alcanzar y conservar el poder omnímodo, y en consecuencia el dominio económico, sigue siendo el detonante de la historia, y afecta a todos, pues los coletazos que sus combates producen, barren siempre con los demás, como hemos visto en la guerra comercial de Estados Unidos en contra de China.

Pero el robo cotidiano y descomunal del macrocosmos, se refleja fielmente en el microcosmos cotidiano de nuestra vida, donde la norma “no robarás”, se halla casi por completo olvidada, estamos entrando a una percepción social que nos dice: aquí todo mundo roba, donde, como y lo que puede, a todas horas y en cualquier sitio; no es algo que se vea en otros países, incluso en países más pobres que el nuestro, ni se puede atribuir a la falta de trabajos, que en todas partes se ofrecen, tiene que ser la consecuencia de una falla cultural o educativa, con el corolario de la impunidad y el rebase que sufren las autoridades a la hora de enfrentar el delito. No sólo hay un estado fallido, hay una sociedad fallida.

 

Publicado en El Informador del domingo 04 de septiembre del 2022

Comunicación Sistema UNIVA

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