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Miseria y esplendor del Fausto de Goethe

Por 19 octubre, 2021Líderes de Opinión

Mtra. Jazmín Velasco Casas • Docente Plantel Guadalajara

 

He aquí mi falta: quisiera que me amen, mucho más que amar.

[…] He de morir así, sin más patria que esta versión del deseo,

sin más promesa que su incumplimiento.

María Negroni

 

Conforme al epígrafe, al Doctor Fausto le correspondería con mayor precisión: He aquí mi falta: quisiera conocer, mucho más que me conozcan. He de morir así, sin más patria que esta versión del deseo, sin más promesa que su incompletud.

Fausto es probablemente la leyenda alemana con mayores adaptaciones desde el siglo XV que ha logrado cautivar a un sinnúmero de artistas y lectores por la compleja configuración del personaje, sumergiéndolos en una de las manifestaciones más honestas de la naturaleza humana.

El Fausto de Goethe es una tragedia que se sigue el camino de un hombre viejo, atormentado y al borde del suicidio por su incapacidad de poseer el conocimiento absoluto. Movido por este propósito sacrificó todo tipo de goces para dedicarse a estudiar a fondo filosofía, jurisprudencia, medicina y teología y, así poder encontrar alguna revelación sobre el íntimo secreto de los principios del universo; no obstante, al llegar a los límites de todas esas ciencias y disciplinas, recurre a la alquimia y a la hechicería, determinación que lo condujo al encuentro con diversos espíritus y al pacto con Mefistófeles, el diablo.

A partir de este acuerdo, el protagonista emprende un trayecto de envilecimiento en el que siente que por vez primera vive, pues el espíritu de la negación le propicia una infinidad de encantos que lo vuelven joven, seductor, acaudalado y astuto, de manera que conquista a la inocente Gretchen de dieciséis años, asesina a la madre y al hermano de ésta, y termina por abandonarla embarazada y enjuiciada por asesinato, para más tarde enterarse -indolentemente- que la joven se ha suicidado en la celda después de haber ahogado a su propio hijo.

Para exacerbar lo trágico, en la noche de Walpurgis, Mefistófeles guía a Fausto hacia una fantasmagórica zona en la que mantiene conversaciones con personajes fantásticos como gnomos, sirenas, ninfas, esfinges y grifos; así como con filósofos y personajes de la antigüedad, como Anaxágoras, Tales y especialmente Helena de Troya, a la que seducirá hasta que su espíritu se volatilice.

En un tiempo y lugar inciertos del viaje metafísico, Fausto, en su extrema vejez confiesa:

«Si de mi camino pudiera yo alejar la magia, si me fuera dado olvidar del todo las fórmulas del encanto; si ante ti, Naturaleza, no fuese más que un simple mortal, entonces valdría la pena ser hombre. Yo lo fui en otro tiempo, antes de buscar en las sombras, antes de haber maldecido con una impía palabra a mí y al mundo. Ahora está el aire tan lleno de tales fantasmas, que nadie sabe cómo huir de ellos. Hasta cuando nos sonríe un día lúcido y razonable, la noche nos enreda en una trama de sueños.»

Este es el signo de la desilusión, del vencimiento del Doctor y el del triunfo del demonio. Pero, ante la boca del infierno, la fiesta de los diablos y a un pie de la más importante y profunda fosa que acogerá al mejor de los hombres, un grupo de ángeles irrumpe el espacio, toma a Fausto y se eleva llevándoselo al cielo.

Tal vez en esta versión de Goethe, el final redentor sea lo más desconcertante de todo el periplo. Sin arrepentimiento, sin plegaria y sin mérito, ¿por qué el autor decide salvar a su personaje? Los ángeles replican:

«Aquel que se afana siempre aspirando a un ideal, podemos nosotros salvarle.»

El ensayista Claudio Magris explica que Goethe confirma, con gran aflicción, que la completud total del hombre es imposible, y debe aceptar, contra su primer deseo, la escisión. A su vez, Fausto refleja la angustia inherente de la imposibilidad de obtener la comprensión del todo y la constante necesidad de aprehender algo distinto, indefinible e indecible.

Similar a la Ilustración, la época presente, ahíta de conocimientos y ávida por descubrir los misterios del mundo del hombre, se ilusiona y se desilusiona contantemente, pero el Fausto de Goethe -alejado de su miseria- puede invitar a construir un sentido satisfactorio en la existencia, sí incompleta, sí fragmentada, pero basada en la conciencia de su naturaleza, en el esplendor de la falta.

 

 

 

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