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Armando González Escoto · Director de Publicaciones del Sistema UNIVAArmando González Escoto · Director de Publicaciones del Sistema UNIVA

 

Expresarse acerca de las cosas que suceden en los países de América Latina, como si éstas se pudieran explicar sola y únicamente desde América Latina, es incurrir en un grave error de juicio.

La tercera llegada del político Ignacio Lula a la presidencia de Brasil nos lleva a recordar la jalonada historia reciente de este país, sin lugar a dudas, la segunda potencia económica de América y, por lo mismo, la gran manzana de la discordia entre numerosos intereses de dentro y fuera.

Fue en ese país donde actores muy conocidos condenaron a Lula “sin pruebas, pero con convicciones”, inaugurando un nuevo estilo de juzgar a las personas desde lo que yo creo que son, no desde lo que me consta y puedo demostrar que son.

El nuevo triunfo de Lula fue muy ceñido, gana por una diferencia mínima pero suficiente, más de dos millones de votos, en un país donde el populismo de derecha superó con creces al de izquierda, le gana a un presidente que hizo uso de toda la maquinaria del estado para enfrentar a su oponente, de tal modo que los derrotados no tardarán en volver a sacar las pancartas y banderas con los ya clásicos y poco originales lemas de “no queremos ser otra Venezuela”, “nos están llevando a la ruina”, “no queremos ser comunistas”.

El populismo de derecha, habitualmente asesorado y financiado por la “inteligencia” norteamericana, ha sido un instrumento permanente de la política intervencionista de dicho país, como lo reconoció uno de sus principales y más conocidos perpetradores, John Bolton, siguiendo siempre el repetitivo esquema consistente en manipular a las clases medias para que se vuelquen a las calles en defensa, sin saberlo, de los amenazados intereses de las clases altas, y de los intereses estadounidenses, creyendo que son sus propios asuntos los que defienden.

Todo populismo, sea de derecha o de izquierda, sigue esquemas similares: identifica y señala a un enemigo odioso, organiza campañas para desacreditarlo, utiliza el temor a tales o cuales personas o sistemas satanizados, manipula los ideales de uno o de otro bando, tales como libertad, democracia, nacionalismo, superación de la pobreza, integrismo religioso, igualdad. Este enemigo puede ser una ideología, un partido, un sistema, una clase social, o una persona específica. En este punto hay que advertir la manera en que el presidente López Obrador se adelantó a sus oponentes fortaleciendo justo el mismo discurso que ellos tratarían de usar en su contra, y que de hecho usaron. Las marchas y manifestaciones de “fuera López” no eran sino una reedición mexicana de lo que había pasado justamente en Brasil, en contra de Dilma Rousseff.

Esta presidenta había intentado un sueño: acortar la diferencia abismal que se da en la banca entre los intereses que el banco paga y los que cobra, como una forma de abaratar el crédito, cosa que desde luego no se le perdonó.

Con Lula de nuevo, lo primero que veremos y ya estamos viendo, es la resurrección del golpismo bien orquestado y aceitado, con la bandera de lo que ya fue o de lo porvenir, antes aún de que el gobierno inicie su gestión, pero también está de fondo una real activación del BRICS, que con Bolsonaro se redujo a turismo político y toma de fotos, eso sí que le preocuparía a Estados Unidos, máxime en el actual escenario mundial.

 

Publicado en El Informador del domingo 6 de noviembre de 2022.

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