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¡Mucha muerte, mucha fiesta!

Rodrigo Gómez Ortega · Egresado de la Licenciatura en Producción de Medios Audiovisuales UNIVA Guadalajara

 

Dentro del imaginario colectivo, existen varias expresiones que el mundo considera típicas de México: el tequila, los tacos, el guacamole. Pero si existe una carta de presentación que nos distingue (y que sí presumimos) es el Día de Muertos. ¿Y cómo no sentirnos orgullosos de esto? Si es un festejo conmemorativo a las personas que ya no nos acompañan, celebrando su memoria en compañía de la música, comida y los mejores recuerdos de estas, un día dedicado al fin de la vida y el comienzo de la siguiente para todos aquellos que no están. Y pese a todo ello, la celebración no está exenta de problemáticas o altibajos que afectan la celebración con todo lo que lo acompaña.

De inicio dejemos claro algo, el Día de Muertos no es una forma mexicana de “reírse de la muerte” ni de presumir que “seguimos vivos”. La festividad, a lo largo de su existencia ha pasado por múltiples transformaciones, pero en su mayoría, esta ha integrado el respeto y la alegría por los fallecidos como vectores cruciales dentro de la misma, por ello, y aunque suena irónico, ningún vivo es protagonista en el día de muertos.

Partiendo del punto anterior, podemos comenzar a seleccionar las problemáticas del Día de Muertos, iniciando por la diferencia entre la celebración dentro de las urbes y en localidades menos citadinas, y su relación con el turismo. Y es que, resulta muy obvio que dentro de un ambiente tan variado como una ciudad, las celebraciones sean más simples o personalizadas para que cada familia las celebren como quieran (o como algunas películas nos convencen de hacerlo, pero ya llegaremos a eso), desde los altares dentro de cada casa hasta concursos de catrinas o calaveritas, los festejos urbanos del Día de Muertos llegan a ser muy homogéneos con respecto a otras ciudades, cosa que no sucede en comunidades no urbanas, donde podemos decir que cada pueblo tiene su propia celebración, la cual refleja la identidad, las costumbres y tradiciones de sus habitantes, realizando rituales únicos y maravillosos, quizás el ejemplo más representativo es lo realizado en Janitzio, Michoacán, en donde la celebración tiene lugar en el Lago de Pátzcuaro.

Al ejemplificar ambos tipos de celebración, podemos comprender el porqué mucha gente opta por hacer turismo en torno a estos festejos dentro de comunidades a lo largo del país, generando, por inercia, un desplazamiento de los turistas hacia la misma comunidad, generando gentrificación y alejando a las comunidades de su identidad, algo que se debería de solucionar sin afectar a las personas. Hablaría del Halloween para abarcar los festejos aledaños, sin embargo, la festividad ya ha sido planteada desde hace años como un día para comprar dulces y regalarlo, por lo que no habría mucho qué decir.

Otro de los problemas más recientes en torno al Día de Muertos, es el impulso (de idiotez) económico de las empresas para dejar su huella en esta festividad de manera permanente, y no hablo de los escándalos anuales sobre el cempasúchil transgénico o el monopolio del papel picado, sino de marcas que nada tienen que ver con la celebración, siendo el ejemplo más obvio Disney, ya que hace algunos años, la compañía del ratón intentó, con la excusa de una película, patentar la palabra y la festividad del Día de Muertos como propia, algo que no gustó a nadie (hasta que salió la película y todo mundo hizo las pases con la empresa de nuevo), y así ha habido una gran cantidad de intentos, pero hay uno en particular que sí tuvo éxito, y es el desfile del Día de Muertos en la Ciudad de México, una tradición milenaria cuya antigüedad data de la década pasada y que tiene su origen en una película de James Bond y su pobre intento por descifrar nuestra cultura sin siquiera intentar conocerla, y quizás se adaptó el desfile y se convirtió en una muestra cultural, pero no quita el antecedente de que porque sí, una empresa hizo lo que se le antojó y cambió una dinámica de una tradición para generar 3 pesos más en taquilla.

Como último tema, y probablemente el que más nos concierne, está la violencia que nos azota, porque resulta algo surreal que cada Día de Muertos esté cada vez más repleto de altares, pero que ya no exista un sentimiento de alegría por el recuerdo, sino de dolor por la ausencia, un dolor artificial provocado por aquellos malestares sociales que nos afectan a todos, pero que al parecer sólo unos cuantos son afortunados de poder sobrellevar. Pienso yo que cada Día de Muertos debería ser un espacio para la reflexión, más que para la tristeza y por ello, celebrarlo como otra sepulcral y silenciosa fecha, dista completamente del significado que le hemos dado.

Finalmente, lo importante dentro de este día es recordar a los que ya no están, apreciar lo que cada quien hace para recordarles y reforzar nuestra identidad, y para esto, cuestionarse sobre cómo se celebra es completamente necesario para poder disfrutarlo más y poder organizarnos para cambiar esas cosas.

 

 

 

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