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Vladimir Ponce · Director de Mercadotecnia en Wenova México

“El hombre es el lobo del hombre”

Thomas Hobbes

Desde que se tienen evidencias los seres humanos han adoptado formas de conducta que ponen entredicho su inteligencia y en duda su supuesta superioridad y evolución sobre las demás formas de vida. El humano es malo, destruye y contamina todo lo que le rodea, crea una y otra vez instrumentos para su propia destrucción, ocasiona sufrimiento a otros humanos y especies. ¿Es esto una tautología o es una cara más del “ethos”?

Parte importante de la filosofía es la ética, encargada de revisar el comportamiento humano, del porqué de sus acciones y qué se puede esperar de él, ya que mientras la ciencia, la tecnología y la era digital dan pasos agigantados no sucede así con la disciplina ética. Seguimos sin saber qué esperar de los demás y se vive en una alerta total ante el otro, a donde quiera que se vaya se debe tener precaución, y la balanza está tan inclinada a pensar en la maldad en los seres humanos como su verdadera naturaleza que la violencia y el miedo se han convertido en una forma de vida, unas maneras muy dañinas de vivir.

Hay todavía esa creencia de que los seres humanos son buenos y desean la felicidad del otro o es solo una ilusión, una bondad que aparece solo como una aspiración ideal en el comportamiento humano, una manera de mantener a raya esa conducta autodestructiva que le caracteriza. Schopenhauer mencionaba que sin leyes que lo reprimieran se podría observar claramente esa naturaleza maligna.

Si se parte de la creencia de que el ser humano es, por naturaleza, bueno, pero que se corrompe al entrar en contacto con la sociedad y con aspiraciones impuestas por sistemas de pensamiento centrados únicamente en la economía, el materialismo y en ideales mediocres, entonces surge una pregunta fundamental: ¿cómo podemos reencontrarnos con esa naturaleza benigna?

 

Para muchos filósofos, la respuesta podría estar en las bellas artes. La música, la pintura y la poesía se presentan como estandartes de la belleza humana, como expresiones que permiten al espíritu elevarse y trascender el sinsentido de la existencia.

Es necesario que la ética sea observada no solo como un proyecto abstracto, sino como una forma de vida encaminada no solo al deber de hacer el bien, sino a la búsqueda de Dios, a quien sin duda por los tiempos que vivimos necesitamos más que nunca.

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