
Roberto García Blanco – Docente Licenciatura Escolarizada, Impulso y Bachillerato
¿Saben en qué dirección crecen los árboles? Hacia arriba, ¿verdad?
Siempre pensamos que los árboles crecen hacia arriba… pero, en realidad, primero crecen hacia abajo. Antes de dar sombra, antes de dar frutos, antes incluso de verse fuertes… pasan mucho tiempo creciendo donde nadie los ve.
Y creo que ser docente se parece mucho a eso. Porque muchas veces nuestro trabajo más importante ocurre en silencio: en las noches preparando clases, en volver a explicar algo por quinta vez, o en intentar encontrar la manera de llegar a alguien que quizá está pasando por un momento difícil.
Y también… en sobrevivir esos días donde falla el internet, el proyector, los marcadores… y, a veces, hasta nosotros mismos.
Ser docente es un privilegio muy extraño, pero muy hermoso. Porque tenemos la oportunidad de participar, aunque sea un poquito, en la vida de otras personas. Y a veces no nos damos cuenta de lo que sembramos. A veces pensamos que una clase se perdió… hasta que años después alguien vuelve y nos dice algo tan sencillo como: “gracias”, “aprendí algo”. Y entonces entendemos que sí valió la pena.
Pero, igual que los árboles, también enfrentamos tormentas. Hay temporadas difíciles.
Momentos de cansancio, de dudas, de cambios… momentos donde sentimos que el viento pega demasiado fuerte. Y aun así… aquí seguimos.
Porque ningún árbol crece solo. También nosotros tenemos raíces: familia, amigos, compañeros, alumnos.
Incluso personas que hoy ya no nos acompañan de la misma manera… pero que siguen presentes en todo lo que somos. Personas que han dejado marcas profundas en nosotros… como esas iniciales grabadas en la corteza que quizá el tiempo desgasta un poco, pero nunca desaparecen del todo.