
Luis Tercero Gutiérrez Bribiesca - Egresado en Derecho de UNIVA La Piedad
La muerte es concebida por muchas culturas y formas, desde el enfoque biológico, podemos decir que es el culmen o paso final de la vida; las plantas, por ejemplo, mediante este proceso es en el que sus componentes físicos no desaparecen, sino que se transforman en elementos como nutrientes para irrigar con estos el suelo, haciéndolo fértil para la vegetación restante.
Desde la cultura, este tema tiene aspectos muy asombrosos o trágico dependiendo del contexto, lo que comprendemos en profundidad es que la muerte es un proceso de finalización del cuerpo físico humano, donde el motor principal es apagado, y por lo tanto el cuerpo deja de funcionar, cumpliendo así la ley de la vida, desde el nacimiento, hasta este último proceso, que da paso al plano de lo espiritual.
La muerte ha sido abordada por la filosofía, la teología y la ciencia, a lo largo de la historia de la humanidad y en diversos puntos de vista, cada disciplina ofrece distintos enfoques con el fin de la existencia, como el fin último de la existencia, la trascendencia a otro plano de la naturaleza, un tránsito de la existencia terrenal a la comunión definitiva con Dios.
Por la parte de la filosofía tenemos al gran Aristocles, habla sobre la muerte en el Fedón, esperando tomar la cicuta (lo que le causará la muerte), y menciona durante este intercambio de ideas con otros pensadores, y les hace preguntas, ¿por qué le temen tanto a la muerte?, si se considera que el alma, (lo que realmente está vivo), sale (se libera) del cuerpo, entonces entendemos que, el cuerpo solo es un mero instrumento que utiliza el alma para hacer lo que a ella respecta, el bien.
Así mismo menciona que aquel que ha entendido esto, no se preocupa por la muerte, pues para eso, como gran guerrero que ha sido entrenado, el desapego de lo físico, de lo corpóreo, de los bienes materiales, y que, por último, quien realmente ha entendido esto, no tiene temor de liberar el alma, pues ha sido la prueba de que la filosofía, el entendimiento ha sido auténtica, ha surtido frutos, de comprender que la muerte no es el fin último, sino la liberación de la cárcel corpórea.
Entendiendo, además, Aristocles estaba segurísimo de que obtendrá los mayores bienes que vendrán después de la muerte, acceder al verdadero conocimiento, a lo que realmente existe, a ser libre de las limitaciones humanas, ir más allá a lo que estamos condenados.
Desde otro punto de vista un poco más complejo nos presenta Heidegger, la figura del Dasein, o lo que podemos decir que es el «ser- ahí», lo que ya está completado, el ser mismo, esta concepción dada por el pensador, manifiesta que el Dasein se encuentra ya perfecto y que es «por esencia un coestar con los otros», por lo que, al ser ya perfecto, ya ser terminado, no puede faltarle nada, ¿cierto?, pero tenemos el término de la muerte, por lo que este Dasein, también debe ser consciente de que va a morir, por lo que hasta este punto, estoy confundido, el Dasein es el ser en sí, completado, ¿pero le falta la muerte?
La existencia del Dasein tiene un «resto pendiente» esto es, el fin absoluto, lo que hace la integridad existencial del Dasein, es decir, que el ser-ahí también tendrá su propia muerte, pero no como algo que acaba con su existencia, sino como algo parte integral del Dasein, y que la muerte como mero fenómeno existencial y parte misma del Dasein “sacude” nuestra existencia, pone fin, pero no arbitrariamente sino completando en sí mismo nuestro existir.
Por otro lado, y desde el punto de vista teológico, la Iglesia Católica no considera la muerte como fin absoluto, sino como el comienzo de una nueva vida en Dios, el Ser Supremo. La esperanza en la resurrección fundamenta y da cimiento a la fe cristiana en la inmortalidad del alma, sustentada en las palabras y en la promesa de Jesús: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá” y “el que cree en mí no morirá jamás”, esto según San Juan 11, 25-26, este concepto implica que el ser humano no deja de existir, en términos espirituales, es decir, el alma espiritual permanece, pasa a una dimensión distinta de la realidad espacio-tiempo actual.
Asimismo, el Catecismo de la Iglesia Católica en sus numerales 1020 al 1022 explica que el cristiano une su muerte con la de Jesús, y esto se ve como un caminar hacia Él, y la entrada a la vida eterna, así con las últimas palabras de perdón acompañadas con el viático como alimento para el viaje.
Y después de un juicio particular de su alma inmortal, recibe su retribución que refiere su vida a Cristo a través de una purificación, para presenciar a Dios eternamente. Esta enseñanza no solo da sentido a la vida humana, sino que también brinda consuelo ante la pérdida de un ser querido. En este sentido, la muerte no es un evento que rompe el vínculo humano, sino que lo transforma en una relación espiritual profunda, en el que no es un fin, sino que es el encuentro definitivo con Dios: la Vida Eterna.
En el cual como doliente, en el que tengo que separarme del cuerpo físico de mi familiar o amigo, a quien tengo que dejar ir con falta de voluntad personal, en que también tengo que dejar de hacer cosas, de compartir momentos, de ser y existir conjuntamente con aquel que ha partido, y que cabe resaltar es muy dolorosa esta partida, tenemos algo muy bien fundamentado, que como la promesa de Aquel, que partió de este mundo, pero que ha vuelto a la vida, y que además, como lo ha prometido, no todo está perdido y ese es un signo fuertísimo de esperanza, en el que podemos estar sujetados fervientemente anhelando el momento del reencuentro.
En este sentido, el acto de morir se convierte en una pregunta sobre la condición humana. ¿Dejamos de participar del “ser humano” cuando morimos?, o ¿trascendemos hacia una realidad superior?, la filosofía católica sostiene que la muerte es el límite entre lo cierto y lo incierto (inmaterial), es decir, el paso de lo tangible a lo espiritual. Lo que la fe promete es la plenitud del ser en la presencia divina, una respuesta al misterio que la razón humana no puede abarcar por completo.
Es ahí cuando en algunas ocasiones es aún más doloroso, ¿a dónde va mi familiar o amigo cuando parte?, ¿es en realidad que parte a la casa del Padre?, ¿allá ya no hay dolor o sufrimiento?, ¿hay juicio celestial en presencia divina?, si bien es cierto la teología tiene sus cánones y respuestas a cerca de esto, es natural que nos hagamos estas preguntas en la intimidad individual de nuestro ser, no como una señal de duda en la creencia de la fe, sino meramente racional, ¿en verdad llegó a un lugar mejor?, ¿ya no está sufriendo?, ¿en dónde está?, con estas preguntas no quiere decir, o que estemos asumiendo que estemos dudando de que Dios es Poderoso en todo, sino que humanamente tenemos preguntas muy fuertes que nos hacemos, ¡tenemos incertidumbre!, pero también tenemos fe fuertísima, pues el ser humano, como ser de sentidos, tendemos a conocer mediante estos, como lo menciona el estagirita, y causa una enorme laguna racional, pues no podemos saber con los sentidos, qué ocurre más allá de esta partida física.
La delicadeza de la vida se manifiesta en el amor y el cuidado que damos a nuestros seres queridos y por su puesto en sus últimos momentos de vida, en el que sabemos que algo puede ocurrir, porque biológicamente no podemos frenar las etapas. Desde una perspectiva ética, el respeto a la dignidad humana implica acompañar a quien está cerca de la muerte con ternura y presencia, no se necesita, en muchas de las ocasiones, más que el saber que hay personas que están acompañándonos en estos momentos difíciles, de ver partir en el momento justo a quien amamos.
La Iglesia ha enfatizado la importancia de los sacramentos en este proceso, y que, como parte de ese acompañamiento, se tiene la presencia del Santo Óleo, que solo en la semana mayor, por una sola celebración y por obra del Espíritu Santo, desciende a este óleo, que el sacerdote unge a aquel que está padeciendo, un acompañamiento íntimo y personal del Creador con el ungido, una manifestación presencial de aquel que también es el Ungido, el Cristo mismo, así tenemos la certeza que Dios mismo acompaña al que padece, y eso es reconfortante, evidentemente para el acompañado, como para los que saben que fue ungido, que Dios mismo lo acompaña.
Más allá de la teología, la ciencia también ha contribuido al acompañamiento del proceso de muerte, abordando el dolor y el sufrimiento mediante cuidados paliativos. La medicina ha avanzado en comprender la transición de la vida hacia la muerte no solo como un hecho biológico, sino como un evento que involucra la totalidad del ser humano, desde la sencillez y delicadeza de la vida, como aspectos más complicados, como los avances cruciales en el tratamiento de enfermedades muy fuertes, y sus contrapuntos o efectos secundarios.
También se desata otro aspecto muy duro que tiene que pasar, regresar a la vida cotidiana, no es lo mismo, pues hay actividades que única y exclusivamente se hacían con aquel que ha partido, no se pueden compartir más, y aunque se hagan, nunca volverá a ser lo mismo.
Aunque, podemos decir y estar seguros de que siempre nos acompañan, pues ¿cómo podemos olvidarnos? Si parte de la persona que somos, en carácter, en amor, en ternura, en pensamiento, en gustos, en formas de ser, se deben en cierta medida a quien ha partido, compartimos incluso semejanza genética, es decir, ¡no ha muerto!, vive en nosotros, no como otro ser, sino como parte de nuestra existencia, como parte de que compartió nuestro mundo terrenal, que nos dejó en gran medida enseñanzas, formas y lineamientos de comportamiento con las demás personas, entonces puedo preguntar, si ¿en realidad partió?, ¿en realidad murió?, o ¿solo está viviendo de otra manera, en otro tiempo-espacio?
Y ahí está el tema central, esta incertidumbre que en ocasiones nos mantiene inquietos, con dudas racionales, cosas que la mente no entiende, pero que el corazón y la fe en Cristo, mantienen los pilares firmes, sin embargo, esta racionalidad humana no deja de hacerse preguntas, y que podemos decir, que no está mal preguntarse como lo menciona Descartes, Cogito ergo sum, -pienso luego existo-, si nos hacemos preguntas, sabemos que estamos vivos, sabemos que tenemos una vida por delante, que aquella persona que se ha adelantado en el proceso biológico, nos ha enseñado cosas muy importantes para nosotros, sabemos que podemos llevar a nuestro ser querido con nosotros mientras existamos, mientras que le recordemos, es fantástico, saber que ¡no ha muerto, sigue vivo!, que está con nosotros, que nos acompaña de una u otra manera.
Es tan fascinante que, en toda la región lacustre de Pátzcuaro, así como en las islas de Janitzio, Tecuena, La Pacanda, Yunuen, y en especial a uno de los cementerios que se conservan en el atrio del templo, Arócutin, Michoacán, esperan con ansias la llegada de sus seres queridos, que como lo marca la Iglesia Católica, es el día 2 de noviembre de los fieles difuntos, es cuando regresan a convivir con los suyos, y me pregunto, ¿cómo pueden regresar si ya dejaron de existir?
Lo cierto es que siempre tendremos dudas sobre el ser, la existencia, y por supuesto sobre lo divino y sobre Dios, pero también es cierto que en el fondo sabemos y tenemos la esperanza firme y certera de que llegaremos algún día con el Creador, en compañía también de los que ya han partido.