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La melancolía de los poetas

Por 19 octubre, 2021Líderes de Opinión

Jazmín Velasco Casas, Docente UNIVA

“Sólo escribo porque hay una voz dentro de mí que no se calla”

Sylvia Plath

Aristóteles se cuestionaba por qué todos aquellos que han sido hombres excepcionales, en lo que concierne a la filosofía, la ciencia del estado, la poesía o las artes, son claramente melancólicos. Y es que la melancolía, desde una perspectiva psicoanalítica, es mucho más profunda que la depresión; tiene una etiología en la “falta”, es decir, en la incapacidad de introyectar las primeras figuras amorosas, por lo que todo su desarrollo afectivo, consistirá en un persistente estado de vacío, de falta o de anhelo.

Grandes escritores tuvieron trastornos mentales que sublimaron a través de la palabra       –mecanismo defensivo, que según Freud, es el más elevado y el único capaz de transformar la pulsión de muerte en una producción de Eros–; y que, aun así, fueron superados por su pulsión tanática y se suicidaron. Entonces, este oficio más bien se asemeja a una maldición, ya que latente o manifiestamente, determina la vida del poeta.

Por ejemplo, Fernando Pessoa, a quien se le han calculado cerca de cincuenta heterónimos con un estilo muy diferente cada uno de ellos, decía: “…pero yo sufro –en el límite de la locura, y lo juro- como si pudiera hacer todo y a la vez no hacerlo por deficiencia de mi voluntad. El sufrimiento es horrible. Me abraza constantemente, como digo, en el límite de la locura. Y el origen de estos heterónimos es una tendencia mía a la despersonalización, y felizmente para mí y para otros, estos fenómenos no se manifiestan en mi vida práctica o exterior, y hacen explosión en el interior y hago que vivan solas conmigo”.

Alejandra Pizarnik escribió en su poema El despertar: “Señor, tengo veinte años, también mis ojos tienen veinte años y sin embargo no dicen nada” y en La noche: “¡Y mis pocos años! ¿Por qué no?, la muerte está lejana. No me mira. ¡Tanta vida, Señor!, ¿Para qué tanta vida?”.

Algunos poetas sufren porque son conscientes. Sufren desde el momento en que se dan cuenta de su distancia del Yo con el mundo, de su herida por el atravesamiento de un logos poético que se revela con un doble riesgo, pues al rebasar el lenguaje ordinario, no temen ir más allá de la lógica y de los conceptos comunes. Tal vez sea este el costo por el traspase a una verdad distinta, a una que ha seducido a muchos escritores en el desencanto de reconocer los límites del lenguaje.

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