
Isela Janetth Castillo Casillas – Licenciatura en Teología
¿CÓMO LE HABLA EL “HIJO DEL HOMBRE” AL CREADOR DEL UNIVERSO? ISELA JANETTH CASTILLO CASILLAS | LICENCIATURA EN TEOLOGÍA |
¿Cómo le habla el “Hijo del Hombre” al Creador del universo? Todos tenemos momentos cruciales en los que nos cuestionamos cómo es que aquellas personas cercanas a Dios se comunican con Él. Mi primer pensamiento es Jesús.
Miremos el primer acercamiento del niño Jesús cuando lo encuentran. Él les dijo: «¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» (Lucas 2:49). Él reconoce, antes que nada, frente a José y María, que existe un vínculo superior al de su familia humana, su relación con Dios, su Padre.
Si el ser humano, que fue creado a su imagen y semejanza, recibe al nacer estructura, diseño y vida biológica, también es posible que, en el transcurso de esta vida terrenal, llegue a tomar conciencia de que es hijo de Dios y a reconocer la identidad de Jesús, pero sobre todo que no es una simple criatura.
Como suele decirse, «Dios escribe derecho en renglones torcidos, ese encuentro no se da al mismo tiempo para todos»
El paso del tiempo no cambia a Jesús. A los 30 años leemos: «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó, salió y fue a un lugar solitario, y allí se puso a hacer oración» (Marcos 1:35). Este encuentro único con Dios lo sostiene, y su comunicación constante muestra su conciencia de Hijo. «Pero Él se retiraba a los lugares solitarios, donde oraba» (Lucas 5:16).
En la experiencia humana, conforme pasan los años, el camino puede sentirse diferente o más complejo, y comenzar una relación tan pura como la que tendría un niño parece más difícil. Sin embargo, es fundamental conservar un corazón de niño, pero una mente de
adulto. Nuestro encuentro con Dios también exige madurez humana.
«Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero al hacerme hombre dejé las cosas de niño» (1 Corintios 13:11).
Jesús también, en su naturaleza humana, reconoce esto: «Y, aunque era Hijo, aprendió la obediencia a través del sufrimiento; y, habiendo sido llevado a la perfección…» (Hebreos 5:8–9). Esta obediencia, consciente y libre, lo conduce a una comunión más plena con el Padre, porque llegar a la madurez espiritual no es un alejamiento de Dios, sino un camino de profundización en la relación con Él.
<<Más aún nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.>> Romanos 5:3 -5.
De igual forma que con Jesús, aquellos que lo buscan fielmente no se apartan del camino, pues este camino nos lleva a poner la confianza en la gracia del Padre, que se revela en la debilidad de la persona.
La voluntad de Jesús y su comunicación con el Padre no lo hicieron indiferente a la debilidad humana. Al contrario, su oración es profunda, honesta y completamente confiada: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42).
Como afirma C. S. Lewis en Mero cristianismo: «El Hijo de Dios se hizo hombre para que los hombres llegaran a ser hijos de Dios». La oración de Jesús nos revela precisamente ese camino: por medio de Él aprendemos a dirigirnos a Dios no solo como Creador, sino como Padre, creciendo en obediencia, confianza y amor.
Te cuestiono: Si Jesús se dirige a Dios como Padre, ¿cómo estoy aprendiendo yo a hablar con Él? ¿Estoy descubriendo a Dios como Padre en mi propia vida, como lo hizo Jesús en su humanidad?
Lewis, C. S. (2021). Clásicos selectos de C. S. Lewis. Grupo Nelson.
Biblia de Jerusalén. (2009). Biblia de Jerusalén (Nueva ed. Rev.). Desclée De Brouwer.