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Et al. y el epitafio

José Alejandro Domínguez Islas, Óscar Alejandro Torres Reyes, Kevin Antonio Cortés Villanueva, Rodrigo Gómez Ortega y Miguel Camarena Agudo.

 

El texto que aquí comienza fue hecho a cinco manos. La inspiración surgió paradójicamente en un lugar donde el color gris predomina, color que simboliza la suerte que nos ha tocado, y de la que, desde luego, nos burlamos cada que esta nos da la espalda.

Consideramos que el hombre, o mejor dicho, el ser humano, el zoo humano, o como les dé la gana llamar a la especie, vive en una ilusoria aspiración por la diferencia, se debate encarnizadamente por desmarcarse del otro, mientras los dueños del petróleo, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, y la más grande espectadora de las guerras, la ONU, siguen poniendo tierra de por medio gracias al usufructo de millones de individuos.

Hoy, que vemos como la mayoría de las personas se preocupan constantemente por lo inmediato, lo efímero, se desgastan física y mentalmente trabajando, invierten mucho tiempo en esa afición de coleccionar pequeños placeres, posesiones, experiencias comunes, que los puedan igualar con los nuevos referentes a seguir, referentes que por cierto ahora son fecundados por las redes sociales, mismos que proyectan en las plataformas sus vidas como modelos a imitar.

Nos dan lástima las víctimas de estos taumaturgos modernos, pues están condenados al infierno de lo igual, pero, bueno, estos recaudadores de lo mismo, son tan poco creativos que nos producen bostezos mientras escribimos sobre ellos, sus estereotípicas proezas e imitadoras existencias, nos causan agruras. Pero hay que aprender y saber perdonar a los que viven siendo el endeble reflejo de unos entes digitalizados.

La tragedia, según hemos estado de acuerdo en nuestras tertulias de pasillo, ha sido que, efectivamente, como escribió el nazi de Heidegger, somos seres para la muerte, es lo único que verdaderamente perdura, te mueres y listo. Y todo lo que según tú atesoraste y cuidaste se queda para el goce de los vivos.

(Escuchar “Nadie es eterno en el mundo”. Versión de Antonio Aguilar).

Nos preocupamos en vano, por cosas que desaparecen y desaparecerán, en este “imperio de lo efímero”, como diría Lipovetsky, y no está mal, el propio W. K. C. Guthrie nos recuerda que la angustia de lo pasajero fue el germen para que la filosofía surgiera, sin embargo, no es lo mismo una angustia metafísica que una consumista.

Todos estamos de acuerdo en que todo se va a acabar inexorablemente, en que no tenemos escape; sabemos que muy pocas cosas son las que perduran, entonces, por ello y ante tal certeza, hemos querido dejar públicamente constancia de nuestra última voluntad, para cuando hayamos partido: nuestro “epitafio”.

El afán de nuestra empresa tiene, simple y llanamente, dejar constancia de que el epitafio es algo en lo que tenemos que pensar, y no dejarlo a expensas de los clichés post mortem que algún deudo pagará. También, queremos desmitificar esa idea de que se necesita ser un genio de la literatura o el arte en general para tener un epitafio. Todos podemos tener uno, independientemente de si se es albañil, oficinista, obrero, cobrador, repartidor, policía, etc. Así que sería bueno que todos dejáramos uno, ya por lo menos para divertir a algún curioso que lo leyera por accidente, mientras visita un panteón.

Ahora bien, si la creatividad no es lo suyo, dejamos una lista de epitafios que pueden servirle para agarrar inspiración.

Guillermo Fadanelli ha dicho repetidas veces que su epitafio será: Te equivocaste en todo, no vuelvas nunca.

Edgar Allan Poe reutilizó una frase de uno de sus poemas para su epitafio: Dijo el cuervo: nunca más.

Bukowski dejó un lacónico: No lo intentes.

Stevenson: Aquí yace donde quiso yacer, de vuelta al mar está el marinero, de vuelta al monte está el cazador.

El Marqués de Sade: Si no viví más fue porque no me dio tiempo.

Jim Morrison nos dejó estas palabras: Al espíritu divino que llevaba en su interior. Cada uno es dueño de los demonios que lleva dentro.

Si bien, el siguiente epitafio es pensado por un personaje que aparece en la novela de Zorba el griego, de Nikos Kazantzakis, puede funcionar como inspiración: Aquí yace un cerdo griego.

 

¿El porqué del epitafio? ¿Trascendencia o venganza?

En la antigüedad, los epitafios solían funcionar como órdenes militares, deseos megalómanos o credos morales de aquellos individuos que morían dejando un gran legado inconcluso en vida, era su carta de despedida al pueblo, a la legión, a los adeptos. Pero ni su figura, ni sus palabras, ni sus acciones fueron el mayor legado que dejaron estos generales, profetas o regentes, sino sus restos, pero no hablamos de sus restos físicos, de aquellas marcas de dominio que dejaron en el planeta, sino de sus ideas y deseos casi fóbicos sobre un concepto en particular, la trascendencia.

La inquietud de desaparecer de la faz de la tierra y ser olvidados es un pensamiento que hoy en día nos asusta a muchos, pero en aquellos tiempos, sólo unos cuantos podían tener el “privilegio” de pensar en el olvido y la permanencia. Y es que para alguien de semejante poder y jerarquía, resultaba poco el haber nacido, poseer conciencia, sentimientos e incluso un nombre importante dentro del pueblo, sólo para morir en algún momento de forma incierta.

Este pensamiento se fue manteniendo en las élites y los grupos dominantes hasta que los constantes cismas y grietas dentro de los imperios, provocaron la necesidad de otorgarle una pizca de importancia al resto de la población, surgiendo así conceptos como el alma, que con el cambio de las instituciones, y entes predominantes, fueron mudando de nombres, llegando así a la génesis del individuo.

En este punto, un mayor sector de la sociedad contaba con la “increíble” oportunidad de preocuparse por dejarle algo a sus relativos al momento de su muerte, dándole un valor extra al mismo ciclo de la vida de las personas que tenían esta oportunidad, y aprovechando estos símbolos para que cada vez más personas lograran conseguir la trascendencia. Pero seamos realistas, inclusive tras la glorificación del individuo como medida básica esencial para la sociedad, no todas las vidas resultan ser igual de emocionantes y épicas como las de los primeros humanos que lograron tener un epitafio.

Y, obviamente, los intentos de no quedar en el olvido seguían, pero las maneras de hacerlo comenzaron a variar. La trascendencia pasó de ser un simple objetivo a ser un valor cuantitativo de qué tan importante había sido el paso de una persona por este mundo. De ahí surgieron todo tipo de expresiones para reflejar las diferentes experiencias individuales en sociedad, desde buenos deseos a los que permanecieron y últimas palabras de amor, hasta llegar al otro lado del espectro emocional, en donde los mensajes se convirtieron en recuerdos del rencor familiar o del odio entre individuos emparentados.

La creación de un epitafio muchas veces no tiene que ver con el difunto ni con sus deseos o palabras, ya que la muerte llega inesperadamente en más de una ocasión, por ello la familia o los relativos de un fallecido también pueden decidir lo que se dice en un epitafio, en su mayoría, tratan de imprimir un recuerdo colectivo de la persona, que a veces roza lo genérico o estereotípico, sin embargo, existen también los epitafios llenos de aquellas inexplicables emociones familiares que rodeaban a todos los involucrados, y que como último aliento, son expresadas en este último “deseo”, aunque también está la opción de dejar un epitafio vacío o en manos de la compañía funeraria, pero ya llegaremos a ese tema.

El epitafio sin duda es otra forma de expresar amor, tristeza y miedo, por ello, lo que cada persona tenga que decir corresponde a un contexto específico, que, en ocasiones, un par de personas podrán entender, formando en conjunto los deseos, órdenes y credos de una sociedad, porque quizás ya no haya generales, profetas ni regentes, pero estamos los demás.

 

¿Cuál es el sitio que ocuparía el epitafio en la pirámide de Maslow?

El epitafio no es una necesidad humana. Por más que se nos haga pensarlo.

El psicólogo estadounidense, Abraham Maslow, propuso en 1943 una teoría en la que, dentro de una pirámide, se ordenaron necesidades que el ser humano busca a lo largo de su existencia. Desde las necesidades fisiológicas como respirar, comer, descansar, hasta la autorrealización, misma que nos permite sentirnos plenos ante diversas situaciones.

En muchos casos, desde terminar una carrera, conseguir un trabajo deseado, tener un noviazgo, son momentos que entran dentro de los niveles de la pirámide, ya que, en vida, sirven como motor que, tal como el oxígeno y una buena comida, nos mantienen a flote. Escribir unas palabras para que tu familia lea una vez al año en las visitas al panteón, o para que desconocidos se acerquen y observen tu lápida, no es una necesidad per se.

“Pero escritor anónimo, podría contar como una autorrealización o el reconocimiento externo que nos guste o no, necesitamos de otras personas”, en vida, sí, muerto, digamos que no creo que sientas esa realización o gozo. Di más seguido “te quiero”, persigue ese sueño y cúmplelo, o en el caso más usual, simplemente vive tu día de la mejor manera, sin afectar a nadie. Pero vívela, y dale el valor que merecen aquellas acciones que haces.

En muchos sentidos, para la gran mayoría de las personas, la vida puede ser un asco. Aquella vez que se te ponchó la llanta, se te cayó una papa o cancelaron tu serie favorita. La toxicidad de tus padres, el abuso que viviste en secundaria y esa vez que amaste, pero la otra persona decidió amar más a otra persona. El no tener para comer, dormir o vivir dignamente. Ningún suceso anterior invalida el dolor personal que se puede sentir en cada situación. Y aún con todo, elegimos pensar que tener un epitafio para el final de nuestros días nos dará satisfacción.

Y, genuinamente, aún con la acidez de nuestras anteriores palabras, aplaudimos eso. Porque demuestra que aún con todas las adversidades, queremos que alguien se acerque a nuestra tumba y reflexione sobre lo que previamente escribimos. El pensar que podemos ser a través de unas palabras, trascendente para personas que nos recordarán cada año, o personas con la que nunca pudimos conectar y al menos ellas nos voltearán a ver por un instante.

Buscar un epitafio es un ejercicio que te puede llevar una hora, un día, o si eres muy indeciso, toda una vida. Pero hazlo. No por cumplir una “necesidad” que cuando tenga relevancia ya no estés con nosotros. Hazlo por diversión, por tratar de entenderte a ti mismo… y cuando acabes vuelve a la vida.

 

¿Solo los estúpidos se mueren sin epitafio?

“El muerto al gozo y el vivo al pozo”, se suele escuchar por muchos rincones en este gris país, partiendo de esa base, podríamos entender que después del velorio y 3 días de lloradera inconmensurable, fuera del arrepentimiento o el cariño no expresado, realmente a nadie le importa un carajo qué es de ti después de haber cerrado su ciclo de duelo.

¿Para qué pasar una vida intentando desarrollar una personalidad?, ¿por qué acumular bienes?, ¿será verdad aquella afirmación en la que encerramos el concepto de trascendencia en “planta un árbol, escribe un libro y ten un hijo”?

Al final de cuentas, la verdad, la mayoría de nosotros no tenemos ni una miserable habilidad o conocimiento de jardinería, familias de plantas, ni ninguna otra cosa que parece que solo los botánicos entienden… (no sé ni cuál es una especie endémica de la ciudad), escribir un libro…, ¿ajá y luego?, siento que si los hípsters, académicos y defensores de la alta cultura se bajaran de su trono un instante se darían cuenta de 3 cosas, la neta, la mayoría de la gente a nuestro alrededor no lee.

La verdad, no todas las personas somos Walter Mitty, Guillermo del Toro o inclusive el Chapulín Colorado, no todos tenemos vidas épicas e interesantes, aventuras todos los días o una imaginación de primera… Si tuviera que desarrollar una historia acerca de cómo es mi vida enlatada o una ficción depresivamente fantástica, tendría todavía menos amigos que los que tengo actualmente, finalmente… el escrito acabaría con don Francisco en su puesto del baratillo en donde se vende el papel por kilo, probablemente sea comprado por una ama de casa y usado como un tapete para orines de perro.

Por último, tener un hijo…, ¿de verdad?, a como está el nivel de vida, la educación, la comida, el transporte, el clima, la falta de agua… Si aun así deseas dejar tu legado de esa forma, respetable, sin embargo, puede que aquél humano que engendraste con tanto amor y criaste con tanto esfuerzo, le acabes cayendo mal y sea completamente distinto a ti, imagina entonces que tu legado sea un árbol invasivo o marchito, un libro que va a terminar como baño de canes o un humano que lo único que tenga que decir de ti… es que eres un desgraciado; no conviene.

Ha habido y seguro seguirán habiendo infinidad de opciones distintas a estas 3 formas de trascender, el legado y la individualidad del ser humano; existen testamentos, los cuales reparten los bienes que fueron los principales ejes actanciales de tu muerte, existen las últimas voluntades, como que te conviertan paradójicamente, en un árbol, que te suelten en el mar (a sabiendas de que está prohibido tirar basura en él) o inclusive puedes ser tan específico, como para dejar estipulado que ropa quieres llevar puesta cuando te despidan; de nuevo el mismo problema, pensamos en la herencia o trascendencia material, sin embargo, quedamos totalmente fuera, al estar en una urna, un ataúd o en una lata.

Nadie, se va a acordar de nada de lo que es importante para ti.

Los hombres sabios dicen que solo los tontos se apresuran, sin embargo, esto es una afirmación contradictoria en sí misma, pareciera que la idea de un legado intelectual, no solo en una obra vomitiva artística, sino, en el área de descanso es un tema de interés común para aquellos autodenominados -sabios- o como a mí me gusta llamarles, los seres únicos. Pareciera ser que solo los inteligentes evitan discusiones, viven fluctuando entre corrientes actuales, y sobre todo, escriben epitafios.

No, no queremos convencerles de que esto es así, sin embargo, ¿no resulta estúpida la idea de hacerlo de otro modo?, donde en el único lugar que la gente puede ir a visitarte, se verá profanado por la escritura más genérica de la existencia, siendo esta más breve que un momento de gozo y más aburrida que una mañanera conferencia presidencial.

Imagina que eres un ateo extravagante que se casó por deber y no por convicción, todo el tiempo nadando a contracorriente para que al final en tu tumba se lea “-inserte nombre- amado esposo, Dios te tenga en su santa gloria, tu familia te recuerda con amor”.

Ahora imagina que la religión es un pilar importante de tu personalidad, no te gustaba salir, no te casaste y tus amigos deciden qué poner a manera de broma “El mejor desgraciado de la fiesta”, no es una mala idea; tantos años de compromiso y desarrollo sintetizado en algo que, aparte de que no te representa, compartes con otras 250 tumbas alrededor tuyo, en un panteón con una capacidad de 270 lápidas.

Si hay gente que le molesta que la masa adquiera sus gustos musicales, las películas de confort o inclusive encontrar a alguien con la misma camisa… Imagina que tengan que compartir por la eternidad de sus muertes, a manera de legado matriculado y mecanizado, una frase perpetua de despedida.

Así que no, no es cuestión de estúpidos, no es cuestión de intelectuales, no es cuestión de lobos, tampoco de ovejas, es cuestión de cuánto defiendes esa individualidad que en vida tanto profesas tener y honras tú mismo, tu único legado tangible después de dejar esta gris y frívola existencia.

 

¿Deben elegir los otros tu epitafio?

Ahora bien, nos pasamos de 65 a 80 años, tal vez menos si te alcanza la desgracia (o te toca suerte) y tal vez más, si el universo decide convertirte en una carga para el resto. Pasamos todo este tiempo construyendo una personalidad propia (pocas veces alcanzada), formando un ideal de valores que consideramos prudentes y benéficos para nuestra persona y el entorno. Nos podemos empeñar en intentar hacer bien a la sociedad, o incluso en seguir cayendo en la espiral de corrupción y podredumbre de esta, pero al final, todas y cada una de estas decisiones se van al traste porque alguien más decide qué poner en tu lápida.

Es evidente que no nos podremos ir a quejar con el desgraciado que se jactaba de querernos y al final profanó nuestro recuerdo escribiendo “Para el mejor esposo y padre que alguien pudo tener” o “El ser de luz más brillante de este planeta”. Así que, para evitarnos corajes de ultratumba, mejor decidamos en vida cómo carajos queremos que se nos recuerde; si no hay cosa que te guste más en el mundo que los chistes malos, pues rómpete la cabeza escribiendo el peor de todos. Si eres un perro corajudo en vida, y probablemente mueras de un infarto, bueno, deja un claro mensaje a todos a los que les guardas rencor, total, ni modo que te vayan a dar una madrina.

El punto de todo esto es, no deberíamos dejar que otra persona decida por nosotros nuestro único legado, por más que nuestra familia nos ame, nuestros amigos nos quieran y nuestros hijos nos admiren, esa no es su decisión.

Algunos le darán muchísima más importancia que otros al epitafio, pues todos somos infinitamente diversos, habrá quien crea en la reencarnación, quien crea en el cielo y el infierno, quien crea en las energías y quien crea que después de morir no hay nada, entre muchas otras variantes, sin embargo, creemos que esa breve inscripción de palabras es lo verdaderamente único que dejaremos como esencia en esta tierra. Ni nuestra casa de Infonavit, ni los 3 depas en Vallarta que tal vez conseguimos con dinero sucio, ni el carro de nuestros sueños por el que ahorramos toda una vida.

Sí, claro, esto se lo dejamos a nuestros hijos y/o familia, pero realmente son cosas extremadamente ajenas a nosotros, nada de eso se queda en nuestra esencia. Y qué padre que cuando tu morro se trepe a ese Challenger naranja se acuerde de ti, pero un recuerdo y una esencia no son lo mismo, igualmente ese carro lo va a terminar vendiendo cuando deba casarse porque se le chispoteó y necesite dinero, en ese momento tú y tu recuerdo, a chiflar al cerro.

Por eso es importante generar en vida una personalidad auténtica, que se pueda reafirmar en texto cortito. Asegúrate de dejar escrito tu epitafio, díselo a todos tus seres queridos y déjalo estipulado en tu testamento. Esfuérzate y escribe ese chiste terrible que te recuerde, escribe el peor insulto dicho sobre la faz de la tierra o escribe ese poema nihilista súper oscuro, pero asegúrate que todo conduzca a ti. Así te asegurarás de que cuando pasen varios años y ya ni tus hermanos, amigos, cónyuge o inclusive tus hijos te vayan a visitar al panteón, tendrás la seguridad de que alguna persona que esté de paso te lea y diga “Tssss, ese vato si le sabía”.

 

¿A quién le importa el epitafio?

 La contemplación es una de las habilidades que con el paso del tiempo se van afinando o atrofiando, su función es compensar el aburrimiento o la calmada espera para ejercitar la imaginación. Como muchas cosas que nos conforman, la contemplación obedece al entorno en donde uno se encuentre, por ello, mientras más estéticamente percibido sea un objeto, será más contemplado, sin embargo, cuando un objeto resulta más perturbador o grotesco, puede incluso no ser contemplado, sino directamente evitado. El mejor ejemplo es la muerte y sus símbolos, los cuales son observados por respeto e ignorados posteriormente cuando el duelo enardece, es así como la contemplación y la muerte parecieran opuestamente complementarios, teniendo ambos una esencia muy antónima entre sí. Y hace sentido al notar que la contemplación pertenece a la lentitud, al enfoque y a la prioridad en torno al ser y espectar. En cambio la muerte resulta fugaz, disruptiva y carente de prioridad para aquel que la puede experimentar.

Por ello el epitafio, no sólo resulta ser un pensamiento o una palabra dicha al azar previo al último gran viaje, sino un reto a la muerte, una forma de transformar el mismo concepto de óbito, y a través de una fusión, volverlo uno con la contemplación, convirtiendo la muerte en una nueva forma de ser y de espectar, de forma lenta y constante.

No obstante, el epitafio importa, no sólo para aquel que lo piensa, sino para aquel que lo especta. Es un acto valiente para afrontar todos esos asuntos que no podrán ser resueltos de otro modo, es imaginación para el que vuela, son señales para el que busca, son emociones para el que las está conteniendo y son duelos para el que sigue luchando.

La forma en la que nos retiramos de la existencia puede no ser algo sobre lo qué podamos decidir en todo momento, sin embargo, acercar el tema a una acción tan esencial y sencilla como contemplar es la mejor forma de seguir, de continuar viviendo y muriendo, sabiendo que aunque disruptiva, la muerte sólo es un momento, tal como lo es sentir, observar o vivir.

 

Post data

En congruencia con lo mencionado en este escrito, los colaboradores dejamos aquí constancia de nuestros epitafios:

Óscar: Nunca pedí la vida, y me llegó. A veces pedí la muerte, y también me llegó.  Sin embargo, SIEMPRE pedí 17 millones de pesos y jamás me llegaron.

Alex: Nunca supo lo que quiso, quería saberlo todo, y pasó su último aliento sabiendo que debió decir “te quiero” más a menudo.

Rodrigo: Tengo la esperanza de que mientras pienso esto, y tú lo lees, podemos estar juntos, aunque sea por unos segundos.

Kevin: Se quedan las olas, la menta, el violeta, las chelas y los fantasmas. Formado por ellas y deshecho por mi pasión de poseerlas. Imagíname despeinado corriendo al mar.

Miguel: Silencio, soledad, eternidad, qué aburrida y estúpida trinidad, hasta ahora lo sé.

 

 

 

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