
Adrían Barragán · Médico Cirujano
Hace un par de meses, por fin llevé a enmarcar mis títulos académicos. Después de varios años de haber egresado de la licenciatura y del bachillerato, decidí desempolvar aquellos documentos en forma de pergamino medieval, impresos en cuero de quién sabe qué animal, que había guardado debajo de la ropa, en el rincón más alto del clóset de mi cuarto.
Todo esto surgió porque, durante las consultas, notaba que los pacientes miraban las paredes como buscando algo. En mi cabeza rondaban mil ideas: “¿Será que necesito pintar el consultorio?”, “¿No les gustó el color?”, “¿Se paró un zancudo y no me di cuenta?”. Pero al final, tras el interrogatorio de rutina, la consulta se relajaba y los pacientes confiaban en mi palabra.
Un día decidí sentarme en la silla del paciente, del otro lado del escritorio, para ver qué estaban buscando. Y claro, faltaba algo básico en cualquier consultorio: mi título de Médico Cirujano, que llevaba guardado cuatro años, exactamente como lo dejé cuando lo recogí en la facultad. Esa observación me llevó a escribir esta reflexión.
Confieso que llevé a enmarcar dos títulos: el de licenciatura y el de bachillerato. Aunque después tuve que reenmarcar el segundo, ya que necesitaba colgar un reconocimiento obligatorio por norma del consultorio. Lo curioso es que elegí enmarcar también el de la preparatoria porque, para mí, representó un esfuerzo mayor que la universidad. Fue una etapa de retos personales más duros y, de algún modo, quería honrarlo. Fue mi manera de recordar lo lejos que he llegado, gracias a las oportunidades, posibilidades y privilegios que he tenido.
También soy de quienes piensan que un título no significa nada… pero a la vez, significa todo. Representa más de la mitad de tu vida levantándote de madrugada, a veces bajo lluvia o frío, recorriendo largos trayectos para llegar a clases, tratando de entender materias que muchas veces sentías irrelevantes. Representa noches desveladas, copiando apuntes, sacrificando fines de semana, rechazando reuniones familiares, sintiendo ansiedad por un examen, preocupándote por no perder un verano o las vacaciones por una materia.
Más aún si necesitas que trabajar para pagar tu carrera, ser tu propio héroe, invertir tu tiempo, tu juventud y tu dinero. Todo eso debería significar algo.
Debería significar que hemos vivido con fuerza, con templanza, con fe, con paciencia, y a veces con suerte. Que hemos superado obstáculos, que nos hemos convertido en personas de conocimiento, y que hemos tenido la fortuna de contar con maestras y maestros que, incluso sin habernos dado clase, compartieron un pedazo de su sabiduría con nosotrxs. Personas que dejaron el ego y la competencia de lado para regalarnos parte de su experiencia.
Ya con los títulos listos para colgar, me vino otra reflexión: por más que hayamos tenido a los mejores maestros o egresado de las mejores instituciones, lo que realmente habla por nosotros no es un pedazo de cuero enmarcado colgado en la pared. Lo que habla de nosotros es nuestra bondad y nuestra calidad humana.