
Daniel Afanador Lozano – Maestro de Música
Ser músico es descubrir que las frustraciones también se convierten en historias: entre la queja y la risa, entre el sarcasmo y la confesión. En esta columna comparto cómo los «cuentos fantásticos» que inventamos para justificar por qué no pegamos —la suerte, el equipo caro, los maestros que no enseñan, los resentidos eternos— terminan siendo espejos de lo que sí nos mueve: la constancia, los aliados inesperados y las ganas de seguir tocando, aunque sea por pizzas o cheves.
🎸 ¿Qué significa realmente fracasar en la música? 🍕 ¿Cómo puede un hueso mal pagado convertirse en marketing real? 💥 ¿Qué sucede cuando la pasión pesa más que el talento y la disciplina vence al resentimiento?
Descúbrelo en este texto confesional, donde las quejas se transforman en memoria y las frustraciones se convierten en una conclusión: ¿Por qué no pego en la música?
¿Por qué no pego en la música? Y otros cuentos fantásticos
Querido lector:
Cada vez que me pregunto «¿por qué no pego en la música?», me brotan quejas disfrazadas de cuentos fantásticos. No son capítulos; son pensamientos que se me atraviesan como desvelos: la amistad que se rompe por dinero, el mito del equipo caro, la conspiración de los resentidos, la suerte que nunca llega, los maestros que no son maestros, la víctima eterna que nunca actúa, el marketing real que no está en los logos, sino en salir a tocar; los aliados inesperados que terminan siendo tu verdadero equipo y la constancia que vale más que cualquier virtuosismo.
Nada dice rock and roll como un excelazo con ganancias y un ego que quiere brillar más que la música. La hermandad se va al carajo y cada quien toma su camino; ahí empieza la primera frustración. Después viene el mito del equipo caro: de nada sirve la guitarra más costosa si la tocas como karaoke de camión. Una bocina no te cambia la voz; solo hace que tus gallos suenen más claritos. El secreto nunca estuvo en la etiqueta del precio, sino en ensayar hasta que duelan los dedos.
Y, claro, no falta la conspiración. Los resentidos profesionales creen que todo son palancas, sobornos y contactos secretos. Como bien escribió John Powell en ¿Por qué temo decirte quién soy?: «El resentido emplea todas sus energías en resentirse, y por eso no suele conseguir gran cosa». Yo lo confirmo: mientras ellos se desgarran en quejas, yo sigo haciendo lo único que importa… tocar, tocar y volver a tocar.
La suerte, ese cuento de hadas que nunca llega. La fantasía de que un hada madrina musical va a tocarte la puerta mientras tú no ensayas ni te presentas en ningún lado. La suerte multiplica el trabajo, no lo sustituye. Pero, claro, es más cómodo esperar sentado a que la fortuna te descubra que cargar el amplificador y buscar dónde tocar.
Y luego están los maestros que no son maestros. «La verdad es que se pierde el tiempo enseñando a principiantes», me dijo un camarada que presume mucho, pero no se atreve a salir de su zona de confort. Ganas no le faltaban a mi madre para darle una cachetada. Porque gritarle a tu equipo de trabajo no es didáctico ni pedagógico, aunque lo disfraces de clase.
Pero, como hay poca chamba y escasean los espacios para conciertos, uno tiene que buscar la papa donde haya oportunidad. Tal vez no sea su pasión cantar misas, pero ahí andan los muchachos, porque «hueso es hueso», aunque me pidan que cante «las del Shrek». No hay fijón: para todos hay trabajo y ni se fijan en lo que toco y en lo que no toco. No hay de otra: toca atorarle a lo que salga.
La víctima eterna siempre tiene un argumento listo: que la vida es injusta, que no hay oportunidades, que todo le sale mal. Es como Moe Szyslak, de The Simpsons, que lo resumió con brutal honestidad: «Me voy a morir feo, solo y muerto». Esa es la filosofía del músico que nunca ensaya, nunca busca dónde tocar y nunca se arriesga, pero exige que el mundo lo reconozca. El problema no es la mala suerte; es la inacción.
El marketing real es salir a tocar. Sí, hay que aceptar «huesos» por las cheves, por las pizzas, por la promoción o por la venta de boletos. La idea no es tener cuarenta años y seguir con esa dinámica para sacar adelante a tu banda emergente, pero sí que tu grupo adolescente sea algo más que un conjunto de cubetazo de $150. Porque el verdadero marketing no está en las tarjetas de presentación ni en el logo bonito, sino en la disciplina de presentarte en vivo, aunque el pago sea un cartón de chelas.
Y lo más curioso es que el verdadero equipo no siempre está formado por tus amigos de toda la vida ni por los colegas que se creen estrellas. A veces, la gente que menos esperas es la que realmente te ayuda a llegar mucho más lejos. No necesitas al músico más virtuoso; necesitas a la persona que se apasiona por tu proyecto, que se queda cuando no hay glamour, que carga el amplificador contigo y que ensaya aunque nadie lo vea. De entre ellos, tarde o temprano, surge el equipo que estará contigo desde la banqueta hasta los escenarios más lujosos.
Recuerda también el inicio: cuando decidiste ser músico tenías una gran sonrisa en el rostro y el corazón latiendo con fuerza. Eso sí: no tenías instrumentos, bocinas, cables, mezcladoras ni accesorios. Quizá solo contabas con un teclado y un amplificador de 25 W. Pero esas ganas de salir adelante eran más grandes que cualquier otra cosa, y eso sí hace vibrar las paredes y las ventanas; eso sí hace que el mundo se mueva. No como quedarte en tu cuarto grabando videos sobre cómo lloras porque tu carrera no ha sido como la imaginaste en tantos cuentos fantásticos.
Cualquier músico que haya triunfado y siga en el camino te dirá que el secreto fue almorzar, comer y cenar música. También desvelarse y dedicarle jornadas enteras sin piedad. Dejar cualquier actividad porque el instrumento te llama, porque no puedes estar quieto, porque ansías terminar
tus deberes «primordiales» para correr a tocar. Porque eso que no podías resolver ni en sueños, de pronto lo logras. Mientras otros prefieren dormir ocho horas, tú sí vives el sueño.
Recuerda las noches enteras de desvelo, porque la adrenalina era tan grande que, ensayando en tu comedor, ya podías verte en las grandes ligas. Y eso que ni en tu cuadra sabían que eras músico. Recuerda las lágrimas por proyectos fallidos, por eventos que no salieron, porque se fue la luz, porque olvidaste el cable de alimentación, porque el taxi nunca llegó o porque te equivocaste frente a toda la escuela. Recuerda que nunca fueron suficientes para rendirte; que el coraje y las mentadas de madre te levantaron; que no te ibas a dejar y que ese sueño lo ibas a cumplir.
Y aquí está la confesión final: no se trata de pegar, se trata de trascender. No de esperar la suerte, sino de vivir el sueño despierto, aunque duela, aunque frustre, aunque te deje sin dormir. Es cuestión tuya, querido. Recuérdalo siempre: «Lo imposible solo cuesta un poco más».