A propósito de la vista del Papa al parlamento Español

Alejandro Maldonado Hernández- Maestro de UNIVA Campus Online

HUMANISMO CRISTIANO Y EDUCACIÓN

A propósito de la vista del papa al Parlamento español

Con motivo de la visita del papa León XIV a España, el 8 de junio de 2026, Su Santidad pronunció un discurso ante representantes de las instituciones del Gobierno español. A partir de dicho mensaje, este texto busca recuperar algunas de las ideas fundamentales que orientan la reflexión del Pontífice, especialmente tres ejes centrales: la Iglesia camina con la humanidad; la dignidad de la persona humana como valor inalienable; y la urgencia de la búsqueda del bien común.

Estas tres ideas se ponen en diálogo, de manera sucinta, con algunas reflexiones fundamentales de Émile Durkheim, Paulo Freire y Martha Nussbaum, cuyas aportaciones resultan especialmente relevantes para comprender los desafíos contemporáneos de la formación humana.

La reflexión adquiere particular interés en el contexto de la identidad de la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA), institución que asume el paradigma de las humanidades inspirado en la tradición cristiana y que encuentra en esta perspectiva uno de los fundamentos de su proyecto educativo.

La Iglesia camina con la humanidad

El papa León XIV inicia su discurso afirmando que la Iglesia está al servicio de la persona humana y que camina junto a la humanidad en sus esperanzas y heridas, escuchando los interrogantes de cada época y dejándose interpelar por todo aquello que concierne a los sufrimientos y desafíos de nuestro tiempo (El Mundo, 2026, 37:54). Estas palabras evocan directamente la visión eclesiológica expresada por el Concilio Vaticano II en la constitución pastoral Gaudium et spes, donde se afirma:

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son también los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón (Concilio Vaticano II, 1965/2013, GS, n. 1).

Desde esta perspectiva, la Iglesia no se comprende como una realidad separada del mundo, sino como una comunidad que participa activamente en la historia humana. Su misión consiste en acompañar a las personas en la construcción de una sociedad más justa, solidaria y fraterna, reconociendo la dignidad de cada ser humano y promoviendo las condiciones necesarias para su desarrollo integral. Es desde esta perspectiva que puede comprenderse el humanismo cristiano, cuyo fundamento último se encuentra en la persona de Cristo.

Como señala León XIV, retomando la doctrina conciliar, el respeto a la autonomía de las realidades temporales (El Mundo, 2026, 38:25) no significa que estas pierdan su orientación hacia el servicio de la persona humana. Por el contrario, mediaciones como la política, la economía o la educación encuentran su verdadera razón de ser cuando se ponen al servicio del bien de todos.

En este sentido, la educación posee un horizonte más amplio que la simple transmisión de conocimientos. Como señaló Durkheim, la educación contribuye a la construcción del ser social, integrando a las personas en una conciencia colectiva que hace posible la convivencia humana (Durkheim, 1975). Así, la formación no solo transmite saberes, sino que también configura formas de participación y pertenencia social.

La dignidad de la persona humana como fundamento de una antropología integral

En el contexto de su discurso, el Papa subraya la importancia de una visión de la persona en

la que:

…no solo es posible mirar al ser humano como algo más que una pieza del orden social, económico, político o técnico, sino también reconocerlo como criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal puede extinguir; en otras palabras, como alguien cuya dignidad precede a toda utilidad (León XIV, El Mundo, 2026, 40:42).

Esta afirmación resulta particularmente significativa. Por una parte, denuncia la mercantilización de la persona y aquellas estructuras que reducen al ser humano a un instrumento para la consecución de fines económicos, políticos o técnicos. Por otra, reafirma la dignidad humana como fundamento de una visión antropológica integral, es decir, de una comprensión del ser humano que promueve formas de vida, relaciones e instituciones capaces de sostenerse en el tiempo respetando la centralidad de la persona.

En este contexto, la educación no puede entenderse como una actividad neutral. Como sostiene Paulo Freire en La naturaleza política de la educación, toda práctica educativa responde, de una u otra manera, a intereses sociales, culturales y políticos (Freire, 1990). Una educación reducida exclusivamente a criterios pragmáticos, economicistas o excesivamente positivistas corre el riesgo de fragmentar el conocimiento y perder de vista el sentido profundo de la formación humana.

Por el contrario, educar implica siempre una dimensión ética y política orientada a la dignidad de las personas, la justicia social y la construcción de una sociedad democrática. En palabras de Emmanuel Mounier:

La educación tiene como misión despertar personas capaces de vivir y comprometerse como personas (Mounier, 2014, p. 437).

La búsqueda del bien común

En un contexto global marcado por conflictos armados, exclusión social, discursos supremacistas, criminalización de las personas migrantes y diversas formas de violencia, la recuperación del sentido del bien común adquiere un carácter de urgente necesidad.

El bien común es, en cierto modo, la expresión social de la dignidad humana. No consiste en la mera suma de intereses particulares, sino en el conjunto de condiciones sociales que permiten a las personas y a las comunidades alcanzar de manera más plena su desarrollo. Cuando el bien común deja de constituir un horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses particulares incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos (León XIV, El Mundo, 2026, 49:03).

Esta pérdida del sentido del bien común suele estar vinculada a modelos educativos orientados predominantemente por criterios de rentabilidad económica. Siguiendo a Martha Nussbaum, las democracias contemporáneas corren el riesgo de debilitarse cuando promueven una educación carente de formación humanista y centrada exclusivamente en la productividad y la eficiencia (Nussbaum, 2010).

En este modelo, las artes y las humanidades suelen ser consideradas prescindibles por no responder de manera inmediata a criterios de utilidad económica. La pregunta «¿de qué vas a vivir?» suele utilizarse para desacreditar aquellas disciplinas cuyo valor radica precisamente en su capacidad para desarrollar el pensamiento crítico, la imaginación moral y la comprensión de la complejidad humana.

Nussbaum advierte que las sociedades pueden terminar formando individuos altamente productivos, pero incapaces de pensar críticamente, comprender la diversidad o participar activamente en la vida democrática. Sin pensamiento crítico, empatía y diálogo fecundo, resulta imposible construir el bien común que hoy reclama con urgencia la realidad social contemporánea.

Conclusión

Para la tradición cristiana, la educación siempre ha ocupado un lugar privilegiado. La universidad, vinculada en sus orígenes a la búsqueda de la verdad y al desarrollo integral de la persona, ha evolucionado hacia un espacio de creciente autonomía donde una fe razonada puede dialogar fecundamente con las culturas, las ciencias y las artes, contribuyendo a la transformación de la sociedad.

En el ámbito universitario se juegan cuestiones fundamentales para el presente y el futuro de nuestras comunidades: profundas transformaciones culturales, desafíos inéditos y nuevas preguntas sobre el sentido de la vida humana. Por ello, la Iglesia no puede dejar de considerar estos espacios como parte de su misión evangelizadora (Congregación para la Educación Católica, 1994).

Frente a las tendencias que reducen al ser humano a un recurso económico, político o técnico, la concepción integral de la persona —cuya dignidad es anterior a cualquier criterio de utilidad— debe orientar los procesos educativos y sociales. En consecuencia, una educación inspirada en el humanismo cristiano ha de promover el pensamiento crítico, la justicia social, la participación democrática y la formación ética, evitando caer en reduccionismos tecnocráticos o meramente pragmáticos.

Ante fenómenos como la violencia, la exclusión y la fragmentación social, las humanidades y la educación humanista se presentan como medios indispensables para formar ciudadanos capaces de diálogo, solidaridad y compromiso democrático, condiciones necesarias para construir una sociedad más justa y fraterna.

En este sentido, el humanismo cristiano y la educación convergen en una misma misión: promover la dignidad humana y el bien común mediante una formación integral que permita a las personas desarrollarse plenamente y contribuir responsablemente a la construcción de una sociedad más humana, democrática y solidaria.

 

Referencias

Concilio Vaticano II. (2013). Gaudium et spes: Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual. Biblioteca de Autores Cristianos. (Trabajo original publicado en 1965).

Congregación para la Educación Católica, Consejo Pontificio para los Laicos, & Consejo Pontificio de la Cultura. (1994, 22 de mayo). Presencia de la Iglesia en la universidad y en la cultura universitaria. Ciudad del Vaticano.

Durkheim, É. (1975). Educación y sociología. Península.

Freire, P. (1990). La naturaleza política de la educación: Cultura, poder y liberación. Paidós.

Mounier, E. (2014). El personalismo. Antología esencial. Sígueme.

Nussbaum, M. C. (2010). Sin fines de lucro: Por qué la democracia necesita de las humanidades. Katz Editores

El Mundo. (2026, 8 de junio). Histórico discurso del papa León XIV en el Congreso de los Diputados [Video]. YouTube.

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