Francisco R. Gómez Puente Colomina – Ensayista

«MUSIC IS GOD´S VOICE»  

Brian Wilson (1942 – 2025) 

 

A MANERA DE INTRODUCCIÓN 

Es un hecho innegable que la música estará siempre presente en nuestras vidas, así sea en una canción de cuna, como en una marcha fúnebre. La música nos vincula con los recuerdos gratos, pero también desafortunadamente con los desagradables, nos transporta a escenarios ya vividos, pero asimismo a aquellos que solo forman parte de nuestros sueños, nos evocan rostros que ríen y rostros que lloran, es tan vital que llega al punto de que nos afecta tanto en la salud física como en la mental y la emocional; tal y como Imma Rabasco cita en su libro Reir y Vivir a Alice Herz-Sommer, superviviente del Holocausto: «Las personas que no tienen ninguna relación con la música son pobres: No conocen la cosa más bella de la vida, del arte. Mejor que la pintura o la escritura. La música te lleva a otro mundo». 

 La música va más allá de las palabras, representa un lenguaje superior, un idioma universal cuyo efecto actúa sobre lo más íntimo de cada uno de nosotros, efectivamente es más penetrante y poderosa que el influjo de las otras bellas artes, así como lo señala Arthur Schopenhauer, filósofo alemán del siglo XIX, en su ensayo Pensamiento, Palabras y Música, refiriéndose a la música como un género aparte de las bellas artes; toda vez que “no se trata de una copia o reproducción de una idea de la esencia íntima del mundo”. De hecho, Schopenhauer va más allá al señalar que “la música es del todo independiente del mundo fenoménico; lo ignora por completo y podría, en cierto modo, seguir existiendo, aunque el mundo no existiera”. Señala este filósofo que “la música es una representación de la voluntad misma”, es “el lenguaje del sentimiento y de las pasiones, así como las palabras son el lenguaje de la razón” y le confiere “un valor tan elevado como la panacea de todas nuestras penas”. 

Por supuesto que en lo personal a mí siempre me ha resultado muy clara mi afición por el rock, crecí con él, no puedo negarlo, ya que desde mi adolescencia me apasionó por tratarse este de un género musical fuerte, vigoroso, cargado de ritmo, con un alto contenido social, y así he podido disfrutarlo ampliamente al escuchar con intensidad sus acordes a través de los diversos dispositivos que iban saliendo constantemente a mi encuentro, así fuera a través del radio, los discos de vinilo de 45 y 33 RPM, las arcaicas cintas magnéticas, ya fueran estas en formato de ocho pistas o en casetes montados en el infaltable y portable Walkman, e incluso presenciar el surgimiento de los versátiles discos compactos ahora en decadencia, pero también me he deleitado al ver ejecutarse el rock en vivo, en algún foro, o bien en grabaciones a través del cine y la televisión, y posteriormente recrearlo en no sé cuántas disfrutables ocasiones por medio de los discos láser y cintas de video, en formato Beta y, posteriormente, en VHS, y hasta en los más prácticos y ahora agonizantes discos DVD, sin pasar por alto lo más actual en oferta de música grabada como los servicios de distribución digital como Spotify. 

 Por supuesto que siempre estoy ávido por conocer más acerca del rock, sobre todo de aquellos subgéneros y bandas e intérpretes que son de mi especial interés, así es que he devorado con deleite casi todas las revistas especializadas que se publican desde mi juventud, como las legendarias Dimensión, Conecte y Piedra Rodante, en donde colaboraban escritores de la talla de José Agustín y Parménides García Saldaña, y hasta algunas otras un tanto descafeinadas como Pop y México Canta, en las cuales yo iba segregando los artículos que eran de mi interés; justo es mencionar que los libros acerca de este tema tardaron mucho en llegar a mis manos, y en un principio se trataban exclusivamente de algunas biografías mínimas de las catalogadas como estrellas del rock con las letras de algunas de sus canciones, como fue el caso de obras sobre The Beatles, Jim Morrison o Jimi Hendrix. Hubo que esperar algunos años, para tener la posibilidad de allegarme de algunos libros más profundos y por supuesto, ver surgir publicaciones en aquello que en un principio denominaban “la carretera de la información”, el actualmente vital y universal internet. 

Así es que para mí, el rock también se encuentra cargado de una dulce nostalgia, en la que se entremezclan canciones, rostros, portadas de discos, así como lugares, eventos, tertulias, amigos y compañeros con quienes he compartido esta afición, por eso viene a mi memoria con mucha claridad la primera estación de radio que yo escuché sentado en la sala de mi casa en la ahora denominada Ciudad de México, con la programación de este género, en la emisora 590 de la amplitud modulada, conocida como La Pantera de la Juventud, además de seguir la programación de radio en el cuadrante 660 de Radio Juventud, y por supuesto mi estación preferida la emisora Radio Capital, la Discoteca de la Gente Joven en el 1260 de amplitud modulada, con programas de radio que representaban una auténtica vanguardia del rock, como el legendario programa nocturno “Vibraciones”; también recuerdo el primer disco que pude comprar, este fue un vinilo de 45 RPM, con la enigmática y, en ese entonces, larguísima canción “Suzie Q”, de los Creedence Clearwater Revival, así como la primera revista de rock que adquirí hace más de 50 años en el puesto de periódicos, Dimensión, una revista de tamaño tabloide que aún conservo y que en la portada de ese número inaugural decía, parodiando sin duda el anhelo que todos los años en su aniversario luctuoso también guardan muchos mexicanos seguidores del ídolo Pedro Infante: ¡Jim Morrison no ha muerto! 

                         Portada del número 1 de la revista “Dimensión”, agosto 6 de 1971 

 

  1. ¿QUÉ ES ESO QUE LLAMAMOS ROCK? 

Antes de iniciar este viaje de descubrimiento o redescubrimiento del rock, me gustaría dejar claro, que no nací con el rock, este desde algún lugar de los Estados Unidos, ya había dado enormes pasos, desde su lejano nacimiento en 1951 y en donde echando a volar un poco la imaginación, puedo ver a este género contando con su propia acta de nacimiento, y con el nombre de sus progenitores inscritos en ella, sin duda, su padre fue  Chuck Berry, empero, en cuanto a la madre, existen algunas discrepancias, ya que algunos señalan a Wanda Jackson y otros a Rosetta Tharpe, aunque para mí, su madre sería la famosa “Bruja Cósmica” la texana Janis Joplin; si bien es cierto, ella brilló de manera efímera varios años después del nacimiento del rock, yo la consideraría entonces en algo así como su madre adoptiva. Justo es mencionar que el rock también cuenta con venerables ancestros, como lo son los subgéneros Rhythm and Blues, Gospel, Country y algunos otros un poco más lejanos, aunque también influyentes como el Jazz y el Folk. 

En sus inicios, el rock nace como una moda más bien bailable muy similar al Swing, y fue bautizado entonces como Rock and Roll, a pesar de ello, con el tiempo la denominación se simplificó para ser reconocido mundialmente como rock. Sin embargo, cuando yo me encontré cara a cara con el rock, pude constatar que su origen surgía como una expresión de las entrañas mismas del pueblo, pero también desafortunadamente pude ser testigo de que este género sufría un desprecio, al igual que otros géneros musicales, que fueron históricamente rechazados en sus inicios, por aquellos que se autoconsideraban las elites sociales, quienes secundados por hordas de irreflexivos sectarios luchaban por crear un cerco alrededor de este nuevo género para matarlo poco a poco por inanición; así pretendieron hacerlo en su momento con el Blues, con el Tango y con el Jazz, y en la segunda mitad del siglo XX ahora le correspondió vestir ese sambenito al rock. 

Y es que estos 70 años de vida han sido realmente tortuosos para el rock, y así lo han venido acompañado a lo largo de su carrera, provocando que este género musical, debido a ese desprecio, se mantuviera por muchos años en la clandestinidad, y desafortunadamente, esos múltiples ajusticiamientos que cegaron a millones de personas, de una u otra manera, aún persisten, es así que las descalificaciones y los señalamientos desmesurados han permeado hasta nuestros días; las críticas compulsivas que se empeñan en extender a cada momento de manera anticipada el acta de defunción del rock, augurándole en una visión apocalíptica pocos años de vida, formulando para tal efecto, sendas y sesudas declaraciones en su contra, a quienes montados en su diabólico caballo y lanza en ristre, lo han condenado con declaraciones contundentes como: El éxito del rock será efímero, se trata solamente de una racha; El rock es un ritmo mediocre, es solamente ruido, sin armonías y con letras de contenido inmoral, declaraciones a la ligera como la de Frank Sinatra quien afirmaba que “El rock es un afrodisiaco que apesta a rancio”, incluso el muralista mexicano David Alfaro Siqueiros también se formó en el pelotón de fusilamiento: … el rock y sus derivados tienen a la juventud mexicana al borde de una crisis moral insalvable (sic). 

Este desprecio al rock no solo se ha dirigido a aspectos incidentales como la vestimenta que portan algunos músicos, o sus cortes de cabello estrafalarios o el tipo de baile desenfrenado (sic) con el que se acompañan, sino que desafortunadamente van cargados de prejuicios raciales, recordando que en sus orígenes, en los Estados Unidos, el rock era seguido mayoritariamente por jóvenes de clases bajas y grupos étnicos minoritarios como los afroamericanos y los latinos. 

Como olvidar aquella declaración apócrifa, atribuida a Elvis Presley, el denominado “Rey del rock”, que crea una herida profunda en el alma chauvinista de algunos mexicanos, al decir -según sus detractores- “Prefiero besar a tres negras que a una mexicana”, seguida esta supuesta declaración de protestas, de inquisitorias quemas de discos y boicot en las estaciones de radio; sin caer en la cuenta de que esta reacción sí que era en verdad asquerosamente racista. 

Ciertamente, algunas de esas descalificaciones han sido involuntariamente alimentadas por los propios grupos de rock y por sus seguidores, aunque se trate de hechos aislados, pero que no dejan de ser lamentables y para muestra basta un botón, como el caso del tristemente célebre concierto de 1969 de The Rolling Stones en Altamont, California, en donde un joven afroamericano es asesinado brutalmente en el escenario mismo por el grupo de motociclistas The Hell´s Angels, quienes -absurdamente- habían sido contratados para preservar el orden en dicho concierto. 

También han existido declaraciones desafortunadas, que contribuyeron a fincar una leyenda negra en torno al rock, como aquel comentario controversial de John Lennon, quien en una entrevista en agosto de 1966, afirmó que los Beatles se habían vuelto más populares que Jesucristo, lo que provocó que un gran número de estaciones de radio en Estados Unidos promovieran un boicot en contra de la música rock, así como encender las hogueras en donde se quemaron miles de discos y souvenirs por hordas de seguidores indignados ante tales declaraciones. 

La etiqueta “rock” se convirtió en muchos países y por supuesto en México, en un sinónimo de barbarie, de violencia, de rebeldía mal encausada, de promoción a la agitación, de disolución social, de delincuencia y por supuesto, como una manifestación marginal que “no tenía nada que ver con la cultura” y en dar acta de naturalización, como citaba el escritor José Agustín “… a una juventud sociológica y psicológicamente enferma”. Contribuyendo también en este linchamiento, la exhibición de películas que crearon un falso estereotipo del seguidor del rock, como The Wild One con Marlon Brando como protagonista o Rebel Without a Cause con el malogrado actor James Dean. 

De tal forma, que en nuestro país la consigna en contra del rock también fue adoptada y seguramente con una mayor vehemencia, orquestada a través de la mayoría de los medios de comunicación, líderes de opinión y dirigentes políticos, quienes tomaron con mayor fuerza el proceso de embestidas totalmente desproporcionadas, en contra de todo aquello que tuviera un tufillo a rock. A pesar de ello y después de vivir durante casi 20 años en un completo abandono, promovido por las compañías disqueras nacionales y las estaciones de radio y televisión, quienes suplantaron a los auténticos representantes del rock, con productos tan grotescos como la película Los chiflados del rock, en donde los papeles estelares correspondieron a los nadarockeros Agustín Lara, Pedro Vargas, Luis Aguilar y el buen “Piporro”. 

Sin embargo, a principios de la década de los 70 se abre una gran posibilidad que permitiría reivindicar al rock en nuestro país, y para tal efecto las autoridades dan visto bueno a la organización de un Festival de rock y Ruedas, en el legendario Avándaro, en Valle de Bravo en el Estado de México, para el mes de septiembre de 1971, desafortunadamente, días antes se produce un hecho que marca nuevamente con sangre la historia de México, el fatídico 10 de junio de 1971, el “Jueves de Corpus Sangriento” en el que el gobierno en turno reprime a balazos una marcha estudiantil, con el resultado de 120 personas fallecidas y cientos de heridos. Se tenía que hacer algo para acallar a la opinión pública que reclamaba la aclaración y castigo a los culpables de esta nueva matanza estudiantil, y el “chivo expiatorio” estaba ya esperando como una víctima propiciatoria: los «jóvenes desorientados seguidores del rock», y por supuesto, la proximidad de un festival de rock, como un escenario perfecto. Esa fue la línea desde las más altas esferas del poder en México.  Sin embargo, a pesar de todo y con añoranza recuerdo la inscripción al reverso de los boletos de ingreso a este festival, y que queda como un lema que una vez concluida la cita de Avándaro se quiso ensuciar: “El que está a tu lado es tu hermano, si lo hieres eres tú quien sangra”. 

El festival de rock en Avándaro se llevó a cabo en la fecha programada, aunque por diversas razones no tuvo efecto la segunda parte consistente en una carrera automovilística, aun cuando las únicas muertes registradas fueron las de dos personas atropelladas en la carretera, la consigna en contra del rock estaba en el aire, así es que el bombardeo mediático se orquestó con toda precisión una vez que concluyó el malogrado festival: “Avándaro, asquerosa orgía hippie”, “Infame éxtasis de inmoralidad”, “Un festival sumido en el infierno de la autodestrucción masiva, de la infamia, de la vil y total explotación de adolescentes y jóvenes”, “Las pocas damas que asistieron a Avándaro se comportaron como vulgares mujeres de la calle” (sic). 

    Portadas de publicaciones diversas refiriendo el festival de Avándaro 
https://www.gaceta.unam.mx/un-festival-pacifico-pero-subversivo/ 

 

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