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Edgar Sepúlveda Robledo · Ingeniero mecánico-eléctrico

 

Cogió la cuchara desde en plato de plástico. El caldo estaba frío y la grasa coagulada sobre la superficie. Apenas pudo llevarse la primera porción a la boca cuando el dolor le hizo cerrar los ojos y lanzar algo parecido a un gemido hueco. El cuarto, hecho de láminas de cartón asfaltado, apenas se iluminaba desde el foco de treinta Watts que colgaba en una esquina. Olía a leña y el calor se sentía húmedo. Yatzil adolorida, apretó los músculos de la cara y del cuerpo mientras intentaba lidiar con el ardor de las heridas dentro de su boca. El dolor en sus pómulos hinchados, como a punto de reventarse, le provocaba una punzada que le proyectaba un malestar intenso en la espalda baja. Su pelo completamente desaliñado podría permitir mirar lesiones rojizas y amoratadas si la iluminación fuera más favorable. Su blusa de manta bordada, percudida a causa del tiempo sin lavandería pero también por la revolcada que había sufrido sobre el piso de tierra, estaba hecha girones y poco le faltaría para desprenderse de un solo tirón. Una segunda cucharada se alineó temblorosa con sus labios inflamados. La sangre aún estaba fresca. Sabía que tenía que comer para aliviar la debilidad causada por los días de ayuno. Su cuerpo seguía tembloroso. Su rostro estaba percudido y avejentado, producto de una vida de dificultades y pobreza. Sus ojos rojos, de algo parecido al llanto, estaban vacíos. Un llanto sin lágrimas, hueco, mudo, como es el llanto de esa clase de personas olvidadas por la sociedad, como son las mujeres indígenas. Sus ojos estaban marchitos. Si alguien pudiera verlos sin contexto, diría que son los ojos de un muerto, negros y profundos, ufanos.

Conforme tragaba podía sentir los golpes en el cuello y cuanto más tiempo pasaba, el efecto de la adrenalina mermaba el dolor, pero este, en otras partes del cuerpo como piernas y brazos, se hacía patente. Había sido una golpiza que le propinó Joaquín, su esposo, a lo largo de casi una semana, mientras la mantenía encerrada en el gallinero, a la intemperie, debido a un castigo que le impuso por un malentendido con un arriero que paso por ahí días atrás. Su alimento era un caldo, cocinado días atrás, hecho con apenas algunos huesos y algo de pasta de harina. No tenía sal. Para la tercera cucharada, se había acostumbrado al dolor mientras introducía el alimento, pero sus músculos apenas le respondían y su desorientación era evidente. No tenía noción del día ni de la hora. Era como despertar de un largo sueño y no tener energía ni siquiera para levantarse.

Yatzil no tenía hijos, había quedado impedida desde los quince años cuando su padre le pateó el vientre por un rumor falso acerca de que estaba embarazada. Dejó la cuchara por un lado para tomar el plato por los bordes con la palma de sus manos y sorber el resto del contenido con cierta desesperación. Cuando terminó, cerró sus ojos mientras sentía el líquido graso penetrando desde el esófago hasta el estómago, con cierta satisfacción.

Mientras se limpiaba a tientas la boca con el dorso de la mano. Escuchó por lo bajo, un lamento tímido, prácticamente inaudible. Sus ojos giraron como tratando de ubicar el sonido, mientras sostenía una bocanada de aire en sus pulmones haciendo silencio, corroborando el sonido aquel. Dejó el plato sobre la mesa junto a la cuchara de peltre. El lamento se escuchó de nuevo. Yatzil giró noventa grados su cuello mientras su mirada caía directamente a la base de sus propios pies. A un lado, sobre el piso de tierra, había una masa sanguinolenta. Era Joaquín. Inmóvil. Bajo la pobre y lejana luz, no podía distinguírsele con certeza, la cabeza de los pies. Sin embargo, un silbido agónico, emergía a tiempos para desvanecerse inmediatamente. Yatzil miró fijamente el cuerpo, con esa misma mirada de no saber su posición en el mundo. Con la misma mirada perdida y absurda. Se levantó de la silla con muchos trabajos, mientras se apoyaba, con la mano buena, sobre la mesa. Apenas pudo dar paso. Se dirigió hacia otra mesa que estaba en el fondo, donde el foco de treinta watts. Debajo, apoyado sobre el piso de tierra, estaba el pesado metate que su madre le había regalado cuando se fueron del rancho a la cabecera municipal. Apenas pudo agacharse para buscar la desgastada mano de piedra. La tomó con las pocas fuerzas que le quedaban y con las prisas que podía arrastrar apenas sus doloridos pies desnudos, se acercó al bulto sobre el piso, quien seguía emitiendo a cada tanto un gemido lánguido. Como pudo, colocó el cuerpo bocarriba, mientras se acomodaba sentada sobre el prominente abdomen del Joaquín, cuasi muerto en medio del cuarto, junto a la mesa de palos y la única silla de la casa. Su rostro ensangrentado no permitía reconocer facciones, bien podría haber pasado por un animal u otra cosa no humana. Con lo que le quedaba de fuerzas, Yatzil tomó la mano del metate levantándola en lo alto, sobre su cabeza y sin mutar uno solo de sus músculos faciales, dejo caer la pesada pierda una y otra y otra vez sobre la cabeza de Joaquín, hasta que simplemente no pudo levantarla más y después de una pausa, bosquejando algo similar a una sonrisa, cayó desmayada justo encima del cuerpo muerto del hombre que, por última vez, la castigo golpeándola y abandonándola sin alimento por días, encerrada en el gallinero de la casa, allá en una punta olvidada del cerro donde vivían.

 

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