
Dayana Marisol Segoviano Munguía – Estudiante de la Licenciatura en Médico Cirujano
«El amor todo lo puede». Aquella frase que escuchamos constantemente en películas, cuentos e incluso en historias románticas, pero nunca antes había imaginado que también pudiera aplicarse a la medicina.
En varias ocasiones escuché comentarios de personas que me decían que, para ser médico, tenía que volverme más fría con mis sentimientos para que no me doliera cuando tuviera que enfrentar la pérdida de algún paciente o para soportar ver cirugías complejas. Incluso llegaron a decirme que, tarde o temprano, ese tipo de situaciones dejarían de dolerme y terminaría viéndolas como algo normal, como parte del trabajo.
El problema es que muchos médicos se acostumbran tanto a presenciar procedimientos y escenas quirúrgicas de toda clase que olvidan que, aunque para ellos sea un día de trabajo como cualquier otro, para el paciente puede ser el peor día de su vida.
Recuerdo el momento exacto en que, durante una visita al hospital, nos informaron que presenciaríamos la amputación de la pierna de un hombre joven con un pie diabético en estado muy avanzado. De todas las cirugías a las que había asistido, jamás había tenido la oportunidad de ver algo tan impactante como la pérdida de una extremidad.
Después de tres años estudiando medicina, ya había superado aquel temor inicial de no soportar ciertas situaciones. Recuerdo que cuando comencé la carrera me preguntaba constantemente: «¿Y si no me gusta?», «¿Y si veo cosas demasiado tristes?», «¿Seré capaz de soportar situaciones tan fuertes?». Con el tiempo y la práctica, ese miedo fue desapareciendo. Sin embargo, ante la experiencia de presenciar una amputación, volví a sentir la misma incertidumbre de años atrás. La diferencia era que ahora entendía que aquella sería una prueba para descubrir si tenía la fortaleza necesaria para mantenerme firme y continuar avanzando hacia mi meta de convertirme en doctora.
Cuando el paciente ingresó al quirófano, lo primero que noté fueron sus ojos: apagados, llenos de miedo y perdidos en algún punto del suelo, como si estuviera atrapado entre sus pensamientos. Los cirujanos comenzaron a prepararlo y lo saludaron cordialmente, pero yo sentía que alguien debía decirle algo más, aunque fueran unas palabras de aliento. A partir de ese momento, su vida ya no volvería a ser la misma, y un simple saludo parecía insuficiente para brindarle confianza.
Decidí acercarme y hablar con él. Entonces me miró y dijo: «Tengo mucho miedo». Sentí que aquellas tres palabras me golpeaban directamente el corazón. Le respondí: «Sé que ninguna palabra puede compensar lo que usted está sintiendo en este momento, pero tenga la certeza de que los médicos que están aquí harán todo lo posible para que usted esté bien».
Mientras escuchaba mis palabras, sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas y, por un momento, sentí que yo también estaba a punto de llorar. Al final, le pregunté si creía en Dios. Me respondió que sí, y entonces le comenté que estaría rezando por él durante toda la cirugía, ya que mi función en ese momento consistía únicamente en observar y aprender.
Poco después, una vez administrada la anestesia en los miembros inferiores, el bisturí realizó el primer corte. Mi corazón comenzó a latir con fuerza mientras rezaba un Ave María, luego otro, después un misterio completo. A los pocos minutos sentí una profunda paz y una enorme seguridad de que todo saldría bien.
Le pedí a Dios la fortaleza necesaria para resistir la impresión que me producía aquel procedimiento, porque realmente era una escena impactante. Pero, como suele ocurrir con su generosidad, no solo me concedió fortaleza, sino también una profunda compasión y un inmenso cariño por la persona que estaba siendo intervenida.
Y es algo extraño, porque ¿cómo se puede sentir cariño por alguien a quien ni siquiera conoces? Sin embargo, imaginar que aquel hombre podía ser padre, hijo, hermano o tío de alguien me hizo contemplar aquella cirugía desde otra perspectiva. Dejé de verla únicamente como algo traumático o doloroso y comencé a entenderla como un procedimiento necesario, realizado con el noble propósito de preservar la vida de un ser humano que confiaba su cuerpo y su salud en las manos de los cirujanos.
Fue entonces cuando comprendí mejor el testimonio de la Madre Teresa de Calcuta. Cuando le preguntaban cómo hacía para no sentir asco al limpiar heridas infestadas de gusanos, ella daba a entender que, cuando se actúa por amor a la persona, el asco pasa a un segundo plano, porque el amor es más fuerte.
Como futura doctora, me he dado cuenta de que el camino no consiste en congelar el corazón para dejar de sentir. Un corazón frío difícilmente puede comprender el dolor ajeno. Primero hay que ser capaces de conmovernos; solo entonces podremos acompañar verdaderamente a quienes sufren.