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Irma Jazmín Velasco Casas – Docente de Campus Online

A Manuel Santos Villaseñor

«Nunca se sabe dónde empieza una aventura ni cuándo se inicia una amistad.

Sus indicios son como las pistas de las novelas de detectives:

hay que seguir el rastro de una risa, de una mano abierta,

de una carta, de una mirada o de una ausencia

para llegar a descubrir hacia dónde nos puede conducir».

Marina Garcés, La pasión de los extraños

 

En los últimos años he pensado que la amistad no puede planearse, simplemente ocurre. Y ante la pregunta «¿Cómo ocurre la amistad?», dos palabras han sido una constante en mis reflexiones: encuentro y conexión. Por ejemplo, es posible reconocer que hay una conexión que puede dormir —por distanciamiento geográfico, debido a la dinámica social de aceleramiento que vivimos, a causa de la configuración familiar y sus atenciones, entre muchas otras—, pero que dicho vínculo puede volver a activarse, sin reclamo, sin sospecha, revivido solo por la alegría del encuentro.

Por otro lado, con dificultad puedo recordar en cuál fecha comenzó la relación; de hecho, no sabría nombrar en qué momento preciso esa persona dejó de ser una conocida más o una compañera por coincidencia y traspasó a la esfera de los amigos íntimos. Me resulta complicado porque no suelo celebrar aniversarios de amistad, pero son otro tipo de fechas las que han fungido de buena excusa; pienso en generaciones estudiantiles, inicios de actividades laborales, finalización de cursos de capacitación, invitaciones a comunidades de pasatiempos o la llegada a una nueva ciudad o colonia.

Sin embargo, puede suceder que, —siguiendo con el ejercicio memorístico, aunque no en orden cronológico—, la clave para identificar «cómo ocurrió la amistad» sean los eventos de la vida donde el amigo en cuestión estuvo a nuestro lado con una motivación sincera. Un casamiento, algún cumpleaños, el nacimiento de los hijos, comidas espontáneas y planeadas después del trabajo; funerales, logros académicos y otras metas cumplidas. Visitas en la enfermedad, escucha y consuelo en la terminación de contratos, risas y bailes en fiestas y posadas. También en el gesto de disparar una nieve o un café, en la confianza de apoyar proyectos creativos e idealistas; en comprender la confesión de lo que duele, aclarar lo que molestó, animar lo que se sueña —y rara vez se dice o no se dice en absoluto—, en acompañar en el miedo…

Me sigue asombrando cuando se intuyen situaciones benéficas o de tribulación sin que los amigos lo comuniquen abiertamente, incluso cuando ellos mismos aún no lo saben. En específico, uno puede despertarse de un sueño y percibir angustia o felicidad de forma intensa; tal vez ese sea uno de los signos más certeros de la concreción del vínculo: un afecto profundo por el otro que, en cierto punto, fue extraño, pero que por motivos misteriosos y otros muy claros, hoy es amigo.

Y en el rastro de todas estas pistas es necesario dar lugar a la separación. Porque hay lazos que duermen de súbito, se interrumpen sin la voluntad de ninguna de las partes. La muerte de un amigo hiere y cuestiona con violencia el cuerpo, a quienes se ama, nuestras lealtades. Ante la pérdida, la falta queda expuesta y lo mejor es despedirse, honrar el tiempo compartido y dejar que la memoria continúe descubriendo la historia de amistad.

Comunicación Sistema UNIVA

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