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Importancia de los sacramentos de iniciación en la vida cristiana

María Cristina González Martínez – Alumni de la Licenciatura en Filosofía

La vida cristiana, como encuentro personal con Cristo, cabeza de su Cuerpo místico, que es la Iglesia, requiere de una serie de elementos que únicamente los sacramentos de iniciación pueden otorgar, a saber: recuperar la gracia santificante perdida por el pecado original; el don de las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad—; el reconocernos como hijos de Dios; la vocación al apostolado como hijos de la Iglesia; y la unión con Jesucristo por la recepción de su Cuerpo sacramentado en la Eucaristía. Sin la recepción de tales sacramentos, nada de esto es posible; por tanto, es indispensable una adecuada preparación presacramental.

La posmodernidad ha dado como consecuencia, entre otras cosas, la devaluación y hasta el olvido de los grandes metarrelatos religiosos, lo que ha redundado en la omisión de la importancia de la vida sacramental para los católicos, quedando la recepción de los sacramentos, en la mayoría de los casos, como un mero marco social: se reciben sin la debida conciencia de su alcance y significado, sin un verdadero compromiso cristiano, dando lugar a lo que podríamos llamar cristianos sin conversión, debido a que reciben el bautismo, son confirmados, algunos reciben la primera comunión, pero no viven una auténtica vida cristiana, un verdadero encuentro con Jesucristo; menos aún existe en ellos conciencia de la construcción del Reino de Dios.

El sacramento del bautismo generalmente se imparte a los niños antes de que tengan uso de razón, motivo por el cual es a los padres y padrinos a quienes se les imparte la debida preparación, enfatizando en su compromiso de educar en la vida cristiana a sus hijos y ahijados. Dicha preparación, en ocasiones, es tan breve que resulta insuficiente, dada la gravedad del compromiso que adquieren.

En cuanto al sacramento de la confirmación, a partir de la reforma litúrgica llevada a cabo por el Concilio Vaticano II, con la constitución Sacrosanctum Concilium, en el Código de Derecho Canónico se establece como edad para su recepción la del

uso de razón o de la discreción, como a la letra lo dice, de tal suerte que resulta más factible dar al confirmando la preparación previa; sin embargo, esto no garantiza que sea asimilada sin el debido acompañamiento posterior.

En cuanto al sacramento de la Eucaristía, suele recibirse como primera comunión entre los siete y los diez años, sin que esta edad sea menester para ello. El CIC establece como requisito el uso de razón y la debida preparación, dejando al párroco la responsabilidad de verificar tales condiciones; pero, tristemente, en la práctica se observa que se destaca más el evento social que la recepción del Cuerpo de Cristo.

Dada la relevancia de la recepción de los sacramentos de iniciación cristiana para que se dé un auténtico encuentro con Jesucristo, es posible concluir, por lo anteriormente dicho, la conveniencia de recuperar y renovar el catecumenado de adultos, con una sólida catequesis acerca de estos tres sacramentos, de modo que, al mismo tiempo que sean beneficiados quienes lo reciban, estén en condiciones de vivir su compromiso apostólico como bautizados y colaboren en la adecuada recepción sacramental por parte de los menores, así como de brindarles posteriormente el acompañamiento necesario para que toda la comunidad, bien sea la parroquial o, mejor aún, la diocesana, viva con plena conciencia y responsabilidad su vocación de hijos de Dios y de la Iglesia, Esposa de Cristo.

 

Referencias:

Código de Derecho Canónico; (1983); Parte I, De los sacramentos; BAC; Madrid; 18ª edición.

Concilio Vaticano II; (1968); Documentos Conciliares; Sacrosanctum Concilium; Ediciones Paulinas, S.A.; México; 8ª edición.

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