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Weapons: el miedo de romper la forma

Aldo Alejandro Ter-veen Calderon · Coordinador de difusión institucional campus Querétaro

La expectativa que rodeaba a Weapons era enorme. Con distribución amplia y una campaña de marketing que jugaba a intrigar más que a informar —ese póster que funcionaba casi como un acertijo— Zach Cregger logró que todo el mundo hablara del filme antes de estrenarse. En un mundo saturado de teorías y análisis en redes, eso puede ser un arma de doble filo: demasiada expectativa y el riesgo de salir defraudado.

Yo decidí mantenerme al margen de todo eso antes de verla. No quería preconcepciones y, sobre todo, no quería cargar con expectativas tan altas que la película no pudiera sostener. Y lo que encontré en la sala superó cualquier idea que me había hecho: Weapons no solo tiene un misterio interesante y actuaciones sólidas, sino que se atreve a jugar con los géneros de forma que sorprende y deleita, incomodando al mismo tiempo a quienes prefieren las fórmulas estrictas.

Después de verla, quise escuchar otras opiniones. Encontré un podcast de críticos que respeto y que señalaban fallas del guion: la entrada tardía del antagonista y un personaje que parecía fuera de tono, resolviendo con trucos narrativos lo que parecía un descuido. Sus argumentos eran sólidos y, en términos “académicos”, tenían razón.

Pero ahí es donde Weapons demuestra su truco más interesante: la ruptura de tono no es un error, es una jugada maestra. El miedo surge de lo inesperado, de lo que interrumpe el orden cotidiano. La tía Gladis (sí, alerta de spoiler) es ridícula y extravagante, pero eso mismo la vuelve amenazante. Freud hablaba de lo siniestro: lo familiar vuelto extraño. Eso es exactamente lo que sucede en su aparición. Sin necesidad de largas explicaciones, la película nos muestra cómo funciona su poder y nos hace sentir la amenaza.

Aquí se hace evidente el ADN cómico de Cregger. Como en la comedia, el terror se nutre de la ruptura del tono y del quiebre de expectativas. La risa y el miedo son respuestas hermanas: ambas nacen de lo inesperado. De ahí que el final de Weapons, tan visceral como hilarante, provoque carcajadas en lugar de decepción.

El cine, pienso, debería abandonar la idea de que las emociones son compartimentos estancos. Una película no tiene que elegir entre asustar o hacer reír; puede, y debe, movernos en todas direcciones. Robert McKee —adalid de las estructuras férreas— lo dice con claridad: los grandes guiones provienen de romper límites, no de obedecerlos. Cregger parece tomar esa premisa en serio: Weapons no teme traicionar las expectativas para ofrecer algo distinto, incluso a riesgo de perder a parte del público en el proceso.

Si algo me entusiasma es constatar que, de nuevo, el terror es el género que se atreve a romper moldes. Es en él donde el cine parece estar vivo, dispuesto a incomodar, a entusiasmar y a provocar conversación más allá de la sala. Weapons me dejó con la sensación de que el cine no está condenado al vacío de fórmulas agotadas. Al contrario: puede seguir siendo un espacio donde la sorpresa y la innovación no solo existen, sino que tienen «armas”.

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